Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 24: El laberinto de cenizas

La mansión de los Kang, situada en una colina privada a las afueras de Seúl, era un esqueleto de gloria y pecado. El incendio de hace veinte años había dejado las alas superiores reducidas a carbón y recuerdos, pero el sótano y la estructura base habían sido reconstruidos en secreto, convirtiéndose en un búnker de lujo que olía a humedad, incienso y a una historia que se negaba a morir.

Ji-hoon bajó del coche oficial frente a la imponente verja de hierro. La lluvia, su eterna sombra, caía con una parsimonia cruel, empapando su camisa blanca hasta volverla una segunda piel. No llevaba armas. Solo llevaba el disco de Solyra en el bolsillo y una calma que nacía de la aceptación del sacrificio.

—Señorito Ji-hoon —susurró el Inspector Choi antes de dejarlo ir—. Mis hombres están a un kilómetro. Si en treinta minutos no recibo la señal de frecuencia, entraremos aunque tengamos que derribar la colina.

—No lo haga, Inspector —respondió Ji-hoon sin mirar atrás—. Si entran antes de tiempo, el abuelo presionará el interruptor del corazón de Tae-oh. Déjeme tocar la última nota a mi manera.

El regreso al útero de la tragedia

Al cruzar el umbral de la mansión, el tiempo pareció deformarse. Los pasillos estaban sumidos en una penumbra dorada, iluminados por velas que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes. El silencio era absoluto, roto solo por el goteo del agua que se filtraba por las grietas del techo quemado.

Ji-hoon caminó hacia la escalera de caracol que descendía al sótano. Cada escalón era un eco de su infancia: el sonido de sus pies corriendo hacia las clases de piano, el olor del perfume de su madre, el grito que nunca pudo olvidar la noche del fuego.

Al llegar al final, se encontró en una sala circular de mármol negro. En el centro, bajo un reflector que caía como una guillotina de luz, estaba Shin Tae-oh. Estaba atado a una silla de metal, con el rostro ensangrentado y la mirada perdida. Sobre su pecho, un dispositivo electrónico parpadeaba con una luz roja constante, sincronizado con el ritmo de su vida.

—Has llegado, pianista —la voz del Abuelo Kang surgió de la oscuridad, resonando con una vitalidad depredadora.

El anciano apareció desde las sombras, sentado en una silla de ruedas motorizada, pero con el bastón de plata cruzado sobre su regazo. Su rostro, marcado por las nuevas quemaduras del yate, lo hacía parecer una gárgola de pesadilla.

—Suéltalo, abuelo —dijo Ji-hoon, su voz clara y firme—. Tienes a Solyra. Tienes al heredero legítimo frente a ti. Deja que el error del linaje se vaya.

La paradoja del espejo

El abuelo soltó una risa seca, un sonido que recordaba al roce de dos huesos.

—¿Error? Tae-oh no es un error, Ji-hoon. Es el reflejo de lo que tú podrías haber sido si hubieras tenido el valor de aceptar tu oscuridad. Él es el guerrero que construí; tú eres el poeta que no pude quebrar. Pero para que el imperio Solyra funcione, necesito la unión de ambos: el miedo que él inspira y la esperanza que tú representas.

Ji-hoon se acercó a Tae-oh. El gemelo levantó la vista. Al ver a su hermano, una chispa de humanidad regresó a sus ojos.

—Vete... —logró articular Tae-oh con los labios hinchados—. Él... él solo quiere que veas cómo muero. Es su... gran final.

—Nadie va a morir hoy —dijo Ji-hoon, colocando su mano sobre el hombro de Tae-oh. El contacto eléctrico de los dos hermanos, los dos fragmentos de un mismo espejo, pareció estabilizar la frecuencia del dispositivo en el pecho de Tae-oh.

El sacrificio de la melodía

Ji-hoon sacó el disco de Solyra y lo sostuvo frente a los ojos del abuelo.

—Aquí está el control de Kang-Dae. Aquí están las acciones que mi madre protegió. Pero el sistema tiene un seguro biométrico final. Solo se activa si el usuario interpreta la "Sinfonía del Sol" en el piano original de mi madre.

El abuelo señaló hacia un rincón de la sala, donde el piano de marfil que Ji-hoon creía haber dejado en Jeju estaba instalado. El anciano lo había trasladado en tiempo récord.

—Tócala —ordenó el abuelo—. Valida Solyra y te daré el código de desactivación del corazón de tu hermano.

Ji-hoon se sentó frente al instrumento. Sus dedos estaban fríos, entumecidos por la lluvia y el miedo, pero al rozar las teclas de marfil, sintió la presencia de su madre. La música empezó a brotar, una melodía tan pura y dolorosa que parecía que el aire mismo se estaba partiendo.

Mientras tocaba, Ji-hoon activó mentalmente el comando que Jin le había enseñado. Cada nota no solo validaba el sistema; estaba enviando una señal de audio de baja frecuencia al dispositivo de Tae-oh. Ji-hoon no estaba tocando para el abuelo; estaba tocando para desarmar la bomba.

El giro de la ceniza

De repente, una figura apareció en la entrada del sótano. No era la policía. Era Min-ah.

—¡No lo hagas, Ji-hoon! —gritó ella, con la respiración entrecortada.

Había burlado el cerco del Inspector Choi. No podía dejar que él enfrentara esto solo. Al verla, el abuelo sonrió con una maldad renovada.

—¡Ah, la tercera pieza! —exclamó el anciano—. La pequeña Seo-yun. El puente de sangre. Qué oportuno. Ji-hoon, si dejas de tocar, o si intentas cualquier truco con la frecuencia, mi dedo presionará el detonador manual. Y esta vez, no solo morirá Tae-oh. Ella será la primera en arder.

Ji-hoon no dejó de tocar, pero sus manos empezaron a sangrar por el esfuerzo de mantener la técnica mientras su alma se desgarraba. Miró a Min-ah. Sus ojos se encontraron en medio de la sinfonía, y en ese contacto visual, Ji-hoon le envió un mensaje silencioso: «Confía en el silencio».




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