Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 12: El eco de un piano roto

El aire en el ático de Gangnam se sentía tan denso que Ji-hoon temía que sus pulmones se convirtieran en piedra si respiraba demasiado profundo, observando cómo la lluvia de Seúl golpeaba los ventanales con la violencia de una verdad que ya no podía ser silenciada por el lujo o las notas de un piano de cola. Min-ah permanecía de pie frente a él, con el rostro bañado por el resplandor azul de los anuncios de neón de la ciudad y el temblor de sus manos delataba que el sobre que acababa de abrir contenía el final de su inocencia, pues la fotografía amarillenta no solo mostraba a su madre sonriendo en un jardín de Jeju, sino que a su lado, con una mano posesiva sobre su hombro, estaba el mismo hombre que Ji-hoon llamaba abuelo y que ahora se revelaba como el arquitecto de una tragedia que unía sus sangres mucho antes de que ellos se conocieran en aquella universidad bajo el primer aguacero del otoño. Ji-hoon dio un paso hacia ella, queriendo arrancarle de los ojos ese dolor que él mismo llevaba cargando como una cruz de marfil, pero el sonido de un ascensor llegando al piso privado rompió el hechizo de intimidad y el terror se apoderó de sus pechos cuando las puertas se abrieron para dejar paso a Jin, cuya mirada ya no era la del hermano protector, sino la del verdugo que ha descubierto que el secreto del "Protocolo Loto" ha sido vulnerado por la mujer que Ji-hoon amaba contra toda lógica empresarial. Sin decir una palabra, Jin dejó caer un pequeño dispositivo de grabación sobre la mesa de cristal y el silencio fue reemplazado por la voz distorsionada de la Secretaria Kim, confesando que la muerte de los padres de Min-ah no fue un accidente de carretera, sino un sacrificio necesario para que el imperio Kang no perdiera las tierras donde se escondía la mayor red de servidores de la familia, dejando a Min-ah sin aliento y a Ji-hoon con la amarga certeza de que su amor era, en realidad, el fruto de un campo regado con la sangre de los seres más queridos de su musa. La traición se sintió como una nota discordante en medio de una sinfonía perfecta y mientras Min-ah retrocedía hacia la salida con los ojos llenos de una furia que quemaba más que el hielo, Ji-hoon comprendió que para salvarla de su propia familia tendría que convertirse en el monstruo que siempre juró destruir, incluso si eso significaba perderla para siempre en el oscuro laberinto de secretos que Seúl guardaba bajo su lluvia incesante. Al final, solo quedó el eco de una puerta cerrándose y el rastro de una lágrima de Min-ah sobre el suelo de mármol, mientras en la pantalla del ordenador de Jin empezaba a parpadear una cuenta atrás que marcaba el inicio del capítulo más oscuro de sus vidas: la activación del archivo que revelaría que uno de los dos no era quien decía ser, sino un peón implantado por la inteligencia de los Shin hace más de veinte años.




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