Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 25: El eco de la Lira

Las sirenas de los servicios de emergencia eran un lamento lejano que se perdía en la inmensidad de la noche. Tras la explosión en la mansión Kang, el aire en la colina se había vuelto denso, cargado con el olor agrio del azufre y la madera calcinada. Ji-hoon permanecía arrodillado sobre la hierba húmeda, sosteniendo a Min-ah contra su pecho como si fuera el único ancla en un mundo que acababa de saltar por los aires.

A unos metros, Jin observaba las ruinas humeantes. Su rostro, iluminado por los últimos rescoldos del incendio, era una máscara de absoluta desolación. Había recuperado a un hermano para perder a otro en el mismo suspiro. Tae-oh, el gemelo que fue criado para ser un monstruo, había elegido morir como un hombre, llevándose consigo al Abuelo Kang al abismo de las sombras.

Sin embargo, el objeto que Ji-hoon sostenía en su mano derecha —el colgante de plata rescatado del sótano— pesaba más que todo el escombro de la mansión.

—«La sombra de la Lira» —susurró Ji-hoon, con la voz rota—. Jin, el abuelo... él no era el final. Él era un ejecutor.

Min-ah se separó ligeramente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Su mirada se clavó en la inscripción del colgante.

—¿Quién podría estar por encima de un hombre que controlaba medio país? —preguntó ella, con un escalofrío recorriéndole la columna—. Ji-hoon, esto no tiene fin. Es un laberinto sin salida.

La revelación del archivo oculto

Regresaron a la casa de seguridad de la INTERPOL al despuntar el alba. El agotamiento físico era extremo, pero la adrenalina de la sospecha mantenía a los tres en pie. Jin conectó el colgante a su equipo de análisis. No era solo una joya; la base del relicario ocultaba un puerto de datos microscópico que utilizaba tecnología de transmisión por pulsos, algo que ni siquiera el sistema Solyra había detectado.

—El abuelo era un narcisista —dijo Jin mientras las líneas de código aparecían en pantalla—. Pero este sistema es diferente. Es europeo. Alemán, para ser exactos.

Ji-hoon sintió que la sangre se le congelaba. Berlín. La ciudad donde pasó sus años de exilio, la ciudad donde creía haber encontrado la paz lejos de Seúl.

—Mira esto —continuó Jin, proyectando un organigrama en la pared—. El Grupo Kang-Dae y el Grupo Shin-Hwa no eran potencias independientes. Eran subsidiarias de un conglomerado llamado "Lyra International".

—¿Lyra? —Min-ah frunció el ceño—. Como la constelación.

—Y como el instrumento —añadió Ji-hoon, acercándose a la proyección—. Mi madre era una virtuosa de la lira antes de dedicarse al piano. Su nombre artístico en Europa era precisamente ese: Lira.

El fantasma de Berlín

El archivo se abrió, revelando una serie de transferencias bancarias que databan de hace treinta años. El beneficiario original de la fortuna de los Kang no era el abuelo, sino un fideicomiso gestionado por una mujer cuya identidad había sido borrada de todos los registros coreanos.

Jin utilizó un algoritmo de restauración de imagen sobre una fotografía adjunta al archivo. La imagen, borrosa al principio, se fue enfocando hasta mostrar a una mujer joven, de una belleza etérea, sentada en un jardín de camelias en Jeju. Pero no era la madre de Ji-hoon.

Era su hermana gemela. Una mujer que oficialmente nunca existió. La Tía Elena.

—Mi madre me habló de ella una vez —dijo Ji-hoon, con los ojos fijos en la pantalla—. Dijo que Elena se había ido a Alemania después de una pelea violenta con el abuelo. Se suponía que había muerto en un accidente de coche en la Selva Negra.

—Pues parece que "Elena" es la directora de orquesta de todo este drama —sentenció Jin—. Ella financió la reconstrucción de la mansión. Ella le dio al abuelo la tecnología para el Tríptico de Neón. Ella... ella ha estado jugando con nosotros desde Berlín, Ji-hoon.

El giro de la medianoche

Mientras procesaban la información, el Inspector Choi entró en la sala. Su rostro estaba pálido y sostenía un informe oficial de la morgue.

—Tengo noticias sobre el ADN recuperado en la mansión —dijo Choi, evitando la mirada de Ji-hoon.

—¿Es Tae-oh? —preguntó Min-ah, con el corazón en un puño.

—Hemos encontrado restos óseos que coinciden con el perfil del Abuelo Kang —explicó Choi—. Pero los restos que supuestamente pertenecen a Shin Tae-oh... hay un problema. La estructura ósea y los registros dentales no coinciden con los de un hombre de veintisiete años.

Ji-hoon se puso de pie, derribando la silla.

—¿Qué estás diciendo, Choi?

—Los restos pertenecen a un hombre mucho mayor —respondió el inspector—. Ji-hoon... la explosión fue una distracción. Tae-oh no estaba en esa silla cuando la mansión voló. Alguien lo sacó por un túnel secundario segundos antes de la detonación.

Un silencio sepulcral inundó la habitación. Si Tae-oh no había muerto, la "redención" del muelle era otra pieza de un teatro mayor. Y si Tae-oh estaba vivo, estaba en manos de "La Lira".

La última promesa

Min-ah tomó la mano de Ji-hoon. Podía sentir el temblor de su rabia y de su miedo.

—Tenemos que ir a Berlín —dijo ella, con una firmeza que no admitía réplica.

—Es una trampa, Min-ah —respondió Ji-hoon—. Si Elena nos atrae allí, es porque quiere completar el Tríptico de forma presencial. Ella no quiere el dinero; quiere el control de la sangre.

—Entonces le daremos lo que quiere —dijo Jin, cargando su arma con un clic metálico que sonó como un veredicto—. Pero esta vez, el piano de Ji-hoon no será la única música que escuche.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.