Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 8: El último acorde de la lluvia

La nota final de la pieza no fue un sonido, sino un impacto. El estruendo del disparo de Tae-oh aún rebotaba en las paredes de madera del auditorio cuando Ji-hoon sintió el calor súbito en su costado izquierdo. Fue una sensación extraña, casi líquida, que contrastaba con el frío gélido de la sala. Sin embargo, sus dedos no se detuvieron. Por puro instinto, por una memoria muscular que trascendía el dolor, completó el arpegio descendente.

El silencio que siguió fue más pesado que el plomo.

Min-ah se quedó paralizada a mitad de la escalinata del escenario. Sus ojos se abrieron con un terror que le robó el habla. Vio cómo la mancha roja en la camisa de Ji-hoon se expandía como una flor de loto abriéndose en cámara lenta sobre un campo de nieve.

—¡Ji-hoon! —el grito de Min-ah finalmente rompió el aire, cargado de una agonía que hizo que incluso los guardias de los Shin vacilaran.

El colapso de los gigantes

En la primera fila, el Presidente Kang miraba a su hijo con la boca abierta. El arma en la mano de Tae-oh todavía humeaba. El patriarca de los Kang, el hombre que creía tener el control sobre la vida y la muerte, vio cómo su legado se desangraba sobre el marfil que él mismo había intentado silenciar.

—¿Qué has hecho...? —susurró el Presidente Kang, girándose hacia Tae-oh.

Tae-oh tenía la mirada desencajada. La arrogancia se había evaporado, reemplazada por el pánico del criminal que comprende que ha cometido un error irreversible frente a miles de testigos invisibles. Porque las luces del auditorio seguían parpadeando, y los monitores de los técnicos mostraban que la señal de radio no se había cortado. Seúl estaba escuchando el disparo. Seúl estaba escuchando la respiración entrecortada de Ji-hoon.

—Él... él no me dejó opción —tartamudeó Tae-oh, retrocediendo mientras los guardias empezaban a mirar sus teléfonos, viendo cómo las redes sociales estallaban con la transmisión en vivo.

Ji-hoon se inclinó sobre el piano. Su frente tocó las teclas agudas, produciendo un sonido disonante, una queja metálica que marcó el fin de la función. Con un esfuerzo sobrehumano, giró la cabeza para mirar a Min-ah.

—Vete... —logró articular, mientras un hilo de sangre asomaba por la comisura de sus labios—. El... el mando... presiónalo.

La chispa en la oscuridad

Min-ah no se fue. Corrió hacia él, arrodillándose en el suelo del escenario y sosteniendo la cabeza de Ji-hoon entre sus manos. Sus lágrimas caían sobre el rostro de él, mezclándose con el sudor y la sangre.

—No te voy a dejar. ¡No otra vez! —sollozó ella.

Ji-hoon buscó en su bolsillo y sacó el pequeño control remoto que había construido en el conservatorio. Sus dedos estaban resbaladizos, pero logró ponerlo en la palma de Min-ah.

—Hae-jin... —susurró—. Sálvalo.

Min-ah miró el dispositivo. Sabía lo que significaba. Si presionaba ese botón, las alarmas del hospital se activarían, pero también daría la señal definitiva a los servidores espejo para liberar la segunda parte de los archivos: las cuentas bancarias secretas de la fusión ilegal.

—¡Dámelo! —gritó Tae-oh, subiendo al escenario con el arma en alto—. ¡Dame ese control, Min-ah, o juro que te envío con él!

El Presidente Kang intentó detener a Tae-oh, pero fue empujado por uno de los guardias. El orden se había disuelto. El auditorio era ahora una zona de guerra.

Min-ah miró a Tae-oh. Ya no había rastro de la mujer sumisa que había vivido en la mansión Shin. Sus ojos reflejaban la fuerza de una leona protegiendo a su cachorro herido. Con un movimiento rápido, presionó el botón.

El estallido de la verdad

En el Hospital Central, a kilómetros de allí, las luces empezaron a girar en rojo. Las sirenas de incendio rugieron y el sistema de aspersores se activó, inundando los pasillos de espuma blanca. En la habitación de Hae-jin, el asesino enviado por Tae-oh se vio sorprendido por la entrada brusca de un equipo de enfermeros que evacuaban a todos los pacientes VIP por protocolo de emergencia. El anciano fue sacado en camilla justo antes de que el vial de veneno fuera conectado.

En el auditorio, el sonido de una sirena también empezó a sonar, pero no era la de incendios. Eran las patrullas de la Policía Nacional de Seúl que rodeaban el edificio.

Ji-hoon sonrió débilmente, sintiendo que el frío empezaba a ganar la batalla.

—Está hecho... —dijo, su voz casi inaudible—. La música... se hizo... justicia.

—Quédate conmigo, Ji-hoon. ¡Mírame! —Min-ah presionó la herida con su propio vestido, sintiendo el latido errático del corazón de él—. Has vuelto por mí, no puedes irte ahora. ¡Prometiste que esperaríamos a que la lluvia dejara de doler!

Las puertas del auditorio se abrieron de par en par. Unidades de élite entraron con rifles y linternas, cegando a los presentes.

—¡Suelten las armas! —ordenó una voz por megáfono.

Tae-oh, acorralado, miró a su alrededor. Vio a su padre siendo esposado en la primera fila. Vio al Presidente Kang hundido en su asiento, ocultando el rostro entre las manos. Y vio a Min-ah, que no le tenía miedo, que solo tenía ojos para el hombre que agonizaba en sus brazos.

En un último acto de cobardía, Tae-oh bajó el arma y se dejó caer de rodillas.

El susurro bajo el neón

Los paramédicos subieron al escenario con una camilla. Min-ah se negaba a soltar la mano de Ji-hoon mientras lo subían. El piano de cola, el testigo silencioso de su tragedia, quedó atrás, manchado de rojo y bañado por la luz azul y roja de las patrullas que se filtraba por los ventanales altos.




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