Promesas de espinas y magia

Capitulo 6

La música comenzó antes de que Iria pudiera decidir si quería escucharla.

Violines de cristal y tambores suaves llenaron el Salón de las Llamas Quietas, un espacio diseñado para desarmar voluntades: luces cálidas, columnas doradas, vino dulce. La corte celebraba sin motivo aparente, que era la forma más peligrosa de celebrar.

Iria avanzó entre parejas que reían demasiado. Sentía la rosa negra aún tibia en la memoria, como si hubiese dejado una huella en su pecho.

—Estás hermosa esta noche.

Lysandre apareció a su lado con una copa en la mano y la sonrisa lista. Su presencia era un murmullo constante, imposible de ignorar.

—La belleza es una herramienta —respondió Iria—. Aquí la usan como arma.

—Aprendes rápido —dijo él, complacido—. Ven. La Reina espera verte bailar.

Iria miró alrededor. Kael estaba allí, apoyado cerca de las sombras del muro. Su rostro era una máscara perfecta. Sus ojos, no.

No se movió.

Pero la miró.

Iria aceptó la mano de Lysandre.

El murmullo del salón cambió de tono cuando salieron al centro. Las miradas se afilaron. La Reina Seraphine observaba desde lo alto, con interés abierto.

La música los envolvió.

Lysandre bailaba bien. Demasiado bien. Guiaba con firmeza, acercándola lo justo para que el roce pareciera inevitable. Cada giro era una promesa calculada.

—Míralos —susurró él—. Ya creen que me has elegido.

—No he elegido nada —dijo Iria.

—Eso es elegir —respondió—. En esta corte, la duda siempre se interpreta como permiso.

Se detuvieron.

Lysandre inclinó el rostro hacia ella.

El beso llegó envuelto en aplausos suaves, en aprobación silenciosa. Fue correcto. Elegante. Frío.

Una mentira perfecta.

Iria sintió el instante exacto en que la magia no respondió.

Nada floreció. Nada tembló.

Y entonces supo la verdad: su corazón no estaba allí.

Desde la sombra, Kael cerró los puños.

La Reina sonrió.

Cuando la música terminó, Iria se retiró con el pulso desordenado. Caminó sin rumbo hasta encontrar un pasillo estrecho, lejos del ruido, donde las antorchas ardían bajas.

—No tenías que hacerlo —dijo una voz.

Kael.

Estaba allí, recortado contra la piedra. Las sombras se arremolinaban a su alrededor, inquietas.

—Sí —respondió Iria—. Tenía.

—Eso fue una provocación.

—Eso fue supervivencia.

Se miraron, demasiado cerca. Demasiado honestos.

—La corte cree que me eliges —continuó Kael—. Ahora te observarán menos… y a mí más.

—Lo sé.

—Podrían matarme.

Iria dio un paso hacia él.

—Entonces miente mejor —susurró—. Como dijiste.

Por un instante, Kael pareció romperse.

—No sé fingir esto —admitió—. No contigo.

La magia se agitó, traicionera. Las antorchas parpadearon.

Iria levantó la mano y rozó su pecho. Apenas un gesto. Suficiente.

Las sombras se calmaron.

—No fue real —dijo ella—. El beso.

Kael cerró los ojos un segundo.

—Lo sé —respondió—. Por eso duele.

Desde el extremo del pasillo, unos pasos se acercaban.

Kael retrocedió, volviendo a ser distancia y deber.

Antes de irse, murmuró:

—Ten cuidado, Iria. Las mentiras más peligrosas… son las que empiezan a parecer verdad.

Ella se quedó sola, con el eco de un beso que no había sentido
y el peso de uno que aún no se atrevía a imaginar.

Y en algún lugar de la corte, alguien ya había decidido usar eso en su contra.



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En el texto hay: magia, enemistolover, romantasy

Editado: 09.01.2026

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