La Reina no apareció de inmediato.
Eso fue lo más inquietante.
Durante dos días completos, Iria fue observada sin ser llamada. Sentía la vigilancia como se siente una tormenta antes de estallar: en la piel, en el pulso, en esa intuición antigua que no necesita pruebas.
El entrenamiento continuó, pero ya no era solo físico. Le pedían precisión emocional.
—Conjura sin desear —ordenó el maestro de runas—. La magia no responde al anhelo.
Iria obedeció.
Y falló.
Porque su magia no había nacido para la indiferencia. Cada chispa suya llevaba intención, memoria, una forma suave de amar el mundo incluso cuando este le pedía dureza.
Del otro lado del palacio, Kael aprendía lo contrario.
—Desear es una debilidad —le dijeron—. El poder real no duda.
Las pruebas eran cada vez más crueles: decisiones imposibles, sombras que tomaban la forma de aquello que nunca se nombra en voz alta. Kael resistía, sí, pero algo se agrietaba en silencio.
No por miedo.
Por cansancio.
Esa noche, la Reina los llamó.
Por separado.
Iria fue conducida a la sala alta, donde el techo parecía un cielo nocturno atrapado en piedra. La Reina la observó como se observa una llama: con interés, con respeto… y con la intención de medir cuánto podría arder antes de apagarse.
—Tu don es inestable —dijo sin rodeos—. Y, aun así, persiste.
Iria bajó la mirada.
—No intento desafiarla, Majestad.
—Lo sé —respondió la Reina—. Eso es lo que me preocupa.
Hizo un gesto, y el aire se volvió más denso.
—Ese vínculo no debería sobrevivir a la distancia —continuó—. Y, sin embargo, lo hace. Dime, Iria… ¿qué sientes cuando él sufre?
La pregunta fue un golpe directo.
Iria respiró hondo.
—No lo sé explicar —admitió—. No es dolor. Es… responsabilidad.
La Reina arqueó una ceja.
—Eso es más peligroso que el amor.
Mientras tanto, Kael se encontraba frente a un espejo negro en una cámara subterránea. No reflejaba su rostro, sino posibilidades: versiones de sí mismo que había rechazado una y otra vez.
—Si eliges poder —dijo la voz de la Reina, resonando desde ningún lugar—, el vínculo se romperá.
Kael apretó los puños.
—¿Y si no elijo?
El silencio fue largo.
—Entonces el reino pagará el precio —respondió ella finalmente.
Esa noche, el vínculo no se manifestó como calor ni como urgencia.
Fue un silencio compartido.
Un acuerdo tácito.
No elegir todavía.
Resistir un día más.
Y en esa decisión pequeña, casi invisible, ambos entendieron algo esencial:
No estaban siendo entrenados.
Estaban siendo puestos a prueba como armas.
Y las armas que sienten…
siempre deciden a quién obedecer.