La noche en Lúmina no caía: respiraba.
Iria Valen lo supo cuando las rosas del claustro abrieron sus espinas al mismo tiempo, como si un pulso invisible hubiera recorrido el jardín. El aire se volvió denso, cargado de un perfume dulce y metálico. Sangre y flor. Vida y advertencia.
Dejó el cálamo sobre el pergamino. La tinta aún temblaba, incapaz de secarse, como si también presintiera lo que estaba por llegar.
—No hoy —murmuró Iria, con una súplica humilde que no esperaba respuesta—. Por favor… no hoy.
Pero Lúmina nunca escuchaba a quienes deseaban pasar desapercibidos.
Las campanas sonaron desde el Velo de Ceniza, profundas y lentas, arrastrando siglos de decisiones ajenas. Convocatoria. Sangre antigua. Elección. Palabras que no pedían permiso y que, una vez pronunciadas, ya no podían retirarse.
Iria cerró los ojos.
Ella era solo una escriba del Velo de Bruma. Una guardiana de palabras ajenas, una muchacha que prefería las bibliotecas al espejo, que conocía los nombres de las rosas mejor que los de los nobles. No había corona en su destino. No debía haberla.
El viento cambió.
Las velas del claustro se inclinaron hacia un mismo punto, y la sombra apareció donde antes solo había piedra.
No era oscuridad.
Era un hombre.
Kael Nocthar se apoyaba en el arco del jardín como si el mármol le debiera obediencia. Sus alas negras, plegadas contra la espalda, estaban marcadas por cicatrices antiguas. No se movían, pero imponían respeto, como una amenaza que no necesita demostrarse.
Sus ojos —grises, hondos— se clavaron en Iria con una atención que quemaba más que cualquier grito.
—Iria Valen —pronunció, y su voz fue una herida limpia—. El reino te reclama.
Ella tragó saliva. Se obligó a sostenerle la mirada.
—Los reinos no reclaman escribas —respondió, con una sonrisa pequeña, valiente solo porque no tenía otra opción.
Kael avanzó un paso.
Las rosas sangraron.
Las espinas se alargaron, y una gota roja resbaló hasta caer sobre la piedra blanca. Iria sintió el latido bajo su piel, una magia antigua despertando, estirándose como quien abre los ojos después de un largo sueño.
—Este sí —dijo Kael—. Porque tu sangre recuerda lo que el reino ha olvidado.
Iria negó con la cabeza, aunque el temblor en sus manos la traicionaba.
—Te equivocas.
—Ojalá —respondió él, con una tristeza breve, casi imperceptible—. La Reina Seraphine ha ordenado tu presencia en la corte antes del amanecer.
El nombre cayó como ceniza.
La Reina del Velo de Ceniza. La mujer que había sobrevivido a tres intentos de derrocamiento y a todos los amores que una vez la hicieron humana.
—Yo no pertenezco a ese lugar —susurró Iria.
Kael la observó durante un segundo más largo de lo necesario. Como si viera algo que ella misma se negaba a mirar.
—Nadie que pertenece a la corte lo hace por voluntad —dijo—. Y nadie sale siendo el mismo.
Él extendió la mano.
No fue un gesto brusco. Fue una invitación peligrosa.
Iria miró sus dedos, manchados aún de tinta. Pensó en sus pergaminos, en las noches silenciosas, en la vida pequeña que había aprendido a amar.
Y aun así, cuando tomó su mano, el Velo tembló.
Porque en Lúmina, el amor no llega como salvación.
Llega como incendio.