La lluvia no era una aliada; era un testigo implacable. Ji-hoon y Min-ah corrían por los callejones estrechos de Mapo-gu, esquivando charcos que reflejaban las luces rojas y azules de las patrullas que ya empezaban a pulular por la ciudad. El eco de las sirenas se mezclaba con el trueno, creando una atmósfera de urgencia que les cortaba el aliento.
Min-ah tropezó, sus tacones de diseñador cediendo ante el pavimento irregular. Ji-hoon la sostuvo antes de que tocara el suelo, envolviéndola en un abrazo que olía a desesperación y a cinco años de palabras contenidas.
—No podemos ir a los hoteles, ni a tu casa, ni a la mía —jadeó Min-ah, con el maquillaje corrido surcando sus mejillas como cicatrices negras—. Los Shin tienen ojos en cada cámara de seguridad de Seúl. Nos encontrarán en cuestión de minutos.
Ji-hoon la miró, sus ojos encendidos por una chispa que ella no veía desde que eran adolescentes.
—Conozco un lugar. Un lugar que ni siquiera mi padre recordaría que existe.
El ático de la memoria
Cruzaron el puente Mapo bajo la cortina de agua, ocultos en la parte trasera de un camión de repartos que Ji-hoon logró interceptar con un fajo de wones y una mirada que no aceptaba un no por respuesta. Terminaron en un edificio industrial abandonado en los márgenes de Mullae-dong, un barrio de talleres mecánicos y estudios de artistas escondidos.
Subieron cuatro pisos por una escalera de caracol oxidada que gemía bajo sus pies. Al llegar arriba, Ji-hoon sacó una llave vieja y abrió una puerta de metal pesado.
El lugar era un ático amplio, con techos altos y vigas de hierro. Estaba cubierto de sábanas blancas que ocultaban muebles como si fueran fantasmas esperando ser despertados. En el centro, iluminado por la luz de la luna que se filtraba por una claraboya rota, descansaba un piano vertical, cubierto por una lona llena de polvo.
—Mi madre compró este lugar cuando supo que estaba enferma —susurró Ji-hoon, cerrando la puerta con doble cerrojo—. Decía que era el único sitio en Seúl donde el ruido del dinero no podía alcanzar a la música.
Min-ah se dejó caer sobre un sofá viejo, temblando. Ji-hoon se acercó a ella, quitándose su abrigo empapado para cubrirla.
—¿Por qué lo hiciste, Ji-hoon? —preguntó ella, con la voz rota—. Tenías una vida en Europa. Estabas a salvo. Al publicar esos documentos, has declarado la guerra a una familia que no sabe lo que es la piedad.
—La piedad es un lujo que perdí cuando te vi subir al coche de Tae-oh —respondió él, arrodillándose frente a ella. Tomó sus manos, tratando de calentarlas con las suyas—. Pasé cinco años pensando que me habías dejado por ambición. Me odié a mí mismo por seguir amándote. Ahora que sé la verdad... ¿crees que me importa Shin-Hwa? Podría arder Seúl entera, Min-ah, y solo me importaría que tú no te quemaras.
El beso de la tormenta
El silencio que siguió no fue incómodo; fue una confesión. Min-ah levantó la mano y acarició la mejilla de Ji-hoon. Sus dedos recorrieron la línea de su mandíbula, reconociendo al hombre en el que se había convertido el niño prodigio.
—Te rompí el corazón para salvarte la vida —susurró ella, las lágrimas volviendo a brotar—. Cada noche al lado de Tae-oh era un recordatorio de que tú estabas libre, tocando en algún lugar, lejos de esta suciedad. Eso era lo único que me mantenía cuerda.
—Ya no toco, Min-ah —dijo él, su voz cargada de una tristeza infinita—. El piano se quedó mudo el día que te fuiste. Lo que escuchaste hoy en la oficina de Shin... eso no fue música. Fue un grito.
Min-ah no pudo resistir más. Se inclinó y unió sus labios con los de él. Fue un beso que sabía a lluvia, a sal y a años de añoranza acumulada. No fue el beso dulce de su juventud, sino uno hambriento, desesperado, un pacto sellado en medio del caos. En ese ático, rodeados de muebles fantasmas, el tiempo se detuvo. Los Shin, el Grupo Kang-Dae y el escándalo que estallaba en las noticias de todo el país dejaron de existir. Solo eran dos almas rotas tratando de encajar las piezas bajo el sonido rítmico de la lluvia sobre el cristal.
La sorpresa en el espejo
Horas más tarde, mientras Min-ah dormía un sueño inquieto bajo las sábanas blancas, Ji-hoon se acercó al piano. Retiró la lona con cuidado, revelando una madera de nogal pulida que parecía brillar con luz propia.
Abrió la tapa de las teclas. Pero no fue a tocar. Sus dedos buscaron una pequeña hendidura en el lateral del teclado, un secreto que su madre le había contado antes de morir. Presionó un resorte oculto y un pequeño panel de madera se deslizó hacia afuera.
Dentro no había una partitura. Había un dispositivo de memoria USB y una carta escrita a mano con la caligrafía elegante de su madre.
Ji-hoon encendió su ordenador portátil, el único objeto moderno en esa cápsula del tiempo. Al conectar el dispositivo, sus ojos se abrieron de par en par. No eran solo datos financieros de Shin-Hwa. Eran grabaciones de video.
En la pantalla apareció una imagen granulada de una oficina. En ella, el Presidente Shin hablaba con alguien que Ji-hoon conocía muy bien. Su propio padre. Pero no estaban peleando. Estaban brindando.
—“El plan ha funcionado a la perfección, Shin” —decía la voz de su padre en el video, con una vitalidad que no encajaba con el hombre agonizante del hospital—. “Ji-hoon está en Europa, los activos están protegidos y la chica está bajo tu control. La fusión será inevitable.”
Ji-hoon sintió que la sangre se le congelaba en las venas. El accidente, el chantaje, el sacrificio de Min-ah... nada había sido un ataque de un enemigo. Había sido una colaboración.