Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 23: El amanecer de Solyra

La carretera hacia el Aeropuerto Internacional de Incheon parecía una cinta de asfalto infinito que cortaba la niebla del amanecer. En el asiento trasero del vehículo negro, el silencio entre Ji-hoon y Min-ah no era el de la tensión, sino el del agotamiento absoluto del alma. Sus manos permanecían entrelazadas, con tal fuerza que los nudillos de ambos estaban pálidos, como si el contacto físico fuera el único puente que los mantenía unidos a una realidad que se desintegraba por momentos.

Por el retrovisor, Jin observaba las luces de Seúl desvanecerse. En su regazo, la tableta electrónica seguía parpadeando con la descarga del último archivo del abuelo: el Proyecto Solyra.

—No hemos ganado, ¿verdad? —preguntó Min-ah, rompiendo el silencio. Su voz era un hilo de seda rasgado.

Ji-hoon la miró. El sol de la mañana iluminaba las facciones de ella, revelando una belleza trágica que el dolor no había logrado apagar.

—Hemos sobrevivido, Min-ah. En el mundo de los Kang, eso es lo más parecido a una victoria que existe. Pero el sacrificio de Tae-oh...

—Tae-oh eligió su propio final —interrumpió Jin con una frialdad necesaria—. No dejes que su sacrificio sea en vano volviendo la vista atrás. El abuelo está muerto, Shin-Hwa está en ruinas y tú tienes la oportunidad de desaparecer.

La paradoja de la libertad

Llegaron a una terminal privada de Incheon, lejos de los objetivos de las cámaras que ahora mismo saturaban el país con la noticia de la "confesión" de Shin Tae-oh. El viento del mar traía un aroma a salitre y a combustible de aviación.

Antes de subir al jet que los llevaría a una ubicación segura en Europa, Jin detuvo a Ji-hoon junto a la escalerilla.

—Hay algo que tienes que ver antes de irte. Algo que no pude decirte en la torre.

Jin activó la pantalla. El archivo Solyra no era un plan financiero ni una lista de sobornos. Era una serie de planos arquitectónicos y registros de una fundación benéfica con sede en Suiza, creada por su madre un mes antes de morir.

—Solyra —susurró Ji-hoon, leyendo el nombre—. "Solyra" significa "sol y lira". Era como mi madre llamaba a mi música cuando yo era niño.

—No es solo un nombre, Ji-hoon —explicó Jin—. Es un fideicomiso de protección. Tu madre sabía que el abuelo intentaría corromper tu herencia. Solyra es un fondo legalmente blindado que se activa solo cuando el linaje principal de los Kang entra en colapso total. Contiene los derechos de autor de todas tus obras, pero también el control mayoritario de las acciones de Kang-Dae que ella poseía en secreto.

Ji-hoon sintió un nudo en la garganta. Su madre no solo le había dejado un secreto de sangre; le había dejado las llaves de un reino que él nunca quiso, pero que ahora podía usar para sanar el daño causado.

—¿Y por qué me dices esto ahora? —preguntó Ji-hoon.

—Porque el abuelo no murió en ese yate para escapar —dijo Jin, bajando la voz—. Murió para forzar la activación de Solyra. Él quería que tú, el "hijo de la música", fueras el que tuviera que decidir entre salvar la empresa o dejar que miles de familias se queden en la calle. Es su última trampa: obligarte a ser el hombre de negocios que siempre odiaste.

El peso del zafiro

Min-ah se acercó, envolviéndose en su abrigo. Vio la expresión de Ji-hoon y supo que la sombra del abuelo seguía proyectándose sobre ellos, incluso desde el fondo del mar de Busan.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, tomando la mano de Ji-hoon.

—Tengo que elegir, Min-ah —respondió él, con la mirada perdida en el horizonte—. Si nos vamos ahora, Solyra quedará en manos de un consejo de administración nombrado por el Estado. La empresa se desmantelará y la música que mi madre protegió se perderá en litigios legales. Pero si nos quedamos... nunca dejaremos de ser los Kang.

Min-ah miró el collar de zafiro que Ji-hoon le había entregado. Recordó la granja, a sus padres falsos que la amaron de verdad, y la vida sencilla que tanto anhelaba. Pero también recordó el sacrificio de Tae-oh y la lealtad de Hae-jin.

—Ji-hoon —dijo ella, con una determinación que lo sorprendió—. Durante años, otros escribieron nuestra partitura. Nos dijeron quiénes éramos, a quién amar y cuándo huir. Si Solyra es tu herencia, haz que suene como tú quieras. No huyas de tu nombre. Cámbiame el significado.

Ji-hoon la atrajo hacia sí, besándola con una pasión que contenía toda la rabia y el amor de los últimos años. Seúl estaba a sus espaldas, una ciudad herida por la avaricia de sus padres, pero frente a ellos estaba la posibilidad de construir algo sobre las cenizas.

El giro en la terminal

Justo cuando se disponían a tomar una decisión, un coche de la INTERPOL frenó bruscamente frente al jet. El Inspector Choi bajó, pero no venía con esposas. Venía con un teléfono satelital en la mano.

—Presidente Kang —llamó Choi, dirigiéndose a Ji-hoon con el título que él más despreciaba—. Tenemos un problema. El yate en Busan... el cuerpo que encontramos no era el de su abuelo.

El aire pareció congelarse en los pulmones de Ji-hoon. Jin desenfundó su arma en un movimiento instintivo.

—¿Qué estás diciendo? —rugió Jin.

—Fue un señuelo de ADN —explicó Choi, con el rostro pálido—. El abuelo usó el cuerpo de uno de sus dobles. La señal de su marcapasos acaba de activarse en un hospital privado en la frontera con Corea del Norte. Pero eso no es lo peor.

Choi entregó el teléfono a Ji-hoon. En la pantalla, una transmisión en vivo mostraba el interior de una sala de seguridad. Shin Tae-oh no estaba en su celda. Estaba atado a una silla en un lugar que Ji-hoon reconoció al instante: el sótano de la mansión familiar que supuestamente ardió hace veinte años.




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