Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 5: La sinfonía de la traición

La presencia de la secretaria Kim en el umbral del ático transformó el refugio en una ratonera. El aire, que minutos antes vibraba con la calidez del reencuentro entre Ji-hoon y Min-ah, se volvió gélido, cargado con el olor metálico de la traición.

Ji-hoon se puso de pie, colocándose instintivamente entre la puerta y el sofá donde Min-ah despertaba, desorientada. Su mirada bajó al ordenador portátil, donde la imagen congelada de su padre brindando con el enemigo era una puñalada visual.

—¿Cómo has encontrado este lugar? —la voz de Ji-hoon era un susurro peligroso.

La secretaria Kim no se inmutó. Extendió el teléfono satelital como si fuera un cetro.

—Su padre conoce cada rincón de su vida, joven amo. Incluso aquellos que usted cree haber heredado de su madre en secreto. Por favor, atienda. El tiempo es un lujo que el Grupo Kang-Dae ya no posee.

La voz del patriarca

Ji-hoon tomó el dispositivo con manos temblorosas. En la pantalla, la imagen de su padre, el Presidente Kang, apareció nítida. No estaba en una cama de hospital rodeado de cables, como Hae-jin le había hecho creer. Estaba sentado en su despacho privado, con un traje de seda azul y una mirada tan afilada como un bisturí.

—¿Padre? —Ji-hoon escupió la palabra como si fuera veneno—. ¿Estás... bien? ¿Todo esto ha sido una farsa?

—Ha sido una lección, Ji-hoon —respondió el hombre, su voz resonando con una fuerza aterradora—. Seúl no es un escenario de conciertos; es un tablero de ajedrez. Te envié a Europa para que el mundo viera tu talento y aumentara el valor de nuestro apellido. Pero para consolidar el futuro, necesitaba que los Shin se sintieran poderosos, que creyeran que tenían una pieza nuestra.

Min-ah, que se había acercado en silencio, soltó un jadeo ahogado al oír las palabras del Presidente Kang. Él la miró a través de la pantalla con una sonrisa gélida.

—Ah, Min-ah. Hiciste un trabajo excelente. Tu "sacrificio" fue el pegamento que mantuvo a los Shin tranquilos mientras yo reestructuraba nuestras deudas. Pero ahora, Ji-hoon ha cometido un error emocional. Ha filtrado documentos que no debía.

—¿Documentos que no debía? —Ji-hoon rugió, golpeando la mesa—. ¡Son pruebas de tus crímenes y de los de ellos! ¡Usaste a la mujer que amo como moneda de cambio!

—La usé para salvarte a ti —sentenció su padre—. Si ella no se hubiera ido con Tae-oh, los Shin te habrían eliminado. Eres mi único heredero, Ji-hoon. Tu música es hermosa, pero tu supervivencia es mi prioridad. Ahora, tienes diez minutos para entregar el USB a la secretaria Kim y regresar a la mansión. De lo contrario, los archivos que activaste en las pantallas de la ciudad se volverán contra ti.

—¿Qué quieres decir?

—He manipulado los metadatos. Si esos documentos se analizan a fondo, el nombre que aparecerá como cerebro del fraude no será el de Shin, sino el tuyo. Serás tú quien vaya a prisión, Ji-hoon. A menos que obedezcas.

El peso del silencio

La comunicación se cortó, dejando un silencio ensordecedor en el ático. La secretaria Kim permaneció de pie, como una gárgola de porcelana, esperando.

Ji-hoon miró a Min-ah. Ella estaba pálida, sus ojos fijos en el suelo. El peso de la revelación era demasiado: no solo había perdido cinco años de su vida en un matrimonio sin amor, sino que lo había hecho siguiendo el guion del hombre que ella creía estar ayudando.

—Lo sabías —susurró Ji-hoon, acercándose a ella—. ¿Sabías que él estaba detrás de esto?

—No... —ella negó con la cabeza, las lágrimas cayendo silenciosamente—. Él me dijo que era la única forma. Me juró que tú estarías a salvo si yo cumplía mi parte. Nunca imaginé que ellos... que ellos fueran socios.

Ji-hoon sintió una náusea profunda. Su mundo se había desmoronado dos veces en una sola noche. Miró el USB. En ese pequeño objeto estaba la verdad que podía destruir a ambos imperios, pero también la soga que su propio padre había puesto alrededor de su cuello.

Se giró hacia la secretaria Kim.

—Dile a mi padre que no soy el mismo niño que se fue a Berlín con el corazón roto.

—¿Qué piensa hacer, joven amo?

Ji-hoon no respondió. Caminó hacia el piano y, con una fuerza repentina, cerró la tapa. El sonido fue como un disparo.

—Dile que si quiere el USB, tendrá que venir a buscarlo al lugar donde todo empezó. Al auditorio. Mañana a medianoche. Bajo la lluvia o bajo las luces, la función va a terminar.

La decisión de Min-ah

Cuando la secretaria Kim se marchó, Min-ah tomó a Ji-hoon del brazo, su voz llena de pánico.

—No puedes ir, Ji-hoon. Es una trampa. Tu padre y el Presidente Shin enviarán a sus hombres. No saldrás vivo de ese auditorio.

Ji-hoon la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo.

—Min-ah, he pasado cinco años tocando notas que otros escribieron para mí. He vivido en el exilio mientras tú vivías en una celda de cristal. Ya no más.

—¡Me matarán a mí también si te ayudo!

—No vas a ayudarme —dijo él, su voz suavizándose por primera vez—. Vas a desaparecer. Hae-jin tiene un contacto en el puerto de Incheon. Hay un barco que sale al amanecer. Vete, Min-ah. Empieza de nuevo.

—¿Y dejarte solo? —ella soltó una risa amarga y desgarradora—. ¿Crees que después de todo lo que he pasado, voy a dejar que seas el único mártir de esta historia? No, Ji-hoon. Si vamos a caer, caeremos tocando la misma canción.




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