Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 21: La cumbre de los espejos rotos

El helipuerto de la Torre Lotte era un desierto de metal y viento, suspendido a quinientos metros sobre una Seúl que ignoraba estar al borde del colapso total. El helicóptero aterrizó con un estruendo que pareció sacudir los cimientos mismos de la ciudad. Al abrirse la puerta, el aire gélido de la altitud golpeó a los tres hermanos, cortando la tensión eléctrica que los separaba dentro de la cabina.

Ji-hoon bajó primero. Su rostro era una máscara de mármol, inexpresivo, como si hubiera desconectado cada nervio de su cuerpo para no sentir la proximidad de Min-ah. Detrás de él, Tae-oh caminaba con los puños apretados, balanceándose entre la rabia asesina y el vacío existencial. Jin, con el arma en la mano y la mirada de quien ha visto el fin del mundo y ha decidido no parpadear, cerraba la marcha.

Min-ah bajó al final. Sus ojos buscaban desesperadamente la espalda de Ji-hoon, esperando un gesto, una duda, un rastro del hombre que la amaba. Pero él no se giró. Caminaba hacia la entrada de la cúpula de cristal con la determinación de un condenado a muerte.

—Bienvenidos a casa —dijo una voz que no venía de una persona, sino de los altavoces ocultos en la estructura.

No era la voz del abuelo. Era la voz de una inteligencia artificial programada con la cadencia de la madre de los Kang. Ji-hoon se detuvo en seco, el dolor físico de su herida palideciendo ante el asalto psicológico.

El santuario de la alta traición

Entraron en el observatorio privado. El espacio era una esfera de cristal puro que ofrecía una vista de 360 grados de la metrópolis. En el centro, no había escritorios ni guardias. Había tres pedestales de obsidiana con escáneres biométricos de última generación. Y frente a ellos, una pantalla holográfica que mostraba el rostro desfigurado del Abuelo Kang, transmitiendo desde una ubicación indetectable en alta mar.

—Mis tres joyas —dijo el abuelo, su imagen parpadeando con un brillo azulado—. El Pianista, el Heredero y la Musa. O debería decir... Ji-hoon, Tae-oh y Seo-yun.

Min-ah tembló al oír su verdadero nombre de boca de aquel monstruo.

—Detén esto, abuelo —dijo Jin, apuntando a la consola central—. Los tres están aquí. Seúl no tiene por qué arder.

—Oh, Dae-hyun, siempre tan lineal —rió el anciano—. Seúl ya está ardiendo. El mercado de valores ha abierto con una caída del 15% solo por los rumores. Pero para detener el "Invierno", necesito que validéis el Tríptico. Solo la unión de vuestras tres secuencias de ADN puede liberar el código de estabilización que yo mismo bloqueé.

El dilema del sacrificio

Ji-hoon se acercó al primer pedestal. Miró el escáner láser.

—¿Y qué pasa después? —preguntó—. ¿Nos dejas ir? ¿Nos das la bendición de este linaje maldito?

—Después —respondió el abuelo con una calma gélida—, el mundo sabrá la verdad. Sabrán que el gran salvador de la economía, el pianista Ji-hoon, y su supuesta amante, son en realidad hermanos. La vergüenza destruirá el mito. Yo recuperaré el control de las empresas a través de un fideicomiso ciego y vosotros... bueno, vosotros viviréis con el peso de vuestro pecado eterno bajo mi vigilancia. Es un precio pequeño por la salvación de la nación, ¿no crees, Ji-hoon?

Ji-hoon miró a Min-ah. Ella estaba pálida, con lágrimas silenciosas recorriendo sus mejillas. El plan del abuelo era perfecto: salvaba a Seúl de la ruina financiera, pero condenaba sus almas a una cárcel de escarnio público y horror moral.

—No lo hagas, Ji-hoon —susurró Min-ah—. Deja que todo caiga. Prefiero ser nada en una ciudad en ruinas que ser un títere en su paraíso.

Tae-oh dio un paso al frente, apartando a Ji-hoon. Sus ojos inyectados en sangre miraron al holograma.

—Él tiene razón —dijo Tae-oh, y por primera vez, su voz no tenía arrogancia—. Si validamos esto, él gana para siempre. Él es el dueño de la música, del dinero y de nuestra sangre.

Tae-oh sacó una pequeña navaja que había ocultado en su manga durante el traslado. No apuntó al abuelo, ni a Ji-hoon. Se colocó la hoja sobre la palma de su mano.

—El Tríptico necesita a los tres —dijo Tae-oh con una sonrisa macabra—. Si yo muero aquí mismo, tu sistema se bloquea para siempre. Seúl caerá, sí. Pero tú caerás con nosotros, abuelo. No tendrás nada que gobernar.

El giro de la partitura

—¡Tae-oh, no! —gritó Ji-hoon, sujetando la mano de su gemelo.

—¡Suéltame! —rugió Tae-oh—. Es lo único bueno que puedo hacer por ti. Te disparé, Ji-hoon. Arruiné la vida de la mujer que... de nuestra hermana. Déjame terminar esto.

Mientras los dos gemelos forcejeaban, Jin detectó algo en la consola secundaria. Sus dedos volaron sobre el teclado que la Secretaria Kim le había permitido usar.

—¡Esperad! El abuelo está mintiendo. El código de estabilización no es para salvar Seúl. ¡Es un comando de transferencia masiva! En el momento en que pongáis vuestras manos en esos escáneres, todos los fondos de pensiones de Corea se transferirán a sus cuentas en las Islas Caimán. ¡Él no quiere salvar la economía, quiere robarla entera y culparos a vosotros del colapso!

El Abuelo Kang soltó una carcajada que sonó como cristales rotos.

—Eres brillante, Dae-hyun. Pero es demasiado tarde. El sistema de presurización de esta sala está conectado a mi pulso cardíaco. Si no validáis en tres minutos, el oxígeno se agotará. Moriréis aquí arriba, viendo cómo vuestra ciudad se desintegra.

El acorde de la redención




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