La decisión de Min-ah se tomó en el espacio de un segundo, pero se sintió como una eternidad. El teléfono ardía en su mano con el mensaje del hospital, mientras el diario de Ji-hoon pesaba en su pecho como una losa de granito. La Secretaria Kim emergía de las sombras del conservatorio, una silueta amenazante bajo la lluvia que empezaba a arreciar.
Min-ah miró hacia la carretera. Bukchon estaba a diez minutos; el hospital, al menos a veinte bajo esta tormenta. Si iba por la prueba, Ji-hoon podría morir solo, rodeado de máquinas y extraños. Si iba al hospital, la Secretaria Kim recuperaría el diario y la verdad sobre el asesinato del abuelo se hundiría en el fondo del río Han para siempre.
—¡El diario, Min-ah! —gritó la Secretaria Kim, acercándose con el taser chisporroteando.
Min-ah no gritó. No lloró. Sus ojos se volvieron dos esquirlas de hielo. Recordó la mirada de Ji-hoon en el auditorio antes de que la bala lo alcanzara. Él no había sacrificado su vida para que ella fuera a llorar a su tumba; lo había hecho para que ella terminara la sinfonía que él empezó.
—Si quieres el diario, tendrás que buscarlo en el infierno —dijo Min-ah.
En un movimiento desesperado, lanzó el sobre de seda azul hacia el interior de un piano de cola cuya tapa estaba bloqueada por escombros, y luego echó a correr en dirección contraria, hacia el bosque del monte Namsan. No iba a Bukchon. Iba a ganar tiempo.
La caza en la montaña
La persecución fue una danza macabra entre árboles retorcidos y niebla espesa. Min-ah sentía sus pulmones arder, pero cada bocanada de aire frío le recordaba que Ji-hoon estaba luchando por la suya. Escuchaba los pasos de la Secretaria Kim y, lo que era peor, el sonido de un motor acercándose por el camino de servicio. El Presidente Kang no había enviado solo a una secretaria; había enviado una patrulla de limpieza.
Min-ah se ocultó tras una roca de granito, con el corazón martilleando contra sus costillas. Sacó su teléfono y, con manos temblorosas, envió una ubicación en tiempo real al Inspector Choi.
"Conservatorio Namsan. Tienen pruebas. Ayuda."
Apenas envió el mensaje, una mano enguantada le arrebató el teléfono. Min-ah ahogó un grito. Era uno de los guardias del Presidente Kang. Pero antes de que el hombre pudiera reaccionar, Min-ah usó toda su rabia acumulada en cinco años y le propinó un rodillazo que lo dejó sin aire, aprovechando para rodar por la pendiente de barro.
Rodó hasta que el mundo dejó de girar y terminó al borde de la carretera principal, justo cuando un taxi frenaba bruscamente para evitarla.
—¡Al Hospital Universitario! ¡Rápido! —gritó ella, subiendo al vehículo, cubierta de barro y sangre, pero con el diario de cuero negro aún apretado bajo su camisa. Había engañado a la Secretaria Kim con el sobre vacío; el diario siempre estuvo con ella.
Código Azul
Cuando Min-ah irrumpió en la planta de la UCI, el ambiente era de una tensión eléctrica. Los médicos corrían con el desfibrilador hacia la habitación de Ji-hoon. Ella intentó pasar, pero una enfermera la detuvo.
—¡Señora, no puede pasar! ¡Estamos en reanimación!
—¡Ji-hoon! ¡No te atrevas! —gritó Min-ah, su voz desgarrando el silencio aséptico del pasillo—. ¡Tengo el diario! ¡Tengo la verdad! ¡No me dejes sola con esto!
A través del cristal, vio el cuerpo de Ji-hoon arquearse bajo la descarga del desfibrilador. Una vez. Dos veces. El monitor seguía emitiendo ese pitido largo, horizontal, que marcaba la ausencia de alma. El doctor negó con la cabeza, mirando el reloj para declarar la hora del deceso.
Pero entonces, algo ocurrió.
Min-ah apoyó sus manos sucias contra el cristal. Cerró los ojos y empezó a tararear. No era una canción de moda, ni un éxito de K-drama. Era la melodía errática y oscura que Ji-hoon había tocado en el piano de los Shin. Aquella canción que hablaba de dolor, pero también de una promesa inquebrantable.
“Espera por mí cuando la lluvia de Seúl deje de doler…”
En el monitor, una pequeña montaña apareció. Un latido. Débil. Casi inexistente. Pero real.
—¡Hay pulso! —gritó una enfermera—. ¡Ha vuelto!
Min-ah se dejó caer de rodillas, sollozando sin control. El milagro no era médico; era la música que se negaba a apagarse mientras hubiera alguien que la escuchara.
La revelación del diario
Horas después, con Ji-hoon de nuevo estabilizado pero aún en estado crítico, el Inspector Choi se reunió con Min-ah en una sala privada del hospital. Ella le entregó el diario de cuero negro.
El inspector leyó las páginas en silencio, su rostro volviéndose más sombrío con cada párrafo.
—Esto es mucho más grande que un fraude financiero, Min-ah —dijo Choi—. El abuelo de Ji-hoon iba a desheredar a su hijo, el actual Presidente Kang, para dejar la empresa a una fundación artística. Tu padre y Shin orquestaron el "accidente" del abuelo, pero el diario menciona un testigo. Alguien que grabó el asesinato.
—¿Hae-jin? —preguntó Min-ah.
—No. Hae-jin solo protegía a Ji-hoon. El testigo era la propia madre de Ji-hoon. Ella escondió la prueba en un lugar que solo Ji-hoon podía encontrar. Ese USB que él entregó en el auditorio... Min-ah, eso solo era el cebo. El verdadero video está en la casa de Bukchon.
Min-ah recordó la llave pequeña que había encontrado en el conservatorio. La Secretaria Kim todavía creía que la prueba estaba en el piano roto del monte Namsan, pero era cuestión de tiempo que se dieran cuenta del engaño.