Promesas de espinas y magia

Capitulo 2

La corte no dormía.
Iria lo supo antes de verla, porque el aire cambió de peso cuando cruzaron el umbral del Velo de Ceniza. Ya no olía a tierra húmeda ni a rosas abiertas, sino a piedra fría, a incienso antiguo y a secretos bien guardados. Cada paso resonaba como una confesión no deseada.
Las torres se alzaban como dedos acusadores contra el cielo. Altas. Demasiado altas. Iluminadas por una luna que parecía observar con juicio.
Iria soltó la mano de Kael en cuanto cruzaron las puertas.
No fue desprecio. Fue instinto.
—Aquí las paredes escuchan —dijo él en voz baja, sin mirarla—. Y recuerdan.
Ella asintió, apretando los brazos contra su cuerpo. Su vestido sencillo desentonaba entre sedas y capas bordadas en oro. Podía sentir las miradas antes de verlas: curiosas, afiladas, hambrientas.
—No quiero estar aquí —susurró.
—Nadie quiere —respondió Kael—. Por eso funciona.
Atravesaron el Salón del Trono bajo un silencio que no era respeto, sino cálculo. Nobles de sangre antigua se alineaban a ambos lados, observando a Iria como si fuera una grieta recién descubierta en el mármol del reino.
Ella caminó sin bajar la cabeza.
No por orgullo. Por miedo a lo que vería si lo hacía.
El trono emergía del fondo del salón como una herida abierta: negro, tallado con símbolos que no pertenecían a ningún idioma vivo. Y sobre él, inmóvil como una estatua que había aprendido a respirar, estaba la Reina Seraphine.
Hermosa.
Terriblemente cansada.
—Así que tú eres la rosa del Velo de Bruma —dijo la reina, con una voz suave que no necesitaba elevarse—. Pensé que olerías distinto.
Iria sintió cómo algo se tensaba en su pecho.
—Majestad —respondió, inclinándose torpemente—. Debe de haber un error.
Una sonrisa lenta cruzó los labios de Seraphine.
—Los errores no sangran cuando los llamo por su nombre —dijo—. Tú sí.
Un murmullo recorrió el salón.
Kael dio un paso adelante.
—Con respeto, Majestad…
—Silencio, Kael Nocthar —lo interrumpió ella, sin mirarlo—. Ya has traído suficiente fuego a mis puertas.
Los ojos de la reina volvieron a Iria, penetrantes, como si la desvistieran de piel y miedo.
—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó.
Iria negó con la cabeza.
—Porque las rosas reaccionan a tu presencia —continuó Seraphine—. Porque el Velo se agita cuando respiras. Porque hay una profecía que insiste en pronunciar tu nombre, aunque yo he pasado años intentando quemarla.
El salón se volvió más pequeño.
—Yo no pedí esto —dijo Iria, con una valentía que le temblaba en la voz.
—Nadie pide nacer peligrosa —respondió la reina—. Pero aquí estás.
Seraphine se puso de pie. La corona de ceniza brilló un instante bajo la luz lunar.
—Te quedarás en la corte —declaró—. Aprenderás quién eres… y decidiré qué hacer contigo cuando deje de ser conveniente ignorarlo.
Iria sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Y si me niego?
La reina la observó con algo parecido a compasión.
—Entonces el reino aprenderá cuánto duele perderte.
El silencio cayó como una sentencia.
Kael miró a Iria por primera vez desde que habían entrado. En sus ojos no había órdenes. Solo advertencia.
Cuando la escoltaron fuera del salón, Iria comprendió algo con una claridad cruel:
Había cruzado una puerta que no se cerraba.
Y en algún punto, muy profundo, una parte de ella —una parte peligrosa— había despertado…
y no tenía intención de volver a dormir.



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En el texto hay: magia, enemistolover, romantasy

Editado: 06.01.2026

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