La mentira no fue planeada.
Iria no se levantó aquella mañana con la intención de engañar a nadie. Simplemente ocurrió, como ocurren las cosas que nacen del instinto: antes de que la conciencia alcance a intervenir.
—¿Has sentido el vínculo hoy? —preguntó el maestro de runas sin mirarla, mientras ajustaba los sellos del círculo.
Iria negó con la cabeza.
La mentira fue suave.
Casi amable.
Pero el vínculo, atento, se tensó apenas un segundo, como si hubiera contenido la respiración con ella.
La prueba consistía en canalizar energía sin emoción. Una sala blanca, sin símbolos ni sombras, diseñada para borrar toda referencia externa. La magia debía surgir pura, obediente, fría.
Iria cerró los ojos.
Pensó en nada.
Y por primera vez, la magia respondió.
No con fuerza, sino con claridad.
Un hilo fino de luz se extendió desde sus manos, estable, preciso. El maestro alzó la vista, sorprendido.
—Así —dijo—. Eso es control.
Iria abrió los ojos, con una mezcla de triunfo y desasosiego.
Había funcionado.
Pero el precio fue inmediato.
Muy lejos, Kael sintió el vacío.
No fue dolor. Fue la ausencia repentina de algo que siempre había estado allí. El vínculo no desapareció… se volvió distante, como una voz que se oye a través del agua.
Su paso vaciló durante el entrenamiento.
—¿Dudas? —le preguntaron.
—No —respondió.
Y esa fue su propia mentira.
La cámara de sombras reaccionó de inmediato. Las formas se volvieron más densas, más agresivas, como si percibieran la grieta. Kael luchó con eficacia, pero cada golpe llevaba un retraso mínimo, casi imperceptible.
Lo suficiente.
Iria sintió el eco tarde.
Demasiado tarde.
La punzada en el pecho la hizo perder la concentración. El hilo de luz se quebró como vidrio fino y la magia se dispersó en un estallido silencioso.
—¿Qué ocurrió? —exigió el maestro.
Iria tragó saliva.
—Nada —dijo—. Solo… me distraje.
Segunda mentira.
Esa noche, cuando las luces se apagaron y los sellos se activaron, el vínculo regresó.
No como consuelo.
Como reproche.
Iria se sentó en la cama, abrazándose las rodillas.
—Perdón —susurró—. Solo quería demostrar que podía.
Kael, apoyado contra una pared fría, cerró los ojos.
No me alejes para protegerme, pensó, sin saber si ella lo sentiría.
El vínculo vibró, lento, herido.
No se rompía.
Pero había aprendido algo nuevo:
también podía tensarse por elección.
Y esa posibilidad, frágil y peligrosa, quedó suspendida entre ellos, esperando el momento de volverse costumbre… o catástrofe.