Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 13: La partitura de las sombras

El vacío que dejó el cierre de la puerta tras la huida de Min-ah se expandió por el ático como un gas asfixiante, dejando a Ji-hoon clavado en el centro de un escenario que se desmoronaba mientras el eco de sus propios latidos competía con el rítmico golpeteo de la tormenta contra el cristal, una melodía monocorde que parecía burlarse de la armonía que él había intentado construir sobre los cimientos de arena de una identidad fabricada. Frente a él, Jin permanecía impasible, una sombra de granito cuya lealtad al clan Kang se había transformado en una armadura de hielo, sosteniendo el dispositivo de grabación como si fuera el acta de defunción de su relación fraternal mientras el resplandor de la cuenta atrás en el monitor teñía su rostro de un rojo carmesí, un color que presagiaba la sangre que estaba por derramarse en las altas esferas de Seúl si aquel secreto llegaba a ver la luz del día. Ji-hoon sintió que el piano de cola a su espalda ya no era su refugio sino su condena, un ataúd de madera lacada donde guardaba sus sueños de libertad, y con un grito sordo de rabia se abalanzó sobre el escritorio para detener el proceso de encriptación, pero Jin se interpuso con la agilidad de un depredador, recordándole con un solo movimiento que en el tablero de ajedrez de su abuelo ellos no eran más que piezas prescindibles diseñadas para proteger la pureza del linaje a cualquier costo. La revelación de la Secretaria Kim seguía vibrando en el aire, esa confesión de que la familia de Min-ah fue borrada del mapa para asegurar una red de servidores, una verdad tan monstruosa que hacía que cada caricia compartida, cada beso bajo el paraguas y cada promesa susurrada en la penumbra del conservatorio supiera a ceniza y a azufre. Fuera, los relámpagos iluminaban momentáneamente la silueta de la Torre Namsan, y en ese breve destello de luz, Ji-hoon vio reflejada en la ventana la imagen de un extraño, un hombre que vestía su propia piel pero cuyo interior estaba podrido por las mentiras de una herencia que nunca pidió, preguntándose si Min-ah estaría en ese preciso instante corriendo bajo la lluvia ácida de Gangnam, con el alma rota y el corazón cargado de un odio legítimo hacia el hombre que, para ella, representaba ahora la cara de los asesinos de sus padres.

El monitor emitió un pitido agudo, marcando el fin de la cuenta atrás, y en lugar de un archivo de texto, lo que se desplegó en la pantalla fue un video de seguridad granulado de hace veinte años, una escena filmada en una clínica privada de Suiza donde una mujer de rasgos aristocráticos entregaba a un bebé a una enfermera mientras un hombre de espaldas, cuya silueta Ji-hoon reconoció con un escalofrío mortal, firmaba un cheque con el sello de los Shin. El aire se volvió gélido cuando Ji-hoon comprendió que el bebé en el video no era otro que él mismo, y que el mito de su nacimiento como el heredero legítimo de los Kang era una farsa orquestada para infiltrar la sangre de su peor enemigo en el corazón del imperio, un giro del destino que lo convertía en un caballo de Troya viviente que ni siquiera sabía que estaba siendo utilizado para una guerra de décadas. Jin, al ver las imágenes, soltó el dispositivo y retrocedió, sus ojos llenos de una confusión que rápidamente se tornó en una determinación letal, pues si Ji-hoon era en realidad un Shin implantado, su existencia misma era una afrenta que debía ser eliminada para purificar la jerarquía del clan antes de que el patriarca se enterara de que había criado a una víbora en su propio nido. Ji-hoon no esperó a que su hermano sacara el arma que sabía que llevaba oculta bajo la chaqueta de diseño, sino que se lanzó hacia el ventanal, rompiendo el cristal con una silla de diseño en un estallido de diamantes transparentes y saltando hacia la cornisa mojada, sintiendo el frío de Seúl envolverlo mientras abajo, en la calle, veía las luces rojas de un coche que se alejaba a toda velocidad, el coche de Min-ah, llevándose consigo la única razón por la que todavía valía la pena luchar contra el destino.

Min-ah, mientras tanto, conducía con los ojos nublados por las lágrimas y las manos aferradas al volante con una fuerza que le hacía sangrar los nudillos, repitiendo en su mente la dirección que la Secretaria Kim le había dado en un susurro final de arrepentimiento, una dirección que la llevaba directamente a los sótanos de un orfanato abandonado en las afueras de la ciudad donde supuestamente estaban las pruebas físicas de que ella no era una simple campesina de Jeju, sino la última pieza de un rompecabezas que involucraba el testamento original del abuelo Kang. La lluvia golpeaba el parabrisas como si quisiera advertirle que no entrara en ese lugar, pero el dolor era un motor más potente que el miedo, y al llegar al edificio en ruinas, la puerta se abrió con un gemido metálico, revelando un pasillo oscuro que olía a humedad y a olvido, donde al fondo de una estantería llena de archivos mohosos la esperaba una carpeta con el sello de la Lira. Al abrirla, Min-ah no encontró dinero ni acciones, sino un pequeño par de zapatos de bebé y un diario escrito con la caligrafía elegante de su madre, donde se detallaba cómo ella y su esposo habían sido elegidos para proteger a una niña que no era suya, una niña que había nacido de una unión prohibida entre un Kang y una Shin, una niña que ahora comprendía que era ella misma y que su amor por Ji-hoon no era solo un error biológico, sino el cumplimiento de una profecía de sangre que sus familias habían intentado borrar con fuego y muerte. El silencio del orfanato fue roto por el sonido de unos pasos pesados sobre el suelo de madera podrida y, al levantar la vista, Min-ah vio a través de la penumbra la figura de Ji-hoon, empapado, herido y con la mirada de alguien que ha cruzado el infierno solo para pedir perdón, pero antes de que pudiera decir una palabra, una luz roja de un puntero láser se posó directamente en el pecho de él, anunciando que los cazadores de los Shin y los Kang finalmente habían convergido en el lugar donde la verdad iba a ser enterrada para siempre bajo el barro de Seúl.




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