Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 9: El umbral del silencio

El Hospital Universitario de Seúl era un hervidero de caos contenido. Mientras los informativos de todo el país emitían en bucle las imágenes del tiroteo en el auditorio y el colapso financiero de los clanes Shin y Kang, Min-ah se encontraba en una dimensión paralela: el pasillo de la sala de operaciones del tercer piso.

Las puertas dobles de metal, con el letrero de "QUIRÓFANO EN USO" brillando en un rojo violento, eran la única frontera entre su vida y el abismo. Min-ah miraba sus manos. La sangre de Ji-hoon se había secado bajo sus uñas, formando una costra oscura que se negaba a desaparecer, como si el destino quisiera que llevara su sacrificio marcado en la piel.

—Señora Shin... —una voz suave la sacó de su estupor.

Min-ah levantó la vista. Era el inspector Choi, de la Unidad de Delitos Económicos. Sus ojos reflejaban una mezcla de lástima y respeto.

—Ya no soy la señora Shin —respondió ella, y su voz sonó como el cristal rompiéndose—. Ese nombre murió esta noche.

—Lo entiendo. Solo quería informarle que Shin Tae-oh ha sido procesado oficialmente. Su padre, el Presidente Kang, está bajo custodia hospitalaria en la planta baja. Las pruebas que el joven amo Ji-hoon liberó son... irrefutables. Han caído todos.

Min-ah asintió vagamente. No le importaba la caída de los imperios. Solo le importaba el ritmo errático del monitor cardiaco que apenas podía imaginar detrás de esas puertas de acero.

—Él planeó todo esto, ¿verdad? —preguntó ella—. El concierto, la transmisión, el incendio... incluso sabía que Tae-oh dispararía.

El inspector suspiró.

—Parece que él sabía que era la única forma de que la policía pudiera entrar con jurisdicción total e inmediata. Se ofreció a sí mismo como cebo para que Seúl no pudiera mirar hacia otro lado.

Min-ah cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared fría. Ji-hoon no solo había tocado su última canción; había compuesto su propia tragedia para comprarle a ella la libertad.

La sombra en el cristal

Dos horas más tarde, las luces del quirófano se apagaron. Un cirujano de rostro exhausto salió, quitándose la mascarilla. Min-ah se puso de pie tan rápido que el mundo le dio vueltas.

—La bala dañó el lóbulo inferior del pulmón izquierdo y rozó la arteria subclavio —explicó el médico—. Perdió mucha sangre, pero es un milagro que llegara con vida. Lo hemos estabilizado, pero ha entrado en un coma inducido. Las próximas 48 horas serán críticas.

—¿Puedo verlo? —suplicó ella.

—Solo cinco minutos. Está en la Unidad de Cuidados Intensivos.

Cuando Min-ah entró en la habitación, el sonido de los respiradores artificiales la golpeó. Ji-hoon, el hombre que llenaba auditorios con su energía, ahora parecía una figura de cera rodeada de cables y tubos. Estaba pálido, casi translúcido.

Se sentó a su lado y, con una delicadeza infinita, tomó su mano derecha. Los dedos de pianista estaban fríos.

—No puedes dejarme ahora, Ji-hoon —susurró, inclinándose sobre él hasta que su frente rozó la suya—. Me dijiste que buscara la partitura en el conservatorio. No voy a ir. No voy a moverme de aquí hasta que tú mismo me lleves y la toquemos juntos.

En ese momento, la mano de Ji-hoon tuvo un espasmo leve. Fue casi imperceptible, pero para Min-ah fue un grito de guerra.

El secreto del piano roto

A pesar de su promesa, Min-ah recordó las palabras de Ji-hoon en la ambulancia: "Busca el doble fondo del piano en el conservatorio". Sabía que él no habría mencionado eso en sus últimos instantes de conciencia si no fuera vital.

Al amanecer, aprovechando que Hae-jin ya estaba fuera de peligro y bajo protección policial en otra planta, Min-ah escapó del hospital. Tomó un taxi hacia el monte Namsan. El conservatorio abandonado se veía más lúgubre bajo la luz gris de la mañana, pero ella ya no sentía miedo.

Entró en el salón de los instrumentos caídos. Buscó el piano sin cuerdas donde Ji-hoon había trabajado la noche anterior. Sus manos, aún temblorosas, empezaron a palpar la madera carcomida, buscando la irregularidad que él había mencionado.

Finalmente, en la parte inferior del teclado, encontró un resorte. Al presionarlo, una pequeña gaveta de madera se deslizó hacia afuera.

Dentro no había una partitura musical convencional. Había un sobre de seda azul que contenía una llave pequeña y una dirección en el barrio de Bukchon: una de las casas tradicionales hanok que habían pertenecido a la familia de la madre de Ji-hoon antes de la fusión con los Kang.

Pero había algo más. Un pequeño diario de cuero negro. Min-ah lo abrió y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.

No eran solo notas musicales. Eran cartas. Una para cada día que Ji-hoon pasó en Europa. Cientos de mensajes que nunca se atrevió a enviar, donde describía cómo cada ciudad, cada concierto y cada aplauso eran vacíos porque ella no estaba allí.

Sin embargo, al llegar a la última página, la caligrafía cambiaba. Era más reciente, apresurada, escrita quizás horas antes del concierto en el auditorio.

"Min-ah, si estás leyendo esto, es porque el silencio ha ganado. Pero la llave de la casa en Bukchon abre algo más que una puerta. Abre la caja de seguridad debajo del suelo de madera del salón principal. Allí encontrarás el verdadero motivo del accidente de hace cinco años. No fue solo una fusión de empresas. Fue un asesinato que mi padre y Shin cometieron juntos para eliminar al único hombre que podía denunciarlos. Mi abuelo."




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.