El descenso en el ascensor de cristal de la Torre Lotte se sintió como una caída libre hacia el vacío. Las luces de Seúl pasaban a toda velocidad, una estela de neón borrosa que imitaba las lágrimas contenidas de Min-ah. A su lado, Jin y Tae-oh guardaban un silencio sepulcral. Tae-oh, el hombre que una vez caminó con la arrogancia de un dios, ahora se apoyaba contra la pared metálica, con los ojos fijos en sus manos manchadas de la sangre de Ji-hoon y de su propia desesperación.
Ji-hoon se había quedado arriba, una silueta solitaria contra el cielo de la medianoche. Sus palabras finales —«Vete, hermana»— seguían resonando en los oídos de Min-ah como el tañido de una campana fúnebre.
De pronto, un sonido agudo rompió la atmósfera cargada. El dispositivo de Dae-hyun (Jin) comenzó a vibrar con una insistencia frenética. Una barra de progreso en la pantalla alcanzó el 100% y un documento con el sello de la Clínica Maternal St. Mary de hace veintisiete años se desplegó automáticamente.
Min-ah sintió un vuelco en el estómago.
—¿Qué es eso? —preguntó, con la voz apenas en un susurro.
Jin frunció el ceño, sus ojos escaneando las líneas de datos médicos con una rapidez quirúrgica. De repente, se detuvo. Sus manos empezaron a temblar.
—El abuelo... ese maldito genio del mal —mascó Jin, su voz cargada de un odio renovado—. Nos mintió a todos. Incluso a la Secretaria Kim.
La mentira dentro de la mentira
El ascensor llegó a la planta baja con un ding metálico. Las puertas se abrieron hacia un vestíbulo vacío, custodiado por agentes de la INTERPOL. Jin arrastró a Min-ah y a Tae-oh hacia un rincón oscuro, lejos de los oídos de los oficiales.
—Mirad los registros de entrada de la clínica —dijo Jin, señalando la pantalla—. Hubo dos partos esa noche en la suite privada de los Kang. Nuestra madre dio a luz a gemelos varones: Ji-hoon y Tae-oh. No hubo una tercera niña.
Min-ah sintió que el mundo volvía a girar con una violencia insoportable.
—Pero la Secretaria Kim dijo... los análisis de ADN...
—Los análisis de ADN que Kim nos dio estaban manipulados por el servidor central del abuelo —explicó Jin, señalando una nota al pie en el nuevo documento—. Hubo una segunda mujer en la clínica esa noche. Una mujer que el abuelo trajo en secreto. Era la amante del Presidente Shin. Ella dio a luz a una niña: Seo-yun.
Tae-oh levantó la vista, la confusión luchando con una chispa de esperanza salvaje en su mirada.
—¿Entonces Min-ah no es nuestra hermana?
—Min-ah es la hija biológica del Presidente Shin —sentenció Jin—. Es tu media hermana, Tae-oh. Pero no tiene ningún parentesco de sangre con Ji-hoon. Ella es el "puente" que el abuelo creó. Al haceros creer que erais hermanos, aseguraba que Ji-hoon nunca se atrevería a reclamar su herencia completa porque viviría en la vergüenza de un amor prohibido. El abuelo no quería evitar un pecado; quería inventar uno para controlar a Ji-hoon.
El grito en el viento
Min-ah no esperó a escuchar más. Se dio la vuelta y corrió de regreso hacia los ascensores. Su corazón latía con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas. No era su hermana. No eran la misma sangre. El beso bajo la lluvia no era un pecado, era el único rastro de verdad en un mar de mentiras.
—¡Ji-hoon! —gritó al llegar de nuevo al helipuerto, donde el viento huracanado casi la derriba.
Él no estaba en el balcón. Estaba sentado al piano, con las manos sobre las teclas pero sin emitir sonido alguno. Parecía una estatua de sal. Al escuchar su voz, Ji-hoon se puso de pie bruscamente, con el rostro endurecido.
—¿Por qué has vuelto? —preguntó él, con una frialdad que ocultaba un dolor insoportable—. Te dije que te fueras. Cada segundo que pasas aquí me destruyes más.
—¡Escúchame! —Min-ah corrió hacia él y le mostró el dispositivo de Jin—. ¡No somos hermanos, Ji-hoon! El abuelo nos engañó. Yo soy una Shin, sí, la hija de la amante de su rival, pero no soy tu sangre. ¡Nuestro amor es libre!
Ji-hoon tomó el dispositivo. Sus ojos recorrieron los registros auténticos, la fe de vida de la clínica, los datos cruzados que Jin había liberado del núcleo del abuelo. El color regresó a su rostro de golpe. Soltó el dispositivo y se tambaleó, apoyándose en el piano.
—No somos... —susurró, y la palabra "libres" estalló en su mente como una sinfonía—. Min-ah...
Se lanzó hacia ella, envolviéndola en un abrazo tan desesperado que ambos cayeron de rodillas sobre el frío suelo del helipuerto. El zafiro que él le había devuelto colgaba ahora entre sus pechos, un testigo mudo de su redención. El beso que se dieron entonces no sabía a despedida, sino a un amanecer sangriento pero real.
La última carta del Abuelo
Pero la alegría fue breve. Un estruendo sordo sacudió la torre. A lo lejos, en el puerto de Busan, una columna de fuego iluminó el horizonte. El yate del Abuelo Kang acababa de explotar.
—¡Jin! —gritó Ji-hoon por el comunicador—. ¿Qué ha pasado?
—El abuelo ha activado la secuencia de autodestrucción del yate —respondió la voz de Jin, entrecortada por la estática—. Pero antes de morir, ha enviado un último comando. No es para el mercado de valores, Ji-hoon. Es para los servidores de la prensa.
En ese instante, todas las pantallas de Seúl se iluminaron con una noticia que heló la sangre de la nación. No era la verdad médica, sino la mentira que el abuelo había preparado con antelación: "El escándalo del siglo: El pianista Ji-hoon y su relación prohibida con su propia hermana".