Promesas bajo la lluvia de Seúl

Prólogo: El silencio de las teclas rotas

Seúl, cinco años atrás.

La lluvia no caía; se desplomaba. En el Gran Auditorio del Centro de Artes de Seúl, el aire estaba cargado de una electricidad sofocante. Miles de personas contenían el aliento, con los ojos fijos en el joven que ocupaba el centro del escenario. Ji-hoon no era un pianista; era un cirujano de emociones, y esa noche, estaba a punto de realizar su obra maestra.

Bajo la luz del reflector, sus dedos se posaron sobre el marfil. Estaba tocando para ella. Min-ah estaba en la tercera fila, con un vestido azul que imitaba el color de los sueños. Sus miradas se cruzaron y, por un segundo, el mundo exterior —las guerras familiares, las deudas de sangre, la presión de ser el heredero del imperio Kang-Dae— desapareció. Solo existían ellos y la melodía.

Pero entonces, el acorde final no fue una nota, sino un estruendo.

A mitad del tercer movimiento, el teléfono de Ji-hoon, oculto en el camerino, vibraba con un mensaje que cambiaría la historia de Seúl. Min-ah se puso de pie, no para aplaudir, sino para huir. Sus ojos estaban anegados en lágrimas que no eran de orgullo, sino de una despedida atroz.

Ji-hoon dejó caer las manos. El silencio que siguió fue más fuerte que cualquier ovación. Vio la sombra de un hombre en la salida de emergencia, un hombre que no pertenecía al mundo del arte, sino al de las sombras y el poder. Vio a Min-ah cruzar el umbral sin mirar atrás, dejando solo un rastro de agua sobre la alfombra roja.

Esa noche, la lluvia se filtró por las grietas de la gran ciudad. Mientras el coche de Min-ah desaparecía en la oscuridad de la autopista, Ji-hoon cerró la tapa del piano con una fuerza que resonó como un disparo.

—Prometiste que estarías ahí al final —susurró él a un auditorio vacío.

Esa noche, el "Prodigio de Seúl" murió.

Las partituras fueron quemadas. El piano fue encadenado. La lluvia, que antes era el ritmo de sus besos, se convirtió en el recordatorio de una traición que nadie podía explicar.

Se dice que en Seúl, cuando llueve con demasiada fuerza, todavía se puede escuchar el eco de ese piano roto. Es el sonido de una promesa que se ahogó en el barro, esperando a que alguien, o algo, tenga el valor de volver a tocar la primera nota.




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