Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 36: El Murmullo de la Médula y el Acero

La nieve de Berlín había dejado de ser un sudario blanco para convertirse en un espejo de cristal empañado donde el reflejo de la derrota de Lucian se disolvía en la neblina de Neukölln. Ji-hoon permanecía en el sofá del apartamento, con el pecho subiendo y bajando en un ritmo errático, como una partitura escrita por un compositor al borde de la locura; su corazón, ese motor de plata que casi estalla para salvar a los gemelos, emitía un eco sordo bajo los electrodos aún pegados a su piel. Min-ah le sostenía la mano, sintiendo cada espasmo de sus dedos quemados, mientras la Secretaria Kim permanecía inmóvil frente a la ventana, con el rostro iluminado por el resplandor azul de la tableta que acababa de registrar la huida de Lucian. La atmósfera en la sala era densa, cargada del aroma metálico del ozono y el perfume dulce de la leche de los bebés que, por primera vez en semanas, dormían sin que una frecuencia externa dictara sus sueños, ignorando que el hombre del abrigo de cachemira gris acababa de llevarse consigo la última pieza de un rompecabezas genético que la Lira había ocultado en las profundidades de su propia biología.

—Se ha llevado la muestra —dijo la Secretaria Kim, su voz siendo un látigo de realidad que cortó el momento de ternura entre la pareja—. Lucian no buscaba reiniciar Solyra desde Jeju; eso fue un señuelo para que Ji-hoon abriera la puerta trasera del sistema con su marcapasos. Lo que quería era la "Médula Primordial", el tejido original de la Lira que ha estado conservado en una cápsula de tiempo biológica desde 1996. Con ese líquido iridiscente, Lucian ya no necesita a los gemelos ni a Ji-hoon; ahora él puede convertirse en el origen de la red.

La sorpresa golpeó a Ji-hoon como un mazo invisible. Intentó incorporarse, pero un gemido de agonía escapó de sus labios cuando sus músculos, atrofiados por la descarga de datos, se contrajeron violentamente.

—Él no solo quiere el control, Kim —jadeó Ji-hoon, mirando sus manos inertes con un odio renovado—. Quiere la purificación. Mi madre siempre decía que la humanidad era el ruido que desafinaba su creación. Lucian va a usar esa médula para crear un virus acústico que no controle las mentes, sino que las borre. Quiere un mundo de silencio absoluto, donde solo su voz sea la melodía.

La Sinfonía de la Desesperación

Min-ah sintió que el frío de Berlín se filtraba por sus huesos, no por el invierno, sino por la mirada de Ji-hoon. Se acercó a él, rodeando su cuello con sus brazos, intentando ser el ancla de un hombre que parecía estar evaporándose en su propio sacrificio.

—No le dejaremos llegar a Seúl con eso, Ji-hoon. Llamaremos a lo que queda de la resistencia. Usaremos los fondos que Jin ocultó en Suiza.

—No hay tiempo para ejércitos, Min-ah —intervino la Secretaria Kim, girándose con una resolución gélida—. Lucian se dirige al aeropuerto de Schönefeld. Tiene un jet privado con inmunidad diplomática de la Fundación Lyra. Si cruza el espacio aéreo ruso, estará bajo la protección de las redes de los Shin en el exilio. Tenemos una ventana de cuarenta minutos.

El drama alcanzó un punto de ebullición emocional cuando Ji-hoon, haciendo un esfuerzo que hizo que las heridas de sus manos volvieran a sangrar, se puso de pie. Se tambaleó hacia el pequeño piano de madera descolorida, apoyándose en él como si fuera el último mástil de un barco hundiéndose.

—No puedo tocar con las manos, pero mi corazón aún tiene la frecuencia de Jin —dijo, mirando fijamente a Kim—. Conecta el dispositivo de nuevo. Si Lucian está cerca del aeropuerto, su sistema estará en modo de recepción para sincronizarse con el jet. Puedo enviar una señal de interferencia que bloquee su autorización de vuelo.

—¡Ji-hoon, no! —gritó Min-ah, interponiéndose entre él y la máquina—. Tu corazón no resistirá otra sobrecarga. El médico dijo que tus válvulas están al límite. Si lo haces, morirás antes de que él llegue a la pista.

—Entonces moriré siendo la última nota de esta guerra, y no un espectador silencioso —replicó él, y por primera vez, Min-ah vio en sus ojos la misma llama que consumió a la Lira, pero purificada por un amor suicida—. Prefiero dejarte un mundo seguro y un corazón detenido, que una vida de huida con un corazón que solo late por miedo.

El Asalto de las Sombras

El apartamento fue sacudido por un estruendo repentino. No era un trueno. Las ventanas de la cocina estallaron en mil fragmentos de cristal cuando una granada de estática fue lanzada desde el exterior. La Secretaria Kim reaccionó con la velocidad de un depredador, empujando a Min-ah y a los gemelos hacia el pasillo blindado mientras desenfundaba su arma.

—¡Han venido a terminar el trabajo! —rugió Kim.

Dos operativos vestidos de negro, con máscaras de polímero que ocultaban cualquier rastro de humanidad, irrumpieron por la ventana. No buscaban a Ji-hoon; buscaban el diario de la Lira que aún descansaba sobre la mesa. Ji-hoon, impulsado por una adrenalina que ignoraba sus nervios destrozados, agarró el pesado candelabro de bronce del piano y lo lanzó con una precisión nacida de años de medir distancias en el teclado, impactando a uno de los atacantes en la sien.

El combate en el estrecho salón fue una coreografía de violencia y desesperación. Min-ah, viendo a Ji-hoon vulnerable, agarró el cuchillo de cerámica de la cocina y se lanzó contra el segundo operativo, clavándoselo en el hombro con un grito de guerra que nació desde lo más profundo de su maternidad herida. La sorpresa de los atacantes ante la ferocidad de la pareja les dio a la Secretaria Kim el segundo necesario para abatir a ambos con disparos silenciados.




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