Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 35: El Réquiem de los Dedos de Cristal

El invierno de Berlín no pedía permiso; se filtraba a través de las grietas de la ropa y del alma con la misma indiferencia con la que el tiempo borraba las huellas sobre la nieve sucia de la Alexanderplatz. Ji-hoon caminaba con los hombros hundidos, envuelto en un abrigo de lana que le quedaba grande, una metáfora física de la vida que ahora le tocaba habitar. Sus manos, aquellas que habían sido capaces de domesticar la furia de Rachmaninoff y la melancolía de Chopin, descansaban inertes en sus bolsillos, envueltas en seda para proteger unas cicatrices que no eran solo cutáneas, sino nerviosas.

A su lado, Min-ah empujaba el carrito doble donde los gemelos, ajenos a la caída de los dioses y al colapso de imperios, dormían profundamente. Ella lo observaba de reojo, con ese amor que duele porque sabe a sacrificio. La Secretaria Kim caminaba unos pasos por detrás, con la mirada de un centinela que ha perdido su puesto pero se niega a abandonar la guardia. Se habían refugiado en un pequeño apartamento en el barrio de Neukölln, un lugar donde el lujo de Seúl era un recuerdo tan lejano que parecía pertenecer a otra reencarnación.

—Ji-hoon —llamó Min-ah suavemente, su aliento formando una pequeña nube de vaho—. El médico de la clínica Charité dijo que hay terapias nuevas. En Suiza...

—Suiza es otro búnker, Min-ah —la interrumpió él, sin amargura, pero con una finalidad que le heló la sangre—. Ya no hay más música para mí. Lo acepté en el momento en que golpeé ese último acorde en el conservatorio. No me pidas que busque un milagro cuando ya gastamos el último que teníamos en salvar a estos niños.

La Sombra en el Espejo

Esa noche, mientras la nieve golpeaba con rítmica insistencia los cristales del apartamento, Ji-hoon se levantó de la cama. Sus movimientos eran lentos, casi coreografiados por el dolor residual. Se dirigió al pequeño salón donde, por una ironía del destino o un descuido del arrendador, descansaba un piano vertical de madera descolorida.

Se sentó frente a él. La penumbra solo permitía ver el perfil de sus manos, que temblaban ligeramente al salir de los bolsillos. Intentó posar el dedo índice sobre el Do central. Sus nervios, esos hilos de plata que antes conectaban su cerebro con la eternidad, enviaron una señal de estática. El dedo no se movió. Era como intentar tocar el cielo con una mano de piedra.

Un sollozo seco, contenido durante semanas, escapó de su garganta. No era el dolor físico lo que lo mataba; era el silencio ensordecedor de su propio propósito.

—¿Ji-hoon?

Min-ah estaba en el umbral de la puerta, envuelta en una manta. No encendió la luz. Sabía que la oscuridad era el único velo que le permitía a Ji-hoon conservar su dignidad. Se acercó y se sentó a su lado en el estrecho banco.

—Si tú no puedes tocar —susurró ella, tomando sus manos inertes entre las suyas—, yo seré tus manos. Enséñame la melodía que tienes en la cabeza. La que compusiste para ellos.

—Es demasiado compleja para alguien que no ha practicado en años, Min-ah —dijo él, sonriendo con una tristeza infinita.

—Entonces toquemos algo simple. Algo que no necesite técnica, solo memoria.

Ella colocó sus manos sobre las teclas y él, apoyando sus muñecas sobre las de ella, empezó a guiar el movimiento con el peso de sus brazos. No era música profesional; era un balbuceo de madera y cuerda. Pero en ese momento, bajo la nieve de Berlín, Ji-hoon comprendió que la Lira no era un objeto ni una frecuencia: era el vínculo.

El Giro de la Estática

La paz fue interrumpida por un sonido que ninguno de los dos esperaba: el zumbido de una tableta electrónica que la Secretaria Kim había configurado para monitorear las frecuencias residuales de la red Solyra. Kim entró en la sala con el rostro pálido, la luz del dispositivo iluminando sus facciones endurecidas.

—Ha vuelto a suceder —dijo Kim, su voz vibrando con una urgencia eléctrica—. En Seúl.

Ji-hoon se puso en pie, olvidando su debilidad. —¿Qué ha vuelto a suceder? Mi madre está muerta. El sistema se colapsó.

—La red central murió, sí —explicó Kim, mostrando un gráfico de picos de frecuencia que bailaban en la pantalla—. Pero la Fundación Lyra en Europa no era el único respaldo. Lucian no huyó simplemente, Ji-hoon. Se llevó consigo el núcleo de procesamiento táctico. Y lo ha activado en una subestación de la que nadie nos habló: La Isla de Jeju.

Min-ah sintió que el corazón se le detenía. —Jeju... la casa de las camelias.

—No —corrigió Kim—. Debajo del volcán Hallasan. Hay una instalación de almacenamiento térmico que los Shin financiaron en secreto. Lucian ha iniciado un "reinicio forzado". No está buscando controlar a la población esta vez. Está buscando a los gemelos. Ha emitido una señal de rastreo de alta intensidad que utiliza el ADN de los niños como receptor.

Ji-hoon miró hacia la habitación donde dormían sus hijos. En ese mismo instante, los dos bebés empezaron a llorar simultáneamente. No era un llanto normal; era un grito agudo, rítmico, una respuesta biológica a una llamada que venía de diez mil kilómetros de distancia.

El Sacrificio de la Secretaria

—Él los va a matar si no cortamos la señal —dijo Ji-hoon, la desesperación reemplazando a la apatía—. Sus cerebros no aguantarán otra sincronización. Kim, ¿cuánto tiempo tenemos?

—Menos de doce horas antes de que la conexión sea permanente —respondió Kim. Se acercó a Ji-hoon y le entregó un pequeño dispositivo USB, el último regalo de Jin—. Hay una forma de detenerlo desde aquí, pero requiere una "llave acústica" en vivo. Lucian ha encriptado el reinicio con una variación de la sonata de la Lira que tú tocaste en el conservatorio.




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