La detención del Presidente Kang en la habitación 512 del Hospital Universitario no fue el final del estrépito, sino el inicio de un silencio aterrador. Mientras los oficiales lo escoltaban por el pasillo aséptico, el hombre no gritó ni suplicó; simplemente miró a Min-ah con una sonrisa que le heló la sangre. Una sonrisa que decía: «Crees que has cortado la cabeza de la serpiente, pero no conoces el tamaño del nido».
Ji-hoon permanecía inmóvil, su respiración asistida por el murmullo rítmico de la máquina. La revelación de la tinta invisible en el diario —aquella frase que mencionaba a un hermano supuestamente muerto— quemaba en la mente de Min-ah.
—Inspector Choi —llamó ella, su voz apenas un hilo mientras los peritos recogían la jeringuilla del suelo—. ¿Qué sabe sobre el incendio de la mansión Kang hace veinte años?
El inspector se detuvo, ajustándose la corbata con un gesto de incomodidad.
—Fue una tragedia nacional, Min-ah. El hijo mayor de los Kang, Dae-hyun, murió atrapado en el ala oeste. Tenía solo ocho años. El propio Presidente Kang intentó entrar, o eso dijeron las noticias de entonces. Ji-hoon fue el único que sobrevivió porque estaba en una clase de piano fuera de casa. ¿Por qué lo pregunta?
Min-ah cerró el diario con fuerza, ocultando la página que aún irradiaba el calor de sus manos.
—Por nada. Solo... recuerdos que Ji-hoon mencionó entre sueños.
Mintió. En el mundo de los Kang, la verdad era un arma que debía cargarse con cuidado antes de disparar.
El despertar de los sentidos
A las tres de la mañana, la fiebre de Ji-hoon remitió. Sus ojos se abrieron, esta vez con una claridad que no era fruto del delirio. Min-ah estaba allí, dormida a los pies de su cama, aferrada a su mano como si fuera el último cabo suelto de un naufragio.
Él la observó durante largo tiempo. La luz azulada de las máquinas perfilaba el cansancio en el rostro de ella, la suciedad que aún manchaba sus mejillas tras la huida del conservatorio. Intentó mover los dedos y sintió el tirón doloroso de la herida en su costado. Cada latido era un recordatorio de que estaba vivo, pero también de la carga que acababa de depositar sobre los hombros de la mujer que amaba.
—Min-ah... —susurró.
Ella se sobresaltó, despertando al instante. Sus ojos se llenaron de una alegría tan pura que Ji-hoon sintió que el corazón le dolía más que el pulmón perforado.
—¡Estás despierto! No hables, el médico dijo que...
—Bukchon —interrumpió él, con voz ronca—. ¿Fuiste?
—No. El hospital me llamó. Casi te pierdo, Ji-hoon. No me importa el diario, no me importan los Kang...
—Importa —dijo él, cerrando los ojos con esfuerzo—. Dae-hyun. No murió.
El aire en la habitación pareció succionarse. Min-ah se inclinó hacia él, bajando la voz hasta convertirla en un secreto.
—¿Cómo es posible? El funeral... las cenizas...
—Mi padre necesitaba un heredero perfecto. Dae-hyun era... diferente. Tenía una debilidad que mi padre no podía tolerar en un sucesor de Kang-Dae. El incendio fue la excusa para borrarlo del mapa y enviarlo a una institución. Pero él escapó. Hae-jin lo ayudó a esconderse durante años.
Ji-hoon tosió, y una mueca de agonía cruzó su rostro. Min-ah le acercó un poco de agua, con el corazón martilleando.
—Él es quien envió el mensaje al hospital, Min-ah. Él es quien hackeó las pantallas de la ciudad. No fui yo solo. Él es la sombra que ha estado vigilando a los Shin desde adentro.
El encuentro en la casa Hanok
Siguiendo las instrucciones de Ji-hoon, Min-ah abandonó el hospital al amanecer, dejando al Inspector Choi custodiando la habitación con tres hombres de confianza. Tomó la llave pequeña y se dirigió al barrio de Bukchon.
La casa tradicional, una joya de madera de pino y tejas oscuras, estaba escondida al final de un callejón donde los turistas rara vez llegaban. Al cruzar el umbral del patio interior, el olor a madera húmeda y a historia la envolvió. El silencio de la mañana solo era roto por el sonido de un carillón de viento.
Entró en el salón principal. El suelo de madera pulida brillaba bajo la luz tenue. Buscó bajo la alfombra de seda y encontró la trampilla que Ji-hoon había descrito. Pero al abrirla, no encontró documentos.
Encontró un monitor de ordenador encendido.
En la pantalla, un mapa de Seúl parpadeaba con puntos rojos. Eran las ubicaciones de todas las propiedades del Grupo Shin y Kang. En el centro, una ventana de chat se abrió automáticamente.
Sombra: "Llegas cinco minutos tarde, Min-ah."
Min-ah retrocedió, su espalda chocando contra la columna de madera. Sus dedos volaron sobre el teclado.
Min-ah: "¿Quién eres? ¿Dae-hyun?"
Sombra: "Ese niño murió en el fuego. El que queda solo quiere ver cómo arden los culpables. Ji-hoon te dio la llave porque sabe que mi padre enviará a la Secretaria Kim a Bukchon en menos de una hora. Sal de ahí ahora. Mira el jarrón de celadón a tu derecha."
Min-ah giró la cabeza. Dentro del jarrón había un sobre lacrado y un pasaporte nuevo a su nombre.
Sombra: "Lleva el sobre al fiscal general. No confíes en el Inspector Choi. Su esposa tiene una deuda de juego pagada por Shin Tae-oh. Si le entregaste el diario, ya estás muerta."
La traición tiene ojos claros
El frío que recorrió la espalda de Min-ah fue absoluto. Recordó cómo el Inspector Choi se había llevado el diario de cuero negro apenas unas horas antes. Recordó su mirada de "lástima".