Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 26: El preludio de la escarcha

El asfalto del aeropuerto de Incheon brillaba bajo una llovizna persistente que parecía querer lavar, sin éxito, las cenizas de la mansión Kang. Eran las tres de la mañana, la hora en que los secretos de Seúl suelen pesar más que sus rascacielos. Ji-hoon observaba a través de la cristalina de la terminal privada el jet que los llevaría de regreso al epicentro de su exilio: Berlín.

Sus manos, aquellas que habían arrancado verdades al marfil y a la sangre, temblaban imperceptiblemente dentro de los bolsillos de su abrigo negro. A su lado, Min-ah era una estatua de determinación pálida. Llevaba puesto el collar de zafiro, no como una joya, sino como un recordatorio de que su identidad era un campo de batalla.

—¿Sientes eso? —susurró Min-ah, rompiendo el silencio que los envolvía.

—¿El frío? —respondió Ji-hoon sin mirarla.

—No. La sensación de que estamos regresando a una jaula que nosotros mismos ayudamos a construir.

Ji-hoon se giró hacia ella. Sus ojos, antes llenos de la melancolía de un músico, ahora poseían la dureza de un estratega.

—Esta vez, Min-ah, nosotros tenemos la llave.

El peso del tercer hombre

Jin (Dae-hyun) apareció entre las sombras de la terminal, escoltado por dos agentes de la INTERPOL de absoluta confianza. En su mano sostenía una tableta con el manifiesto de carga del vuelo. Su rostro estaba más rígido que de costumbre; el informe sobre la desaparición del cuerpo de Tae-oh le había arrebatado el poco sueño que le quedaba.

—He rastreado la señal del marcapasos de Tae-oh —dijo Jin, bajando la voz—. Se apagó sobre el Mar de China Oriental hace dos horas. No fue un fallo técnico, Ji-hoon. Fue una extracción quirúrgica. Quienquiera que lo tenga, sabe cómo silenciar la tecnología de Solyra.

—La Tía Elena —mascó Ji-hoon—. Ella no quiere un cadáver; quiere un símbolo. Si Tae-oh está vivo, es porque ella necesita que el Tríptico de Neón sea una realidad física ante la junta de Lyra International.

—¿Y por qué nosotros? —preguntó Min-ah—. Si ya tiene a Tae-oh y tiene los códigos de la empresa...

—Porque yo soy el único que puede validar el testamento holográfico de mi madre —respondió Ji-hoon—. Ella dejó una huella vocal en la partitura original de Berlín. Sin mi voz y mis manos sobre ese piano específico, Solyra es solo un montón de números muertos.

La travesía hacia el pasado

El vuelo sobre la estepa siberiana fue un túnel de sombras. Dentro de la cabina del jet, el lujo se sentía asfixiante. Ji-hoon intentó dormir, pero cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Tae-oh en el sótano de la mansión, esa última mirada de paz que ahora sabía que era una mentira orquestada.

Se levantó y caminó hacia la parte trasera del avión, donde Jin revisaba un mapa digital de la capital alemana.

—¿Dónde nos alojaremos? —preguntó Ji-hoon.

—En un piso franco de la INTERPOL cerca de Savignyplatz —respondió Jin sin apartar la vista de la pantalla—. Pero he detectado actividad sospechosa en tus antiguas cuentas bancarias de Berlín. Alguien ha estado pagando el alquiler de tu viejo estudio de música durante los últimos dos años.

Ji-hoon sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Yo dejé de pagar ese alquiler el día que regresé a Seúl. Pensé que el casero lo habría vaciado.

—Alguien quería que tus fantasmas estuvieran cómodos, Ji-hoon. Alguien sabía que volverías.

Berlín: La ciudad de las cicatrices

Aterrizaron en el aeropuerto de Berlín-Brandeburgo bajo un cielo de acero que escupía una nieve fina y cortante. El contraste con la humedad de Seúl era absoluto. Berlín olía a carbón, a historia y a un peligro mucho más sofisticado que el de los clanes coreanos. Aquí, la traición no gritaba; susurraba en alemán y se vestía de seda.

Un coche blindado los llevó a través de la ciudad. Al pasar cerca de la Filarmónica, Ji-hoon vio los carteles de la temporada. Su nombre no estaba allí, pero el logotipo de Lyra International dominaba los patrocinios como una marca de propiedad.

—Estamos en su territorio —dijo Min-ah, tomando la mano de Ji-hoon. Sus dedos estaban entrelazados con tal fuerza que parecían una sola pieza—. No me sueltes, Ji-hoon. No importa lo que veas.

—Nunca —prometió él.

El encuentro en el estudio olvidado

A pesar de las advertencias de Jin, Ji-hoon insistió en visitar su antiguo estudio antes de la reunión con la junta de Lyra. Había algo en ese lugar, una pieza del rompecabezas que su memoria se negaba a entregar.

Subieron las escaleras crujientes de un viejo edificio en Charlottenburg. Al abrir la puerta con la llave que el casero —un hombre con ojos de terror— le entregó, el aroma de la resina de piano y el papel viejo lo golpeó.

El estudio estaba impecable. Como si Ji-hoon hubiera salido a comprar café hace cinco minutos. Sobre el piano de cola, el mismo que usó para componer sus primeras obras de exilio, había una partitura nueva.

No era suya. Era una composición titulada "La danza de los gemelos".

Ji-hoon se acercó al teclado con una fascinación hipnótica. Empezó a leer las notas. Eran agresivas, llenas de saltos imposibles y una rabia contenida que solo una persona podría haber escrito.

—Tae-oh... —susurró Ji-hoon.

—Él estuvo aquí —dijo Min-ah, señalando una ceniza de cigarrillo aún fresca en un cenicero de cristal—. No hace años, Ji-hoon. Hace horas.




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