El incendio en el ático de Mullae-dong no era solo una distracción; era el funeral de la inocencia de Ji-hoon. Mientras las llamas devoraban las sábanas blancas y el piano de nogal crujía bajo el calor, él y Min-ah descendían por la escalera de incendios, con el rostro manchado de hollín y los pulmones ardiendo.
Abajo, el callejón era un laberinto de sombras. El olor a humo se mezclaba con la humedad pesada de la madrugada. Ji-hoon arrastró a Min-ah hacia un viejo sedán plateado que Hae-jin había dejado estratégicamente dos calles atrás.
—Sube —ordenó él, su voz era ahora un hilo de acero.
Min-ah obedeció, con el corazón golpeando sus costillas como un pájaro enjaulado. Al mirar por el retrovisor, vio el resplandor naranja coronando el edificio industrial.
—Has quemado el único lugar que te conectaba con tu madre —susurró ella, con la voz quebrada por la pérdida.
Ji-hoon puso la marcha y aceleró, haciendo que los neumáticos chirriaran sobre el asfalto mojado.
—Mi madre no está en ese edificio, Min-ah. Está en la verdad que intentan enterrar. El fuego solo está limpiando el camino.
La danza en el abismo
Mientras cruzaban el distrito de Yeouido, el centro financiero de Seúl, las pantallas gigantes que momentos antes mostraban el fraude de los Shin ahora estaban en negro o emitían estática. El contraataque del Presidente Kang había comenzado. La ciudad se sentía extraña, una calma tensa que precede a la ejecución.
—¿A dónde vamos? —preguntó Min-ah, frotándose los brazos para combatir el frío que se le había instalado en los huesos.
—A la única zona muerta que queda en Seúl. El viejo conservatorio de música abandonado cerca del monte Namsan. Nadie busca a un pianista en un cementerio de instrumentos.
El silencio volvió a caer entre ellos, pero era un silencio cargado de electricidad. Min-ah observaba el perfil de Ji-hoon bajo las luces intermitentes de los túneles. Ya no veía al joven que se escondía en sus partituras; veía a un hombre que había decidido prenderle fuego al tablero de ajedrez.
—Tae-oh no se detendrá —dijo ella de repente—. Conoce mis debilidades. Conoce mi familia. Si no vuelvo antes del amanecer, mi hermana menor...
Ji-hoon frenó en seco en un semáforo en rojo. Se giró hacia ella, sus ojos brillando con una intensidad que la hizo retroceder.
—Tu hermana está a salvo, Min-ah. Hae-jin la sacó de la residencia de estudiantes hace dos horas. Está en un lugar donde ni los Kang ni los Shin pueden llegar.
Min-ah sintió que un peso de toneladas se levantaba de su pecho, pero fue reemplazado de inmediato por una nueva oleada de miedo.
—¿Cómo? Hae-jin trabaja para tu padre.
—Hae-jin trabajaba para mi madre —corrigió Ji-hoon—. Y mi madre sabía, incluso antes de morir, que mi padre cruzaría cualquier línea por el poder. Ella dejó un fondo de contingencia y una red de lealtades que solo yo puedo activar. Por eso me enviaron el mensaje al hospital. Hae-jin no estaba muriendo; estaba despertando.
El Santuario de los Olvidados
Llegaron al conservatorio al filo del alba. Era una estructura gótica cubierta de hiedra, rodeada por la niebla que bajaba de la montaña. Dentro, el aire olía a madera vieja y a papel en descomposición. Cientos de pianos desvencijados llenaban las salas, como guerreros caídos en una guerra olvidada.
Ji-hoon encendió una pequeña lámpara de queroseno. La luz proyectó sombras alargadas sobre las paredes desconchadas. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra un piano de cola sin cuerdas, y sacó el USB.
—Aquí está todo —dijo, mirando el pequeño dispositivo—. No solo el fraude. Hay grabaciones de las reuniones donde mi padre y el Presidente Shin planeaban el "accidente". Hablaban de nosotros como si fuéramos piezas intercambiables. "La chica es dócil", decía Shin. "El chico es manejable", respondía mi padre.
Min-ah se sentó a su lado, dejando que su cabeza reposara en el hombro de él.
—Éramos tan jóvenes... solo queríamos amarnos. ¿Cuándo se volvió todo tan oscuro?
—Cuando dejamos que ellos escribieran nuestra historia —Ji-hoon tomó la mano de Min-ah y entrelazó sus dedos. Sus nudillos estaban enrojecidos, pero su agarre era firme—. Pero el capítulo final lo escribimos nosotros. Mañana, en el auditorio, no voy a entregar este USB. Voy a transmitirlo en vivo a todas las agencias de noticias internacionales a través de un servidor espejo que los Shin no pueden bloquear.
El giro de medianoche
De repente, un sonido rompió la calma del conservatorio. No era la lluvia, ni el viento. Era el sonido de un mensaje de texto llegando al teléfono de Ji-hoon. No era un número desconocido. Era un video de una cámara de seguridad.
Ji-hoon lo abrió. La sangre se le escapó del rostro en un segundo.
En el video se veía el interior de una habitación de hospital. Hae-jin estaba sentado en su silla, pero no estaba solo. Detrás de él, con una mano apoyada en su hombro de forma falsamente afectuosa, estaba Shin Tae-oh. Tae-oh miró directamente a la cámara y sonrió, sosteniendo un pequeño vial de líquido transparente sobre el gotero del anciano.
—“Hola, Ji-hoon” —decía la voz de Tae-oh en el mensaje de audio adjunto—. “Sé que estás escuchando. Tu viejo amigo Hae-jin tiene el sueño muy ligero. Si quieres que despierte mañana, ven al auditorio. Pero no vengas solo. Trae a mi esposa y el USB. Si intentas transmitir algo, si intentas jugar a los hackers... Hae-jin recibirá una dosis de 'paz eterna' antes de que el primer bit llegue a la red.”