El frío de las aguas del río Han todavía calaba en los huesos de Ji-hoon mientras observaba, desde las sombras de un muelle abandonado en Mapo, cómo las pantallas LED de los rascacielos proyectaban sus propios rostros con el rótulo de "fallecidos en un trágico accidente", una mentira oficial que los despojaba de su pasado pero que, paradójicamente, les otorgaba la libertad de los espectros para moverse por una Seúl que ya no los reconocía como herederos sino como anomalías del sistema. Min-ah permanecía a su lado, tiritando bajo una manta de lona sucia que habían encontrado entre los escombros, apretando el disco plateado contra su pecho con una fuerza que le blanqueaba los nudillos, mientras sus ojos buscaban en el horizonte de neón una respuesta al sacrificio de Jin y a la traición de una Secretaria Kim que, hasta el último suspiro, había jugado a ser el ángel y el demonio de su existencia. No hubo palabras de consuelo porque el dolor de haber sido borrados de la historia era una nota demasiado aguda para ser interpretada, y Ji-hoon, sintiendo que su corazón de Shin latía con una rabia que no pertenecía a la partitura de su vida anterior, la tomó de la mano para conducirla hacia un refugio que ni siquiera su abuelo conocía: el sótano de una antigua tienda de instrumentos en la que su madre solía esconderse antes de que el mundo decidiera que la música era una moneda de cambio peligrosa. Al entrar en el local, el olor a madera vieja y a resina los recibió como un abrazo del pasado, y entre pianos cubiertos por sábanas blancas que parecían fantasmas aguardando su turno para gritar, Ji-hoon encontró un viejo terminal de comunicaciones que todavía parpadeaba con una luz ámbar, indicando que el "Protocolo Loto" no era solo un archivo de datos, sino un faro que había empezado a emitir una señal hacia un receptor desconocido en el corazón de la Ciudad Prohibida de los Shin.
El contenido del disco, al ser insertado en la terminal, no reveló cifras ni nombres, sino un mapa de frecuencias que latía al ritmo de una composición musical inacabada que Ji-hoon reconoció como la sonata que su madre nunca pudo terminar antes del incendio, una pieza que contenía en sus silencios las claves para desactivar los servidores que mantenían en pie el imperio financiero de ambas familias. Min-ah, al observar las notas que se desplegaban en la pantalla, comprendió con un escalofrío que su propia voz, la frecuencia que su padre había grabado en el diario del orfanato, era la llave final para ejecutar el programa, lo que la convertía no solo en una víctima de la guerra, sino en el arma de destrucción masiva que podría reducir a cenizas los rascacielos de Gangnam con un solo suspiro de verdad. El drama se intensificó cuando un mensaje de texto anónimo llegó al terminal, mostrando una foto de Jin ensangrentado pero vivo en una celda de alta seguridad bajo la mansión de los Kang, con una advertencia clara: si el "Protocolo Loto" se activaba, su hermano moriría de inmediato, obligando a Ji-hoon a elegir entre la justicia que sus padres exigían desde la tumba y la vida del único hombre que había intentado salvarlo de la oscuridad. La angustia de Ji-hoon se desbordó en un sollozo seco mientras golpeaba con frustración las teclas de un piano desafinado, creando una disonancia que parecía el eco de su propia alma rota, mientras Min-ah se acercaba para rodearlo con sus brazos, susurrándole al oído que el amor que compartían era la única partitura que debían seguir, incluso si eso significaba caminar voluntariamente hacia la boca del lobo para rescatar a Jin y enfrentarse cara a cara con el abuelo en un duelo final donde la música de Seúl se detendría para siempre.
De repente, la puerta de la tienda de instrumentos se abrió de par en par bajo la fuerza de un rayo que iluminó la entrada, y la figura de la Secretaria Kim apareció de nuevo, pero esta vez despojada de su traje de gala y vestida con el uniforme de los operativos de inteligencia de los Shin, revelando con una voz cargada de una ironía letal que ella nunca había servido a los Kang, sino que era la verdadera madre biológica de Ji-hoon, la mujer que lo entregó en Suiza para protegerlo de una purga interna y que ahora reclamaba su derecho a usarlo como el peón definitivo para destruir al patriarca que le había robado su vida. El giro de la realidad golpeó a Ji-hoon con la fuerza de una explosión, sintiendo que el suelo se hundía bajo sus pies al descubrir que la mujer que había ordenado la muerte de los padres de Min-ah era su propia sangre, una revelación que transformaba su romance en un pecado imposible de redimir y que dejaba a Min-ah mirando con horror al hombre que amaba, viendo en él no al pianista de sus sueños, sino al hijo de la mujer que había convertido su infancia en un cementerio de recuerdos. La Secretaria Kim no les dio tiempo para procesar el horror, pues anunció que las unidades de asalto de los Shin ya rodeaban el bloque y que tenían exactamente cinco minutos para entregar el disco y unirse a ella en el golpe de estado definitivo, o ver cómo el refugio se convertía en una pira funeraria donde la música y la verdad arderían juntas. Min-ah, con una determinación que nació del odio y la desesperación, tomó el disco y lo lanzó hacia las cuerdas del piano, activando con un grito la frecuencia de su voz que desencadenó el inicio del colapso digital de Seúl, mientras Ji-hoon se interponía entre ella y su supuesta madre, decidido a tocar la última nota de su vida para que el mundo supiera que, bajo la lluvia de Seúl, las promesas de los hijos son más poderosas que las traiciones de los padres. El capítulo cerró con el sonido estruendoso de los servidores estallando en la distancia y la imagen de Ji-hoon y Min-ah envueltos en un abrazo desesperado mientras las paredes de la tienda empezaban a ceder, dejando al lector con la respiración contenida ante la posibilidad de que el amor más puro de la ciudad hubiera sido el encargado de detonar el fin de una era de neón y sombras.