El castigo no llegó con gritos.
Llegó con puertas cerradas.
Iria despertó en una habitación distinta a la suya: más alta, más fría, custodiada por runas que palpitaban como venas de luz pálida. Cada símbolo era una promesa de seguridad… y una amenaza silenciosa.
Jaula dorada.
Se incorporó despacio. El pecho aún le ardía donde la magia había sellado el vínculo. No dolía como herida fresca, sino como una ausencia demasiado reciente.
Kael.
La puerta se abrió sin aviso.
No era él.
—Por orden de la Reina —dijo una mujer vestida de gris—, permanecerás aquí hasta nuevo aviso. Nadie entrará. Nadie saldrá.
—¿Y Kael Nocthar? —preguntó Iria, sin disimular el miedo.
La mujer dudó.
—Vivo —respondió al fin—. Por ahora.
La puerta volvió a cerrarse.
El silencio cayó como una segunda condena.
Iria caminó hasta la ventana. Desde allí podía ver los patios internos, los jardines donde las rosas crecían demasiado rectas, demasiado obedientes. Sintió la magia estremecerse, buscando algo… a alguien.
No, pensó. No ahora.
Pero el vínculo no pedía permiso.
Al otro lado de la corte, Kael se detuvo en seco.
Apoyó una mano contra la pared de piedra, respirando hondo. La sensación era nueva. No dolor. No miedo.
Vacío.
Como si algo esencial estuviera demasiado lejos.
—No es debilidad —se dijo—. Es estrategia.
Pero las sombras no le creyeron. Se agitaron a su alrededor, inquietas, susurrando un nombre que él no quiso pronunciar.
Iria.
Esa noche, la Reina Seraphine visitó a Iria.
Entró sola, sin guardias, sin corona. Sus pasos eran suaves, casi humanos.
—No te he separado de él por crueldad —dijo, sentándose frente a ella—. Te he separado para que no se destruyan demasiado pronto.
—Eso no es protección —respondió Iria—. Es control.
Seraphine inclinó la cabeza.
—A veces son la misma cosa.
La observó con atención cansada.
—El vínculo que han creado es antiguo. Peligroso. Hermoso —admitió—. Y el reino no tolera lo que no puede poseer.
—No somos un arma.
—Aún no —corrigió la reina—. Por eso debemos aprender a usaros con cuidado.
Iria apretó los puños.
—No nos tendrá.
Seraphine sonrió, triste.
—Todos dicen eso al principio.
Se levantó.
Antes de irse, añadió:
—Descansa. Mañana comenzará tu instrucción. Si vas a arder… será bajo mi mirada.
Cuando la puerta se cerró, Iria dejó que el silencio la alcanzara.
Apoyó la frente contra la pared fría.
Te necesito, pensó, sin decirlo en voz alta.
Muy lejos, Kael cerró los ojos al mismo tiempo.
El aire se tensó entre ambos, invisible, irrompible.
No se dijeron nada.
Pero el vínculo respondió.
Y en ese silencio compartido, ambos comprendieron la verdad más peligrosa hasta ahora:
Podían soportar el dolor.
Podían soportar la corte.
Lo que no sabían aún…
era si podrían soportar amarse en silencio.