POV: Lucas
No quería que se fuera.
Lo pensé mientras la tenía abrazada contra mi pecho, con la habitación en silencio y la respiración de los dos volviendo poco a poco a la normalidad. Lo pensé cuando sentí que sus dedos recorrían distraídos mi piel, como si todavía necesitara comprobar que yo seguía ahí. Y volví a pensarlo cuando miró la hora en el celular y su cuerpo se tensó apenas.
Hubiera querido pedirle que se quedara.
Dormir abrazados. Despertarme con su pelo sobre la almohada y su respiración cerca. Abrir los ojos y encontrarla ahí, sin dudas, sin explicaciones pendientes, sin ese miedo constante de que todo lo que acabábamos de vivir pudiera desaparecer con la llegada de la mañana.
Pero no lo dije.
No porque no lo deseara. Porque después de todo lo que Mariana había confesado esta noche, lo último que quería era convertir esté momento en una presión más.
Ella había llegado hasta mi departamento venciendo años de miedo. Había puesto en palabras inseguridades que ni siquiera yo había sabido ver. Y, por primera vez, se había quedado.
Eso tenía que ser suficiente. Por ahora.
—Tengo que irme —murmuró, aunque no hizo ningún intento por apartarse.
Bajé la mirada hacia ella.
—Podés quedarte.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Mariana sonrió apenas, pero había algo triste en su expresión.
—Lo sé.
—No te lo digo para presionarte.
—También lo sé.
Se incorporó despacio y se acomodó el pelo con una mano. La sábana se deslizó apenas por su cuerpo y tuve que obligarme a mirarla a los ojos, aunque la sonrisa que se le escapó me confirmó que había notado el esfuerzo.
—Muy disimulado, Etcheverry.
Entrecerré los ojos al escuchar el tono burlón de su voz.
—Estoy intentando ser respetuoso.
—Se nota muchísimo.
Intentó mantener la seriedad, pero no le duró nada. La risa terminó traicionándola y yo tampoco pude contenerme.
—No te rías. Estoy haciendo un esfuerzo enorme.
Eso solo consiguió que se riera más.
La atraje otra vez hacia mí, aprovechando que todavía estaba cerca, y le dejé un beso en el hombro.
—Quedate.
Esta vez lo dije más bajo.
Ya no estaba jugando.
Mariana apoyó la frente contra la mía.
—Quiero. Muchísimo. Pero Marcos debe estar preguntándose dónde estoy y no quiero llegar mañana con una explicación que todavía no sé cómo darle.
La entendía. Eso no significaba que me gustara.
—Podrías decirle la verdad.
Su cuerpo volvió a tensarse. Fue un movimiento pequeño, pero lo sentí.
—Lucas…
—No ahora —aclaré enseguida—. No digo que tengas que llamarlo desde acá y contarle todo. Solo digo que, tarde o temprano, tendremos que hablar.
Mariana bajó la mirada.
—Lo sé.
No insistí.
Después de años esperando, una parte de mí quería salir al balcón y gritarle al mundo que por fin estaba con ella. Pero otra parte entendía que Mariana apenas había dejado de correr. No podía pedirle que empezara a avanzar a mi ritmo solo porque yo llevaba demasiado tiempo queriendo llegar hasta ahí.
Nos vestimos despacio, interrumpiéndonos con besos que no ayudaban en nada. Cada vez que parecía que por fin estábamos listos para salir, uno de los dos volvía a acercarse.
No sabía si era deseo, alivio o la necesidad absurda de recuperar todos los momentos que habíamos perdido.
Probablemente las tres cosas.
Cuando finalmente salimos del departamento, la ciudad estaba casi en silencio. Caminamos hasta el auto tomados de la mano, sin hablar demasiado. No era un silencio incómodo. Era distinto. Tranquilo. Como si por primera vez no necesitáramos llenar cada espacio con palabras para esconder lo que sentíamos.
Abrí la puerta del acompañante y Mariana se detuvo antes de subir.
—¿Qué? —pregunté.
Me observó un segundo.
—Nada.
—Esa cara nunca significa nada.
—Solo estaba pensando que esto se siente raro.
El pecho se me apretó.
—¿Raro mal?
—No.
Negó enseguida.
—Raro porque durante años imaginé cómo sería estar con vos y ahora que está pasando no sé cómo comportarme.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Podrías empezar por no asustarme.
—No fue mi intención.
—Y, para que conste, yo tampoco sé cómo comportarme.
Mariana arqueó una ceja.
—Parecías bastante seguro hace un rato.
—Eso fue instinto.
Se le escapó una carcajada y sentí algo aflojarse dentro de mí.
Había extrañado esa risa incluso cuando ella estaba a mi lado todos los días. Porque durante mucho tiempo la había escuchado sin poder hacer lo que más deseaba, acercarme, besarla, reconocer que esa felicidad también me pertenecía un poco.
—Subí —dije, abriéndole más la puerta—. Antes de que vuelva a actuar por instinto y no lleguemos nunca.
Mariana alzó las cejas y esa sonrisa que ya empezaba a conocer demasiado bien volvió a aparecer en sus labios.
—Qué amenaza.
—Es una advertencia —corregí, intentando sonar serio.
Ella soltó una risa baja y negó con la cabeza antes de pasar junto a mí.
El trayecto hasta su casa fue más corto de lo que quería. Manejé con una mano y mantuve la otra entrelazada con la suya sobre mi pierna. De vez en cuando Mariana miraba nuestras manos y sonreía como si todavía le costara creerlo. A mí también. En un semáforo giré para observarla. Tenía la cabeza apoyada contra el asiento y miraba las luces de la calle a través de la ventana.
—¿En qué pensás?
Tardó unos segundos en responder.
—En que mañana todo va a seguir igual.
Fruncí el ceño.
—No entendí.
—La facultad. Las clases. El grupo. Ismael pasando a buscarnos como siempre. Nosotros sentándonos juntos como siempre.
Giró hacia mí.
—Pero ya nada es como siempre.
El semáforo cambió y tuve que volver la mirada al frente.
—No quiero que lo sea. —dije
Editado: 21.08.2026