El coche blindado derrapaba sobre la nieve virgen del puente de Glienicke, el legendario "Puente de los Espías". Dentro, el aire se había vuelto irrespirable. La imagen del hombre en la pantalla —aquel cuarto rostro, aquella voz que era un eco perfecto de la de Ji-hoon pero despojada de humanidad— flotaba en la penumbra de la cabina como una sentencia de muerte.
Min-ah se llevó las manos al cuello, sintiendo el zafiro quemar contra su piel. El código QR microscópico, revelado por la luz lunar berlinesa, parpadeaba sobre su pecho como un faro maldito.
—Un cuarto hermano... —susurró Jin, cuyas manos apenas podían sostener el volante—. Nuestra madre... ella nunca mencionó un cuarto hijo. Los registros de la clínica, el Tríptico... todo apuntaba a tres.
—Porque él no nació en la clínica —dijo Ji-hoon, su voz saliendo desde un lugar oscuro y profundo—. Él nació en el exilio. Él es la razón por la que mi madre huyó a Berlín la primera vez.
La sombra del primogénito
Ji-hoon tomó el dispositivo de Jin y forzó la detención de la imagen. El hombre en el video, el que se hacía llamar el "Primer Hijo", poseía una serenidad que solo se adquiere cuando se ha observado el caos desde una distancia segura durante décadas.
—Se llama Lucian —dijo Ji-hoon, y el nombre sonó a una nota prohibida—. Mi madre dejó una carta en el piano de marfil de Jeju que yo no me atreví a leer completa. Decía que el primer fruto de su amor con el músico europeo fue arrebatado por la Tía Elena antes de que el abuelo supiera de su existencia. Elena lo crió en las sombras de Lyra International para que fuera el arma definitiva.
—Él es el arquitecto —mascó Jin, frenando el coche en un callejón oculto tras la Iglesia del Recuerdo—. La Tía Elena no era la jefa. Ella era su tutora. Tae-oh, tú, yo... todos hemos sido piezas de ajedrez en un tablero que Lucian diseñó para heredar el mundo sin dejar una sola huella dactilar.
Min-ah sintió un escalofrío.
—Si él tiene el control ahora... ¿qué pasa con Tae-oh? Se quedó en la Filarmónica creyendo que luchaba contra Elena.
El sacrificio de la Filarmónica
Mientras tanto, en el corazón de la Filarmónica de Berlín, el humo de la explosión electromagnética se disipaba. Shin Tae-oh estaba de pie sobre el escenario, rodeado de escombros y de la élite de Lyra que huía despavorida. Frente a él, la Tía Elena lloraba de rabia, viendo cómo sus servidores se borraban.
—¡Has destruido el trabajo de una vida! —gritó Elena, con el rostro desencajado—. ¡Él no te perdonará, Tae-oh!
—No busco perdón —respondió Tae-oh, caminando hacia ella con una calma gélida—. Busco el final.
Pero antes de que Tae-oh pudiera acercarse más, las puertas de seguridad del escenario se abrieron con un siseo hidráulico. No entró la policía alemana. Entraron hombres vestidos con uniformes tácticos grises, sin insignias, con movimientos de una precisión robótica.
Al frente de ellos, caminando sobre la alfombra roja con una elegancia aterradora, estaba Lucian.
Tae-oh se quedó paralizado. Al ver el rostro de aquel hombre, sintió que un espejo se rompía en su mente. Era ver a Ji-hoon, pero con los ojos de un tiburón.
—Buen trabajo, pequeño hermano —dijo Lucian, su voz llenando el auditorio vacío—. Has eliminado a la tía Elena por mí. Era demasiado ruidosa, demasiado... emocional. El "Invierno de Seúl" necesitaba un toque más sofisticado.
—¿Quién eres? —rugió Tae-oh, levantando su arma.
Lucian ni siquiera parpadeó.
—Soy el final de tu partitura.
Con un movimiento casi invisible, uno de los soldados de Lucian disparó un dardo tranquilizante al cuello de Tae-oh. El gemelo de Ji-hoon cayó de rodillas, luchando por mantener los ojos abiertos, viendo cómo Lucian se acercaba y le quitaba el dispositivo de pulso.
—Duerme, Tae-oh. Mañana, cuando despiertes en Seúl, serás el héroe que salvó a la ciudad... y el mártir que me entregará su corona.
La marca del zafiro
De vuelta en el coche, Jin logró escanear el código QR del zafiro de Min-ah. Lo que apareció en la pantalla no fue una cuenta bancaria, sino una clave de activación para una red de satélites privada.
—No es un zafiro —dijo Jin, con la voz temblorosa—. Es una llave de hardware. Min-ah, tú llevas el control de la red de comunicaciones de Lyra. Lucian te necesita para que su mensaje llegue a cada televisor y smartphone de Corea simultáneamente.
Ji-hoon tomó el rostro de Min-ah entre sus manos. El miedo en los ojos de ella le partía el alma, pero sabía que ya no podían huir. Berlín era una trampa, pero Seúl era el matadero.
—Min-ah, mírame —pidió Ji-hoon—. Él cree que eres una pieza. Pero olvidó que una pieza puede cambiar el juego si se mueve en la dirección correcta. El zafiro... mi madre me dijo que siempre debía protegerlo. Ahora entiendo por qué. No es para que él lo use. Es para que nosotros lo destruyamos en el momento justo.
—¿Destruirlo? —Min-ah soltó un sollozo—. Si lo hacemos, las comunicaciones de Seúl colapsarán. El caos será total.
—Es preferible el caos a la dictadura de un fantasma —sentenció Ji-hoon—. Jin, ¿cuánto tiempo tenemos antes de que nos rastreen?
—Diez minutos. El helicóptero de la INTERPOL nos espera en el Teufelsberg. Tenemos que volar a Seúl ahora. Lucian ya está en el aire con Tae-oh.
Vuelo al epicentro del dolor
El viaje de regreso a Seúl fue un descenso a los infiernos. Ji-hoon no durmió. Pasó las doce horas de vuelo frente al teclado de su ordenador, componiendo no una canción, sino un código de interferencia acústica.