Promesas de espinas y magia

Capitulo 4

Esa noche, Iria no durmió.
La habitación que le asignaron era amplia, hermosa, ajena. Cortinas de ceniza filtraban la luna, y las paredes estaban grabadas con símbolos de protección que parecían más jaulas que amuletos. Cada trazo observaba. Cada vela respiraba.
Se sentó al borde de la cama y presionó la palma vendada contra el pecho. La herida ya no sangraba, pero la magia seguía despierta, inquieta, como un animal que había probado la libertad y no pensaba olvidarla.
Cerró los ojos.
Y lo vio.
Kael, de pie en el Círculo, sosteniéndola como si el mundo dependiera de ello.
El recuerdo le estremeció la piel.
Un roce suave en la puerta la arrancó de sus pensamientos.
—No abras —se dijo en un susurro.
La puerta se abrió igual.
Kael entró sin anunciarse, envuelto en sombras que se cerraron tras él con obediencia silenciosa. No llevaba armadura. Solo una túnica oscura y el cansancio marcado en el rostro.
—No deberías estar aquí —dijo Iria, sin levantarse.
—Lo sé.
Su voz no pedía perdón.
Se quedó de pie, a una distancia cuidadosa, como si cruzarla pudiera romper algo frágil entre ellos.
—La corte habla —continuó él—. Más rápido de lo que esperaba.
—¿De mí?
—De lo que provocas.
Iria rió sin humor.
—No he hecho nada.
Kael la miró con intensidad.
—Exacto. Y aun así, el reino respondió.
Se acercó un paso más. La magia de Iria reaccionó al instante, vibrando bajo su piel como una cuerda tensada.
—Hoy, cuando me miraste —dijo Kael, bajando la voz—, sentí que las sombras… me reconocían distinto.
Ella levantó la vista.
—¿Eso es malo?
—Es peligroso.
El silencio se estiró entre ellos. Denso. Vivo.
Iria se puso de pie, con lentitud.
—No pedí que fueras mi ancla —dijo—. Ni quiero que te destruyan por mí.
Kael apretó la mandíbula.
—No soy tan fácil de destruir.
—Todos lo somos —respondió ella—. Aquí.
Por primera vez, él dudó.
—Si descubren el vínculo —continuó Iria—, lo usarán. Nos usarán.
Kael dio un paso atrás, como si esa verdad pesara demasiado.
—Entonces tendremos que mentir mejor —dijo.
Iria lo miró, sorprendida.
—¿Eso sabes hacer?
Una sonrisa breve, rota, cruzó sus labios.
—Es lo único que me ha mantenido vivo.
Se miraron. Demasiado tiempo. Demasiado cerca.
La magia volvió a agitarse, respondiendo a un deseo que ninguno se atrevía a nombrar.
Kael se giró hacia la puerta.
—Mañana comienzan las alianzas —advirtió—. Y las cacerías.
—¿Cacerías?
—De poder. De debilidad. De corazones.
Abrió la puerta.
Antes de salir, añadió:
—No confíes en Lysandre. Ni en nadie que te sonría sin miedo.
Luego se fue.
Las sombras se retiraron con él.
Iria se quedó sola, con el eco de su nombre flotando en la habitación.
Por primera vez desde que llegó a la corte, entendió algo con claridad serena y aterradora:
No era la magia lo que la pondría en peligro.
Era el vínculo.
Y ya era demasiado tarde para fingir que no existía.



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En el texto hay: magia, enemistolover, romantasy

Editado: 09.01.2026

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