La mañana amaneció herida.
Nubes bajas cubrían la corte como vendas mal puestas, y el aire tenía un sabor metálico que Iria ya reconocía. No era lluvia. Era advertencia.
La llamaron antes del alba.
—La Reina te espera —dijo un guardia, sin mirarla a los ojos.
El Salón de los Juramentos estaba vacío cuando Iria entró. Vacío de gente, no de ecos. Las paredes conservaban promesas antiguas, juramentos rotos que todavía susurraban al paso.
Seraphine la aguardaba de pie, sin corona.
Eso fue lo primero que inquietó a Iria.
—¿Sabes qué ocurre cuando la magia despierta sin guía? —preguntó la reina, sin saludo.
—Se desborda —respondió Iria—. O se rompe.
—Exacto.
Seraphine caminó alrededor de ella, lenta, como quien mide una grieta antes de abrirla más.
—Anoche hiciste lo correcto —continuó—. La corte necesitaba ver una elección clara.
—Fue una mentira —dijo Iria.
La reina sonrió.
—Las mentiras sostienen reinos. Las verdades los incendian.
Se detuvo frente a ella.
—Pero hoy necesitamos algo más que apariencias.
Chasqueó los dedos.
Las puertas se abrieron.
Kael fue conducido al centro del salón, escoltado por dos guardias. No estaba herido. Aún. Pero las sombras a su alrededor se agitaban con un nerviosismo que Iria sintió en la piel.
—¿Qué es esto? —exigió ella, avanzando un paso.
—Una prueba —respondió Seraphine—. Para ambos.
Iria negó con la cabeza.
—Déjalo fuera de esto.
—Imposible —dijo la reina—. Él ya está dentro. Desde el momento en que la magia te obedeció cuando lo miraste.
Kael alzó la vista hacia Iria. No había reproche. Solo una calma peligrosa.
—¿Qué quiere? —preguntó él.
Seraphine lo observó con una curiosidad antigua.
—Lealtad absoluta —respondió—. Y una demostración.
Un cuchillo ceremonial apareció sobre la mesa de piedra.
—La magia exige sangre —dijo la reina—. Hoy sabremos de quién.
El mundo se estrechó.
—No —susurró Iria—. Esto no es necesario.
—Lo es —corrigió Seraphine—. Si no pago yo el precio, lo pagará el reino.
Iria sintió la magia agitarse, furiosa, reclamando salida. Las rosas invisibles bajo la piedra querían romperlo todo.
Kael habló primero.
—Si esto termina aquí —dijo—, hazlo conmigo.
Iria se giró hacia él, con los ojos ardiendo.
—No te atrevas.
Kael sonrió apenas.
—Ya lo hice. El día que te tomé la mano.
Seraphine observaba, satisfecha.
—Decidan —ordenó—. O decidiré yo.
Iria dio un paso adelante.
Luego otro.
Tomó el cuchillo.
El metal vibró al contacto con su piel.
—Si la magia quiere sangre —dijo, con voz firme a pesar del temblor—, será la mía.
Kael avanzó al mismo tiempo.
—No.
Sus manos se encontraron sobre el filo.
La sangre cayó.
No una. Dos.
El salón tembló.
Las runas en las paredes ardieron, y un grito antiguo recorrió la piedra. La magia no eligió. Los eligió a ambos.
Seraphine retrocedió un paso, por primera vez sorprendida.
—Un vínculo —susurró—. Completo.
Iria cayó de rodillas, el pulso en llamas, la verdad clavándosele en el pecho:
No había ancla sin costo.
No había amor sin herida.
Y ahora la corte lo sabía.
Kael la sostuvo mientras el mundo se recomponía.
—Lo siento —murmuró él.
Iria negó con la cabeza, apoyando la frente en su hombro.
—No —respondió—. Ahora ya no pueden separarnos sin destruirnos.
Desde lo alto, la Reina Seraphine los observó como se observa un arma recién forjada.
Con deseo.
Con miedo.
Y con la certeza de que la guerra ya no era una posibilidad.
Era un comienzo.