El entrenamiento comenzó antes de que el sol se atreviera a cruzar las torres.
Iria fue despertada por el sonido seco de una campana antigua, distinta a las demás. No llamaba: exigía. Al abrir los ojos, el símbolo de las runas en las paredes brillaba con un pulso lento, recordándole que ya no estaba allí por voluntad, sino por necesidad.
El patio de instrucción era un círculo de piedra abierta al cielo. No había flores. No había ornamentos. Solo marcas de antiguos combates y grietas que nadie se había molestado en reparar.
—Aquí no aprenderás a ser poderosa —dijo la instructora, una mujer de cabello blanco y mirada implacable—. Aprenderás a no morir por tu propio don.
Iria apretó los dedos.
Había otros presentes: herederos menores, aprendices, cuerpos entrenados para resistir lo inevitable. Ella desentonaba entre ellos como una herida recién abierta.
—La magia no nace en la mente —continuó la mujer—. Nace en el cuerpo. Y el cuerpo miente cuando tiene miedo.
La hicieron correr hasta que los pulmones le ardieron. Luego repetir hechizos simples una y otra vez, aunque su magia respondía con torpeza, como si se negara a obedecer órdenes que no venían del corazón.
Cada vez que fallaba, el vínculo se agitaba.
No con violencia.
Con preocupación.
Iria cerró los ojos un instante, intentando ignorarlo.
No ahora, pensó.
Pero el vínculo no entendía de horarios.
En otro punto de la corte, Kael se detuvo en seco, el entrenamiento de los guardias interrumpido por una punzada súbita en el pecho. No dolor. No exactamente.
Ansiedad.
—Concéntrate —le ordenaron.
Él apretó los dientes.
Las sombras a su alrededor se estiraron, inquietas, como si algo las llamara desde muy lejos.
Iria cayó de rodillas cuando la magia finalmente la desbordó.
No fue espectacular. No hubo llamas ni rosas.
Fue peor.
El mundo se inclinó, el pulso se le desordenó, y por un instante no supo dónde terminaba su cuerpo y empezaba el miedo.
—Respira —le dijeron—. Control.
Pero el control no acudió.
El vínculo sí.
Un calor firme la envolvió desde dentro, anclándola, estabilizando el latido. Una presencia conocida, silenciosa, protectora.
Kael.
Iria jadeó, con una mezcla de alivio y culpa.
—Otra vez —ordenó la instructora—. Sin apoyo externo.
Iria lo intentó.
Falló.
El vínculo respondió de nuevo, más claro esta vez.
—Basta —dijo la mujer, con el ceño fruncido—. Eso no es normal.
Iria se puso de pie, temblando.
—No lo controlo —admitió.
—Entonces aprenderás —respondió la instructora—. O la Reina decidirá por ti.
Esa noche, Iria no fue castigada.
Eso fue lo inquietante.
La dejaron sola en la habitación de entrenamiento, rodeada de símbolos que bloqueaban la magia externa. El vínculo se tensó de inmediato, como una cuerda estirada al límite.
—Lo siento —susurró Iria al vacío—. No quería depender de ti.
Muy lejos, Kael apoyó la frente contra la piedra fría de un pasillo oscuro.
No me pidas que no esté, pensó, sin saber si ella podía oírlo.
El vínculo vibró.
No palabras. No imágenes.
Solo una certeza compartida:
No eran dos fuegos separados.
Eran la misma llama intentando arder desde lugares distintos.
Cuando las runas finalmente se apagaron y el vínculo se relajó, Iria comprendió algo que nadie le había enseñado aún:
No iba a aprender a dominar su magia sola.
Y cuanto más intentaran separarlos,
más brutal sería el precio.