La lluvia en Seúl no era como en cualquier otra parte del mundo. No era simplemente agua cayendo del cielo; era una cortina de melancolía que difuminaba las luces de neón de Gangnam, convirtiendo los rascacielos en gigantes de cristal que lloraban. Para Ji-hoon, el sonido de las gotas golpeando el pavimento de mármol del Aeropuerto Internacional de Incheon era la primera nota de una sinfonía que había intentado silenciar durante cinco años.
Apoyó la frente contra el frío ventanal de la terminal. El vaho de su respiración empañó el reflejo de un hombre que apenas reconocía. A sus veintisiete años, sus ojos, antes brillantes y llenos de partituras de Chopin y Debussy, ahora eran dos pozos de ceniza. El "Prodigio de Seúl", el pianista que había hecho llorar a Europa, regresaba a casa con las manos vacías y el alma blindada.
—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó un empleado con una reverencia educada.
Ji-hoon no respondió de inmediato. Sus dedos largos y delgados, aquellos que una vez fueron valorados en millones de wones, se crisparon dentro de los bolsillos de su abrigo negro de lana.
—Sí —su voz sonó ronca, oxidada por la falta de uso—. Solo... he olvidado cómo respirar en esta ciudad.
El reencuentro con el pasado
Mientras el taxi se deslizaba por la autopista olímpica, Ji-hoon observaba el río Han. Los recuerdos lo golpearon con la violencia de un acorde en fortissimo. Seúl era una herida abierta. Cada esquina, cada puente, cada puesto de tteokbokki humeante bajo la lluvia gritaba un nombre que él se había prohibido pronunciar: Min-ah.
Él sabía que regresar era un suicidio emocional. Pero su padre, el patriarca del imperio logístico Kang-Dae, estaba agonizando, y las hienas de la junta directiva ya estaban afilando sus garras. Ji-hoon no quería el dinero, pero no podía permitir que la empresa que su madre ayudó a construir terminara en manos de quienes la destruyeron.
—Déjeme en el cruce de Itaewon —ordenó de repente.
—Pero señor, su residencia está en Pyeongchang-dong...
—He dicho Itaewon.
Necesitaba caminar. Necesitaba que la lluvia de Seúl le lavara la culpa o lo ahogara de una vez.
La sombra bajo el paraguas
Itaewon estaba vivo. A pesar de la tormenta, la gente se agolpaba bajo paraguas transparentes, una marea de luces amarillas y azules. Ji-hoon caminó sin rumbo, sintiendo el peso de las miradas. Su altura y su aura de tragedia contenida lo hacían destacar incluso en una multitud.
Se detuvo frente a un pequeño café de madera, "El Refugio del Silencio". No era un lugar moderno; era rústico, con plantas colgantes que goteaban sobre la acera. Y entonces, el tiempo se detuvo.
La puerta del café se abrió. Una campana tintineó, un sonido agudo que perforó el pecho de Ji-hoon. Una mujer salió, forcejeando con un paraguas negro que se resistía a abrirse. Llevaba una gabardina color crema y el cabello corto, rozándole los hombros, húmedo por la humedad ambiental.
Ji-hoon sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El aire se volvió espeso, imposible de tragar.
Era ella. Min-ah.
No se veía como la joven universitaria de risa fácil que él había dejado atrás. Había una dureza en sus facciones, una elegancia triste que la hacía ver como una reina en el exilio. Sus ojos, antes llenos de estrellas, ahora reflejaban una fatiga que Ji-hoon reconoció al instante: la fatiga de quien ha guardado un secreto demasiado pesado durante demasiado tiempo.
Ella finalmente logró abrir el paraguas. Al levantar la vista para ajustar la tela, sus ojos se cruzaron con los de él.
El paraguas de Min-ah cayó al suelo con un golpe sordo.
El giro del destino
El mundo alrededor de ellos se desvaneció. El ruido de los coches, las risas de los turistas, el rugido de la lluvia... todo se convirtió en un silencio sepulcral. Se miraron a través de la cortina de agua, a menos de tres metros de distancia. Cinco años condensados en un segundo de puro dolor.
—Ji-hoon... —susurró ella. El nombre salió de sus labios como un pecado.
Él no pudo evitarlo. Dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando vio la reacción de Min-ah. No fue alegría. No fue alivio. Fue pánico.
Ella retrocedió, chocando contra la pared de madera del café. Sus manos temblaban violentamente.
—¿Por qué has vuelto? —preguntó ella, y su voz no era de amor, sino de súplica—. No deberías estar aquí. Vete, Ji-hoon. Antes de que te vean.
—¿Vete? —Ji-hoon soltó una risa amarga que se perdió en el trueno—. Pasé cinco años huyendo, Min-ah. Me fui porque tú me lo pediste. Me fui sin preguntar por qué me dejaste tirado en aquella estación de tren. Pero ya no soy ese niño que tocaba el piano para ti.
Él se acercó más, invadiendo su espacio personal. Podía oler su perfume: sándalo y lluvia. El mismo aroma que lo había perseguido en sus pesadillas en Berlín.
—Dímelo a la cara —dijo él, con la voz quebrada—. Dime que no sientes nada. Dime que los cinco años de silencio valieron la pena.
Min-ah abrió la boca para hablar, pero un sonido metálico la interrumpió. Un coche negro de cristales tintados frenó bruscamente junto a la acera. De él bajaron dos hombres con trajes oscuros y pinganillos en las orejas.
La expresión de Min-ah cambió drásticamente. El miedo en sus ojos se transformó en una máscara de frialdad absoluta.
—Señorita Min-ah, es hora de irse. El presidente la espera —dijo uno de los hombres, ignorando por completo a Ji-hoon, aunque sus ojos lo escaneaban con una precisión letal.