La lluvia de la mañana se había transformado en una bruma espesa que envolvía el monte Namsan como un sudario. Dentro del conservatorio abandonado, el tiempo parecía haberse detenido, pero para Ji-hoon y Min-ah, cada segundo era un latido en la cuenta atrás hacia su posible ejecución.
Ji-hoon trabajaba con una precisión quirúrgica sobre el piano sin cuerdas. No buscaba devolverle la música, sino convertirlo en un transmisor. Sus dedos, que alguna vez fueron delicados instrumentos de arte, ahora manipulaban cables de acero y circuitos integrados con una frialdad técnica. Min-ah lo observaba desde la penumbra, envuelta en la gabardina de él, sintiendo que el hombre que amaba se estaba transformando en algo hermoso y aterrador a la vez: un arquitecto del caos.
—Si entramos en ese auditorio, no hay vuelta atrás —dijo Min-ah, rompiendo el silencio que solo el goteo de las goteras interrumpía—. Tae-oh no es como su padre. No le importa el dinero ni la reputación de la empresa. Él solo quiere verte destruido porque sabe que, incluso después de cinco años, tú eres el dueño de mi respiración.
Ji-hoon se detuvo. Sus manos descansaron sobre la madera carcomida del instrumento. Se giró hacia ella y, por un instante, la máscara de frialdad se agrietó.
—Tae-oh cree que el poder reside en quién tiene el arma —susurró Ji-hoon, acercándose a ella—. Pero en Seúl, el poder reside en quién controla la narrativa. Él tiene a Hae-jin, tiene a los guardias y tiene el apellido Shin. Pero nosotros tenemos la verdad. Y la verdad, Min-ah, es una frecuencia que nadie puede silenciar una vez que se emite.
Él tomó el rostro de ella entre sus manos. Sus pulgares acariciaron las ojeras profundas de la mujer que había sido su única musa.
—Prométeme una cosa —pidió él con una urgencia que le quemaba la voz—. Si algo sale mal, si las luces no se apagan cuando deben... no mires atrás. El barco en Incheon seguirá esperando.
—No —respondió ella, clavando sus dedos en las muñecas de él—. No voy a ser la única que sobreviva otra vez. Si el piano se detiene, mi corazón se detendrá con él.
La sombra del traidor
Mientras tanto, en la planta 88 del edificio Shin-Hwa, Shin Tae-oh observaba el video de la cámara de seguridad del hospital. En la pantalla, el anciano Hae-jin dormía ajeno a la muerte que pendía de un hilo sobre su brazo.
La puerta del despacho se abrió. El Presidente Kang, el padre de Ji-hoon, entró con la prestancia de un monarca que no acepta derrotas. Su rostro estaba impasible, pero sus ojos delataban una furia contenida.
—Tu hijo es más inteligente de lo que pensábamos, Kang —dijo Tae-oh sin apartar la vista de la pantalla—. Ha quemado el ático. Ha borrado sus huellas. Cree que puede jugar a ser un fantasma en su propia ciudad.
—Mi hijo es un artista, Tae-oh —respondió el Presidente Kang con desprecio—. Y los artistas siempre regresan al escenario para su acto final. Ha citado a todos en el Gran Auditorio a medianoche. Es vanidoso, como su madre.
—¿Y qué hay del USB? —preguntó Tae-oh, girándose con una sonrisa cínica—. Si esos datos salen a la luz, tanto Shin-Hwa como Kang-Dae arderán antes del desayuno.
El Presidente Kang caminó hacia el ventanal, observando la lluvia.
—Ji-hoon no publicará nada mientras yo tenga el control de los servidores de la ciudad. He bloqueado cualquier salida de datos desde el perímetro del auditorio. Lo que ocurra dentro de esas paredes quedará en esas paredes. Recuperaremos el USB, silenciaremos a la chica y Ji-hoon... bueno, Ji-hoon tendrá un "colapso nervioso" que lo mantendrá alejado de los pianos por el resto de su vida.
Tae-oh rió, un sonido seco y carente de humor.
—Eres un padre ejemplar, Kang. Casi siento lástima por él. Casi.
Preparativos para el réquiem
En el conservatorio, Ji-hoon terminó su trabajo. Había conectado el USB a un pequeño transmisor de radiofrecuencia de onda corta.
—Esto no necesita internet —explicó a Min-ah—. Utiliza las antenas de emergencia de la era de la guerra fría que todavía están en el techo del auditorio. Si logro conectarlo a la consola central, la señal saltará por encima de los inhibidores de mi padre y llegará directamente a las frecuencias de radio de cada taxi, cada coche y cada emisora de Seúl.
—¿Y Hae-jin? —preguntó ella—. Tae-oh lo matará en cuanto la señal empiece a sonar.
Ji-hoon extrajo un segundo dispositivo de su bolsillo. Era un control remoto rudimentario.
—Esto está conectado a la red eléctrica del hospital. Hae-jin no es el único que está en esa planta. He hackeado el sistema de incendios. En el momento en que yo presione esta tecla, el ala VIP se inundará de espuma y las alarmas forzarán una evacuación inmediata. Los hombres de Tae-oh no podrán quedarse a terminar el trabajo.
Min-ah lo miró con asombro. Ji-hoon ya no era solo el pianista que ella recordaba. Se había convertido en un estratega implacable. Pero el costo era visible: sus manos tenían cortes finos de los cables y sus ojos reflejaban una fatiga que ninguna noche de sueño podría curar.
—Es hora —dijo él, mirando el reloj de pared que apenas funcionaba—. El acto final está a punto de comenzar.
El reencuentro con el escenario
El Gran Auditorio del Centro de Artes de Seúl se alzaba imponente y oscuro bajo la tormenta de medianoche. Era el mismo lugar donde, cinco años atrás, el mundo de Ji-hoon se había hecho añicos.
Coches negros de alta gama estaban estacionados en la entrada, como panteras acechando en la oscuridad. El personal de seguridad, hombres con trajes oscuros y paraguas de marca, formaban un pasillo de hierro hacia las puertas principales.