Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 3: La jaula de cristal y el eco del piano

El trayecto hacia la sede central del Grupo Shin-Hwa fue un viaje a través de las venas de un monstruo. Seúl, vista desde las ventanas tintadas de la limusina negra, parecía una red de circuitos eléctricos bajo el azote de la lluvia. Ji-hoon permanecía en silencio, con la carpeta de cuero apretada contra su costado. Sentía el peso de cada documento como si fueran brasas.

A su lado, los dos guardaespaldas eran estatuas de granito. El ambiente en el coche era denso, saturado por el olor a cuero nuevo y la tensión de lo inevitable. Ji-hoon no sentía miedo; el miedo se había agotado en él la noche que dejó de tocar. Lo que sentía era una furia fría, una lucidez aterradora.

Cuando el coche se detuvo frente al imponente rascacielos de Shin-Hwa, la estructura de cristal parecía perforar las nubes tormentosas. Era un templo al poder, a la ambición y, ahora lo sabía, al sacrificio de Min-ah.

En la boca del lobo

Lo condujeron a través de un vestíbulo privado, lejos de los flashes de la prensa, hasta un ascensor que ascendía con una suavidad antinatural. Las plantas pasaban como un suspiro hasta detenerse en el piso 88.

Las puertas se abrieron a un salón de recepciones que desafiaba la gravedad. Paredes de cristal del suelo al techo mostraban la ciudad a sus pies. En el centro, junto a un bar de mármol negro, se encontraba el hombre que movía los hilos de media Corea: el Presidente Shin. A su lado, de pie y con una copa de whisky en la mano, estaba su hijo, Shin Tae-oh, el hombre que dormía en la misma casa que Min-ah.

Tae-oh sonrió al ver a Ji-hoon. Era una sonrisa de tiburón, perfecta y letal.

—El prodigio ha vuelto —dijo Tae-oh, su voz destilando un sarcasmo que hizo que a Ji-hoon se le tensara la mandíbula—. Pensé que estarías ocupado dando conciertos en salas vacías de Europa. ¿Se te acabó el talento o solo el dinero?

Ji-hoon avanzó hacia el centro de la sala, ignorando la provocación. Sus ojos se clavaron en el Presidente Shin, quien lo observaba con una curiosidad clínica.

—He vuelto por lo que es mío —respondió Ji-hoon. Su voz no tembló. Era el sonido de una cuerda de piano afinada al límite.

—¿Tu herencia? —el Presidente Shin soltó una carcajada seca—. Kang-Dae es un barco hundiéndose, muchacho. Lo que una vez fue tuyo, ahora nos pertenece por derecho de conquista. O mejor dicho, por derecho de contrato.

Un encuentro prohibido

Antes de que Ji-hoon pudiera replicar, una puerta lateral se abrió. El sonido de unos tacones sobre el mármol rompió la atmósfera.

Era ella.

Min-ah entró en la sala, luciendo el mismo vestido de la gala que Ji-hoon había visto en la televisión. El zafiro en su cuello brillaba como una gota de veneno azul. Al ver a Ji-hoon allí, en el corazón del territorio enemigo, su rostro palideció hasta volverse traslúcido.

—Tae-oh, el invitado ya está aquí —dijo ella con una voz mecánica, evitando mirar a Ji-hoon a los ojos.

—Cariño, saluda a tu antiguo amigo —ordenó Tae-oh, rodeando la cintura de Min-ah con un brazo posesivo—. Después de todo, él es la razón por la que eres una Shin ahora, ¿no es así?

Ji-hoon sintió un impulso violento de arrancar esa mano de la cintura de Min-ah. La humillación en los ojos de ella era casi insoportable de presenciar. Pero entonces, Min-ah hizo algo inesperado. Levantó la vista y clavó sus ojos en los de Ji-hoon. En ese contacto visual, no hubo frialdad, sino una advertencia desesperada. Vete. Ahora.

—¿Qué quieres, Ji-hoon? —preguntó ella, su voz temblando apenas un milímetro.

—Quiero saber si todavía recuerdas la melodía de nuestra última noche —respondió él, dando un paso adelante, desafiando el brazo de Tae-oh.

Tae-oh soltó una carcajada burlona y señaló hacia el rincón de la sala, donde descansaba un piano de cola Fazioli negro mate, una joya que costaba más que una casa de lujo.

—Si tanto extrañas tu música, toca para nosotros —desafió Tae-oh—. Toca para mi esposa. Demuéstrame que todavía tienes algo de valor en esas manos.

El piano de las sombras

El silencio que siguió fue absoluto. El Presidente Shin observaba con una sonrisa gélida; Min-ah contenía el aliento, con los nudillos blancos de tanto apretar su bolso.

Ji-hoon caminó hacia el piano. Sus dedos rozaron la superficie fría. Hacía años que no sentía el peso de las teclas. Se sentó en la banqueta de cuero y cerró los ojos. La lluvia golpeaba el cristal del piso 88 con una violencia rítmica.

Comenzó a tocar.

No fue Chopin. No fue una pieza clásica. Fue una improvisación oscura, llena de disonancias y saltos cromáticos que hablaban de traición, de noches en vela en Berlín y del dolor de un adiós sin palabras. Cada nota era un cuchillo. La música llenó el espacio, volviéndose tan física como el aire.

Min-ah sintió que las lágrimas le quemaban los párpados. Reconocía la estructura. Era la respuesta a su carta de hace cinco años. Era el sonido de un hombre que había bajado al infierno y había vuelto para contar la historia.

De repente, Ji-hoon se detuvo en seco en medio de un acorde desgarrador. Se puso de pie y miró directamente a Tae-oh.

—La música se acabó —dijo Ji-hoon—. Y el contrato de cinco años también.

El Presidente Shin frunció el ceño.

—¿De qué hablas, muchacho?

Ji-hoon sacó la carpeta de Hae-jin y la arrojó sobre la mesa de mármol.




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