Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 30: El réquiem del neón

La Plaza del Ayuntamiento de Seúl era un mar de paraguas negros bajo una lluvia que caía con la fuerza de una sentencia. El aire estaba saturado de una electricidad estática, esa tensión previa a las catástrofes que solo los habitantes de la metrópoli saben reconocer. Las pantallas gigantes, que habitualmente proyectaban anuncios de cosméticos y tecnología, ahora mostraban un único rostro: Shin Tae-oh. Pero sus ojos, habitualmente cargados de una arrogancia eléctrica, estaban vacíos, reflejando el brillo gélido de las luces de estudio.

Sentado tras un escritorio de roble en el gran salón del Ayuntamiento, Tae-oh sostenía una pluma estilográfica sobre el documento de la Ley Solyra. A su lado, apenas visible en las sombras de la transmisión, la silueta de Lucian vigilaba como un titiritero que se deleita en la perfección de sus hilos.

—Un minuto para la firma —susurró la Secretaria Kim desde el asiento del copiloto del coche de Jin. Sus dedos apretaban el volante con tal fuerza que los nudillos parecían querer perforar la piel—. Si esa pluma toca el papel, el zafiro de Min-ah se activará remotamente mediante la red de satélites que Lucian ha hackeado. Seúl dejará de pertenecer a los ciudadanos.

Ji-hoon se ajustó el abrigo. En su muñeca, el collar de zafiro de Min-ah latía con una luz azul cobalto, sincronizada con el pulso de su propio corazón. Miró a Min-ah, que permanecía en el asiento trasero, pálida pero con una resolución que le devolvía el aliento.

—No dejes que te vea —le pidió Ji-hoon—. Si Lucian sabe que estás aquí, usará la red para bloquear el perímetro. Jin, ¿estás listo?

Jin asintió, activando el inhibidor de señal de corto alcance.

—Tienes diez minutos antes de que sus sistemas de seguridad detecten la anomalía. Una vez que empieces a tocar, el sonido será tu única defensa.

El piano de la lluvia

Ji-hoon bajó del coche. La lluvia lo empapó al instante, pero él no la sintió. Caminó a través de la multitud, que se abría a su paso como si reconocieran la carga de tragedia que arrastraba. En el centro de la plaza, sobre una tarima de cristal diseñada para eventos culturales, descansaba el "Piano de la Paz", un Steinway de cola blanca que parecía un cisne moribundo bajo la tormenta.

Se sentó. El frío del marfil penetró en sus dedos, recordándole cada cicatriz, cada nota fallida y cada promesa rota. Levantó la vista hacia la pantalla gigante. Tae-oh estaba a punto de firmar.

Ji-hoon dejó caer sus manos sobre las teclas.

No fue una melodía suave. Fue un acorde de Do menor sostenido, ejecutado con tal violencia que el sonido reverberó en las paredes de los rascacielos circundantes, compitiendo con el rugido de los truenos.

En la pantalla, la mano de Tae-oh se detuvo. Sus ojos vacíos parpadearon. El sonido del piano de Ji-hoon estaba siendo transmitido por la Secretaria Kim directamente a la frecuencia de los auriculares de cancelación de ruido que Tae-oh llevaba ocultos.

El duelo de los dos mundos

Ji-hoon empezó a tocar la pieza que su madre le enseñó antes del incendio. Una melodía que hablaba de dos hermanos separados por el fuego, un hilo de esperanza tejido en el infierno.

—Despierta, Tae-oh —parecía decir cada nota—. Recuerda quién eres. No eres el heredero de Shin, no eres el peón de Lucian. Eres mi sangre.

En el interior del Ayuntamiento, Lucian frunció el ceño. Se acercó a Tae-oh y le puso una mano en el hombro, apretando con una fuerza amenazante.

—Firma, Tae-oh. Ignora el ruido. El mundo nos pertenece.

Pero Tae-oh empezó a temblar. El código de interferencia acústica que Ji-hoon había compuesto en el avión estaba haciendo efecto. Estaba rompiendo la sugestión neuroquímica a la que Lucian lo tenía sometido. En su mente, las notas de Ji-hoon actuaban como descargas eléctricas, reconstruyendo los espejos rotos de su memoria.

En la plaza, la multitud guardaba un silencio sepulcral. Solo se escuchaba el piano y la lluvia. Min-ah bajó del coche, incapaz de quedarse atrás. Se colocó al borde de la tarima, bajo el paraguas que Jin sostenía, y su mirada se encontró con la de Ji-hoon. En ese instante, él tocó la nota más alta, la nota de Solyra, pero la invirtió.

La caída del velo

El zafiro en la muñeca de Ji-hoon estalló en una luz cegadora. La señal de satélite, en lugar de validar la ley, recibió un comando de purga masiva. En todas las pantallas de Seúl, la imagen de Tae-oh desapareció, siendo reemplazada por los archivos de audio de las conversaciones de Lucian con la Tía Elena, revelando el complot del primogénito.

—¡Maldito seas, Ji-hoon! —la voz de Lucian resonó por los altavoces de la plaza, llena de una furia que por fin revelaba su humanidad corrompida.

La transmisión se cortó, pero antes de que los guardias de seguridad pudieran alcanzar a Ji-hoon, la puerta principal del Ayuntamiento se abrió de par en par. Shin Tae-oh salió al balcón, con la pluma rota en su mano y el rostro bañado en lágrimas y lluvia.

—¡Seúl no está a la venta! —gritó Tae-oh, su voz quebrada pero recuperada.

Debajo del balcón, Lucian apareció entre las sombras de las columnas. Sostenía un arma, apuntando directamente al corazón de su hermano gemelo.

—Si no puedo gobernar sobre un imperio, gobernaré sobre vuestras tumbas —dijo Lucian.

El sacrificio del tercer hermano

Ji-hoon dejó de tocar y saltó de la tarima, corriendo hacia el Ayuntamiento. Pero Jin fue más rápido. Se interpuso en la línea de fuego de Lucian, disparando su propia arma. El estruendo de los disparos se confundió con un trueno masivo.




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