Promesas bajo el jacarandá

Capítulo 10 — Lo que siempre estuvo ahí

POV: Mariana

La última frase de Lucas quedó suspendida entre los dos.

—Y después te fuiste.

No lo dijo con rabia. Tal vez por eso dolió más. Porque no estaba intentando herirme ni hacerme sentir culpable. Solo estaba poniendo en palabras algo que yo había dejado abierto durante demasiado tiempo.

Me quedé mirándolo desde el sofá, con las manos apretadas sobre mis piernas y el pecho lleno de una presión que no me dejaba respirar del todo. Había llegado hasta su departamento convencida de que venía a hablar, pero escuchar su versión de todo, escuchar cuánto le había dolido mi silencio, me dejó sin defensa.

Durante años había tenido miedo de que Lucas descubriera lo que yo sentía.

Nunca pensé que, mientras yo me escondía, él también estaba esperando una respuesta.

Y yo se la había negado.

No porque no sintiera nada.
No porque me hubiera arrepentido.
Sino porque me dio miedo.

Un miedo que vivía en mi desde hacía demasiado tiempo. Que es más profundo que la noche del verano, más profundo que el jacarandá, más profundo incluso que nosotros dos.

—Lucas… —dije al fin.

Mi voz salió baja, pero él me escuchó igual.

Seguía apoyado contra la mesa, con los brazos tensos a los lados del cuerpo y esa expresión que me partía en dos, como si una parte de él quisiera acercarse y otra necesitara mantenerse lejos para no volver a romperse.

Y yo lo entendía.

Después de todo lo que había callado, lo mínimo que podía hacer era no esconderme más.

—Tenés razón —dije—. Me fui.

Sus ojos no se apartaron de los míos.

—No me fui porque me arrepintiera de lo que pasó —le repetí nuevamente—. No fue eso. Nunca fue eso.

Lucas respiró hondo, pero no dijo nada. Esperó. Y ese silencio suyo me dio más miedo que cualquier pregunta, porque ahora sí tenía que llenar el espacio con la verdad.

—Me fui porque me asusté —continué—. Pero no de vos. Ni de lo que pasó entre nosotros esa noche. Me asusté de lo que significaba.

Él bajó la mirada apenas.

—¿Y qué significaba?

Tragué saliva.

Había tantas respuestas para esa pregunta que por un momento no supe cuál elegir primero. Significaba que ya no podía seguir llamándolo mi mejor amigo y nada más. Significaba que todo lo que venía escondiendo desde hacía años tenía nombre. Significaba que si daba un paso más, ya no había forma de volver al lugar seguro donde nos habíamos refugiado tanto tiempo.

—Significaba que yo ya no podía mentirme —admití—. Y eso me dio pánico.

Lucas volvió a mirarme.

—¿Desde cuándo?

La pregunta salió suave, pero me atravesó igual.

Porque esa era la parte que más me costaba decir. No porque no la supiera, sino porque reconocerla era aceptar que no había sido algo de una noche, ni del verano, ni siquiera de la universidad.

Lo mío con Lucas venía de mucho antes.

De una Mariana más chica, más insegura, más convencida de que había lugares a los que nunca iba a pertenecer.

—Creo que empezó antes de que yo entendiera lo que era —dije, intentando ordenar los recuerdos—. Al principio era fácil confundirlo. Éramos chicos. Vos eras mi amigo. Mi persona favorita. El que llegaba a la estancia y me buscaba antes que a nadie. El que me contaba cosas de la ciudad como si yo tuviera que saberlas todas. El que me hacía sentir importante sin darse cuenta.

Lucas frunció apenas el ceño.

—Siempre fuiste importante.

Sentí que algo se me cerraba en la garganta.

—Para vos tal vez era así de simple.

—Era así.

Negué despacio.

—Para mí no.

El silencio cambió. Se volvió más denso, como si ambos supiéramos que estábamos entrando en una parte de la historia que nunca habíamos tocado de frente.

—Vos sos el hijo del estanciero, Lucas —dije al fin—. Ibas a un liceo privado, en otra ciudad. Tenías amigos de otro mundo, otra vida, otra forma de moverte por lugares donde yo siempre sentí que entraba de prestado.

Su expresión se endureció, pero no contra mí. Contra la idea.

—Yo nunca te hice sentir así.

—Ya lo sé —dije rápido—. Lo sé. Vos nunca. Y eso era lo peor, porque no podía culparte de algo que no hacías. Pero igual lo sentía. Yo soy la hija del encargado. Iba al liceo público de la ciudad más cercana. No era malo, ni mucho menos. Era mi vida y la quería. Pero en mi cabeza no podía compararla con la tuya, con todo lo que vivías a cientos de kilómetros de ahí. Sabía cuál era mi lugar, aunque nadie me lo dijera en voz alta.

Lucas se quedó inmóvil.

—Mari…

—No —lo interrumpí con suavidad—. Necesito decirlo. Porque si no lo digo ahora, voy a volver a esconderlo donde escondí todo lo demás.

Él cerró la boca. Y me dejó seguir.

—Yo veía la diferencia en cosas tontas. En cómo llegaban tus amigos. En cómo hablaban. En cómo todo parecía más fácil para ustedes. En las vacaciones, en la ropa, en los planes, en las conversaciones de los adultos. Tu familia nunca me trató mal. Vos jamás me hiciste sentir menos. Pero la diferencia estaba ahí, Lucas. Yo la veía todo el tiempo.

Me abracé a mí misma sin darme cuenta.

—Y cuando empecé a sentir algo por vos, esa diferencia se volvió enorme.

Lucas dio un paso hacia mí, apenas uno.

—¿Y por eso te alejaste?

Sonreí sin alegría.

—Me alejé muchas veces antes de que vos lo notaras.

Su cara cambió.

Y ahí supe que esa frase también le dolía.

—Hubo un día —seguí— que creo que me abrió los ojos. O que terminó de confirmar algo que yo ya venía sintiendo.

Lucas esperó.

El recuerdo volvió con demasiada claridad. El sol de la tarde en la estancia. El ruido de la camioneta. Yo saliendo casi corriendo porque sabía que él llegaba. Porque cada vez que Lucas volvía, aunque fueran solo unos días, todo parecía acomodarse un poco más en su lugar.

—Fue un fin de semana en la estancia. Vos venías de la ciudad y yo llevaba días esperando. Había juntado mil cosas para contarte, tonterías, cosas del liceo, de Marcos, de los animales, cualquier cosa. Era una excusa. Siempre buscaba excusas para hablar más con vos.




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