Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 2: La habitación de los susurros

El hospital Central de Seúl se alzaba como un monolito de cristal y acero blanco, un santuario donde la vida y la muerte negociaban en pasillos esterilizados. Para Ji-hoon, el olor a antiséptico siempre había sido el aroma de la derrota. Fue en un pasillo como este donde vio a su madre marchitarse, y era aquí donde el misterioso mensaje lo había citado para desenterrar una verdad que quemaba.

Caminó por el vestíbulo principal, ocultando su rostro bajo la visera de una gorra negra. Cada paso resonaba en el suelo pulido, un metrónomo marcando la cuenta atrás hacia lo desconocido. El ascensor subió en un silencio casi sepulcral hasta la cuarta planta: el ala de cuidados intensivos y pacientes VIP.

Habitación 404.

El número brillaba con una luz tenue. Ji-hoon se detuvo frente a la puerta de madera noble. Su mano, la mano que una vez dominó las ochenta y ocho teclas de un Steinway, temblaba de una forma que lo enfurecía. Respiró hondo, el aire frío calándole los pulmones, y empujó la puerta.

El guardián de las sombras

La habitación no estaba sumida en la oscuridad. Una lámpara de pie iluminaba un rincón donde descansaba un hombre de cabello cano y espalda encorvada. No estaba en la cama, sino sentado frente a un ventanal, observando cómo la lluvia de Seúl golpeaba el cristal. Al oír la puerta, no se giró.

—Llegas tarde, Ji-hoon —dijo la voz, una vibración débil pero cargada de una autoridad antigua.

Ji-hoon se quedó paralizado. Reconocía esa voz. Era Hae-jin, el antiguo chofer y confidente de su madre, el hombre que desapareció de la faz de la tierra el mismo día que Min-ah lo abandonó.

—¿Hae-jin? —Ji-hoon se acercó, la confusión luchando contra una ira creciente—. ¿Tú enviaste el mensaje? ¿Qué haces aquí? ¿Y qué tiene que ver Min-ah con este hospital?

El anciano finalmente se giró. Tenía el rostro surcado por las cicatrices del tiempo y una tristeza que parecía haberle devorado el alma. Señaló una carpeta de cuero que descansaba sobre una mesa auxiliar.

—Tu padre cree que regresaste para reclamar la presidencia de Kang-Dae —dijo Hae-jin, ignorando las preguntas—. Pero ella sabía que volverías por el dolor. Ella siempre supo que tu corazón es un imán para las tragedias hermosas.

—No hables por ella —espetó Ji-hoon, apretando los puños—. Ella me echó de su vida hoy. Me dijo que no soy más que un fantasma.

Hae-jin soltó una risa seca, que terminó en una tos dolorosa.

—Min-ah es la mejor actriz que Seúl ha parido nunca. Tuvo que serlo para mantenerte con vida.

El sacrificio de mármol

Ji-hoon abrió la carpeta. Dentro, no había documentos financieros ni testamentos. Había fotografías médicas, informes de laboratorio de hace cinco años y un contrato firmado con el sello de oro del Grupo Shin-Hwa.

Sus ojos escanearon las páginas y el mundo comenzó a tambalearse. Los informes detallaban un accidente automovilístico "borrado" de los registros policiales. La fecha coincidía con la noche de su último concierto. El paciente: el padre de Ji-hoon. El responsable: un joven conductor ebrio que resultaba ser el heredero del Grupo Shin-Hwa.

—¿Qué es esto? —preguntó Ji-hoon, con la voz apenas en un susurro.

—Esa noche, tu padre no solo casi muere —explicó Hae-jin con la mirada fija en la lluvia—. El Grupo Shin-Hwa usó el accidente para chantajear a tu familia. Iban a destruir a Kang-Dae y meter a tu padre en la cárcel por un crimen que no cometió, manipulando las pruebas. Pero ofrecieron un trato. Una "alianza" de sangre.

Ji-hoon sintió un frío glacial recorriéndole la columna.

—¿Qué tipo de alianza?

—Querían un rehén dentro de la familia rival. Querían a alguien que pudiera controlar los movimientos de tu padre desde adentro. Min-ah se enteró. Ella sabía que si tú te quedabas, serías el objetivo. Te habrían roto, Ji-hoon. Habrían usado tu carrera, tu música y tu vida para arrodillar a tu padre.

—Entonces... ¿ella se vendió? —la voz de Ji-hoon se quebró.

—Ella se sacrificó —corrigió el anciano—. Aceptó un matrimonio por contrato con el hijo del presidente de Shin-Hwa a cambio de que te dejaran salir del país sano y salvo, y de que las pruebas contra tu padre desaparecieran. Ella te pidió que te fueras para que pudieras seguir tocando, aunque eso significara que nunca volverías a tocar para ella.

Un giro en el abismo

Ji-hoon sintió un vacío inmenso en el pecho. La mujer que había odiado durante cinco años, la que había llamado traidora en la intimidad de sus noches de insomnio, era en realidad su salvadora. Cada desprecio, cada silencio, cada palabra gélida de esa tarde en Itaewon... todo era una armadura para protegerlo de un enemigo que aún la mantenía cautiva.

—¿Dónde está ella ahora? —preguntó Ji-hoon, sus ojos encendidos con una determinación peligrosa.

—En una jaula de oro, Ji-hoon. Es la "nuera perfecta" del Grupo Shin-Hwa, pero vive en un infierno. Y ahora que has vuelto, el contrato corre peligro. Si ellos sospechan que todavía la amas, o que ella te ama a ti... la destruirán.

En ese momento, el teléfono de la habitación sonó. Hae-jin no contestó. En su lugar, señaló la pantalla de televisión que colgaba de la pared. Un canal de noticias de última hora mostraba una imagen que detuvo el corazón de Ji-hoon.

Era Min-ah. Estaba en una gala benéfica, del brazo de un hombre joven, arrogante y de mirada gélida: el heredero de Shin-Hwa. Pero lo que llamó la atención de Ji-hoon no fue su acompañante, sino el collar que llevaba. Un colgante de zafiro que él le había regalado cuando no tenían nada más que promesas.




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