Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 27: La sonata del traidor

La noche berlinesa no era como la de Seúl. En Seúl, la lluvia era un velo que lo cubría todo con una melancolía húmeda; en Berlín, la nieve era un polvo de cristal que cortaba la piel y silenciaba los pasos. Dentro del estudio de Charlottenburg, el eco de la llamada de la Tía Elena todavía vibraba en las paredes, mezclándose con el olor a papel viejo y el frío que emanaba del piano de marfil.

Ji-hoon permanecía de pie, con la mano aún sobre el auricular del teléfono antiguo. Sus ojos estaban fijos en la partitura de Tae-oh, ese "Dueto de Gemelos" que era más una declaración de guerra que una pieza musical.

—Ella no solo lo tiene —susurró Ji-hoon, su voz apenas audible sobre el viento que golpeaba las ventanas—. Lo ha roto. Ha terminado de convertirlo en el arma que nuestro abuelo no pudo completar.

Min-ah se acercó a él, rodeándole la cintura con los brazos. Podía sentir la rigidez de sus músculos, la tensión de una cuerda de piano a punto de saltar.

—Tae-oh te envió un mensaje en esa música, Ji-hoon. "Solyra es un asesino". Si él estuviera totalmente bajo su control, no te habría advertido.

—O tal vez es parte del juego —intervino Jin desde la puerta, con su arma todavía en la mano y la mirada barriendo el callejón desde detrás de la cortina—. En el mundo de Elena, la advertencia es el primer paso de la ejecución. Nos da esperanza para que bajemos la guardia.

La estrategia de la Filarmónica

Jin desplegó sobre el piano un mapa holográfico de la Filarmónica de Berlín. El edificio, con su arquitectura vanguardista y sus formas asimétricas, era una fortaleza cultural.

—El concierto de mañana no es público —explicó Jin—. Es la gala anual de Lyra International. La élite financiera de Europa y Asia estará allí. El escenario central es un círculo perfecto. Elena estará en el palco de honor, la "Silla de la Lira". Ji-hoon, si subes a ese escenario, estarás expuesto desde todos los ángulos.

—Es el único lugar donde puedo activar el protocolo de cancelación —respondió Ji-hoon, señalando el pedestal del piano de cola del auditorio—. Mi madre instaló un receptor de frecuencia acústica en la estructura de la Filarmónica cuando financió la reforma en los 90. Solo una nota específica, tocada con la intensidad de Solyra pero en una octava invertida, puede colapsar el sistema de chantaje de Elena sin destruir la economía de Seúl.

—¿Y qué pasa con Tae-oh? —preguntó Min-ah—. Si activas eso, Elena sabrá que la has traicionado en el primer compás.

Ji-hoon miró el zafiro que colgaba del cuello de Min-ah.

—Tae-oh estará en el escenario conmigo. Ella quiere el "Dueto de los Gemelos". Quiere que el mundo vea a los dos herederos de los Kang unidos bajo su batuta. Ese será nuestro único momento.

Un refugio en la escarcha

A las tres de la mañana, Jin los trasladó a un pequeño hotel boutique escondido en las calles laterales de Mitte. Necesitaban descansar, aunque el sueño fuera un lujo inalcanzable.

Ji-hoon y Min-ah se sentaron en el borde de la cama, frente a un gran ventanal que mostraba los copos de nieve cayendo sobre el Tiergarten. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor amarillento de las farolas de la calle.

—Tengo miedo de que mañana sea la última vez que te vea —confesó Min-ah, tomando las manos de Ji-hoon entre las suyas. Sus dedos, antes siempre cálidos, estaban gélidos—. Siento que Elena nos ha traído aquí para cerrar el libro.

Ji-hoon la atrajo hacia sí, besando su frente con una ternura que le rompió el alma.

—Nuestra historia no es un libro, Min-ah. Es una canción. Y las canciones nunca mueren, solo cambian de intérprete. Pero te prometo algo: no dejaré que ella te toque. Si Solyra tiene que arder para que tú seas libre, le prenderé fuego yo mismo.

—No quiero ser libre si tú no estás —sollozó ella, hundiéndose en su pecho—. No me pidas que vuelva a esa granja. No me pidas que olvide Seúl.

Ji-hoon la besó, un beso que sabía a despedida y a una desesperada esperanza. En ese momento, en esa habitación de Berlín, no eran los herederos de un imperio ensangrentado; eran solo dos almas buscando refugio antes de la tormenta final.

La Sombra de la Lira

Mientras ellos buscaban consuelo, en una villa minimalista a las afueras de Potsdam, la Tía Elena observaba a través de una pared de cristal. A su lado, Shin Tae-oh permanecía sentado en un sillón de cuero, con el rostro parcialmente oculto por las sombras. Su mirada estaba perdida en el fuego de la chimenea.

—¿Estás listo, querido? —preguntó Elena, acariciando el cabello de Tae-oh con una mano enjoyada.

Tae-oh no se movió. Su respiración era lenta, pesada.

—Él vendrá. Ji-hoon siempre viene cuando cree que puede salvar a alguien. Es su mayor defecto.

—Es su mayor virtud —corrigió Elena con una sonrisa de depredador—. Y es lo que nos permitirá unir las piezas. Cuando él toque la nota de Solyra y tú actives el interruptor en el piano, el mundo por fin entenderá que los Kang no son músicos... son dueños.

Tae-oh apretó los puños. En su manga, oculto bajo el traje de etiqueta que Elena le había obligado a vestir, el pequeño dispositivo que Ji-hoon le había dado en el sótano de la mansión —el que supuestamente se había destruido— emitió una vibración casi imperceptible.

Tae-oh no estaba roto. Estaba esperando.

El Día del Juicio

El sol de Berlín salió como una moneda de cobre sobre un cielo de plomo. La Filarmónica estaba rodeada de una seguridad privada que hacía que el servicio secreto pareciera amateur. Coches blindados llegaban uno tras otro, dejando a hombres y mujeres que movían los hilos de continentes enteros.




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