La Reina no volvió a hablar de la mentira.
Eso fue lo primero que inquietó a Iria.
En la corte, el silencio nunca era descuido; era estrategia. Y cuando la Reina callaba, significaba que ya había decidido algo que aún no necesitaba anunciar.
Iria fue citada al invernadero alto al caer la tarde. El lugar estaba lleno de flores imposibles, nacidas de semillas traídas de reinos que ya no existían. Algunas brillaban tenuemente. Otras se marchitaban en cuanto alguien se acercaba demasiado.
—¿Sabes por qué las cultivo aquí? —preguntó la Reina sin volverse.
Iria negó con la cabeza.
—Porque sobreviven —continuó— solo si aceptan el clima que se les impone. Las que se resisten… mueren bellamente.
Se giró entonces, y su mirada fue suave. Demasiado.
—No te he llamado para interrogarte —dijo—. He llamado porque quiero ofrecerte algo.
Iria sintió cómo el vínculo se tensaba, alerta.
—Tu entrenamiento puede acelerarse —prosiguió la Reina—. Sin interferencias. Sin distracciones. Sin él.
La palabra cayó como una hoja muerta entre ambas.
—¿Qué precio tendría? —preguntó Iria, con voz firme.
La Reina sonrió.
—La distancia definitiva no es ruptura —explicó—. Es… olvido gradual. Indoloro, si se hace bien.
Iria bajó la mirada a sus manos.
No temblaban.
Eso fue lo que más miedo le dio.
En ese mismo instante, Kael era llevado a una sala que no figuraba en ningún mapa del palacio. No había sombras allí. Solo luz blanca, constante, agotadora.
—Has demostrado disciplina —le dijeron—. Ahora veremos lealtad.
Frente a él apareció un símbolo antiguo, prohibido. Un juramento de poder que exigía renuncia total a todo vínculo no autorizado por la Corona.
—No tienes que decidir ahora —añadieron—. Pero la opción existe.
Kael cerró los ojos.
Y por primera vez desde que comenzó todo, no respondió de inmediato.
El vínculo vibró.
No como advertencia.
Como despedida anticipada.
Iria alzó la vista de golpe.
—Si acepto —dijo—, ¿él sabrá?
La Reina negó con la cabeza.
—No —respondió—. Y eso es lo que lo hará funcionar.
Hubo un silencio largo.
Denso.
Iria respiró hondo.
—Entonces no es una oferta —susurró—. Es una prueba.
La Reina inclinó ligeramente la cabeza.
—Todo lo es.
Esa noche, ninguno durmió.
El vínculo no habló. No tocó. No consoló.
Se limitó a existir, frágil y brillante, como una vela expuesta al viento.
Y ambos comprendieron, sin decirlo:
El próximo paso no sería impuesto.
Sería elegido.
Y ninguna elección verdadera
sale sin heridas.
No fue la Reina quien habló primero.
Fue Lior.
Hasta entonces había sido poco más que una sombra amable en los pasillos: archivista, observador silencioso, alguien a quien nadie temía porque nadie lo consideraba importante. Ese era su mayor escudo.
Iria lo encontró en la biblioteca baja, rodeado de pergaminos antiguos y mapas que ya no coincidían con el reino actual.
—Te buscan —dijo él sin levantar la vista—. Pero no aquí.
Iria se detuvo.
—¿Desde cuándo sabes cosas que no deberías?
Lior sonrió apenas.
—Desde que aprendí a escuchar lo que se omite.
Cerró el libro que tenía entre manos. En la cubierta, un símbolo idéntico al que Iria llevaba marcado en la piel palpitó débilmente.
—El vínculo —continuó— no es nuevo. Solo es raro que haya sobrevivido tanto tiempo.
Iria sintió un escalofrío.
—No deberías decir eso en voz alta.
—Lo sé —respondió él—. Por eso te lo digo aquí.
Mientras tanto, Kael percibía miradas distintas durante su entrenamiento. No hostiles. Curiosas. Como si los guardias empezaran a preguntarse por qué, incluso agotado, incluso herido, su sombra nunca lo abandonaba del todo.
Uno de ellos se le acercó al finalizar la sesión.
—Dicen que la Reina te está probando —murmuró—. Dicen muchas cosas.
Kael no contestó.
Las palabras innecesarias siempre eran las más peligrosas.
En la biblioteca, Lior desplegó un mapa antiguo sobre la mesa.
—Antes de la unificación —explicó—, los vínculos eran protegidos. Se les consideraba… equilibrios naturales.
Señaló una nota al margen, escrita con tinta casi borrada.
—“Cuando dos fuegos comparten raíz, separarlos no apaga la llama. La vuelve salvaje.”
Iria cerró los ojos un instante.
—La Reina quiere que elija —susurró.
—Claro —dijo Lior—. Porque si eliges, el reino no tendrá que hacerlo por ti.
El vínculo vibró, inquieto.
Kael se detuvo en seco al sentirlo.
No era urgencia.
Era advertencia.
Esa noche, Iria regresó a su habitación con más preguntas que respuestas. Se sentó en la cama y apoyó la frente en las manos.
—Nos están mirando —pensó—. Ya no somos un secreto.
Muy lejos, Kael levantó la vista hacia una ventana alta, donde la luna parecía atrapada tras los barrotes de piedra.
Entonces no estamos solos, respondió el vínculo, débil pero claro.
Por primera vez en días, no se sintieron separados.
Pero sabían que cada mirada nueva
hacía el peligro más real.
Y que los secretos, cuando empiezan a ser compartidos,
siempre exigen un precio.
Lior eligió la hora en que la biblioteca respiraba en silencio.
No había guardias. No había aprendices. Solo el crujido leve de los estantes y el olor a polvo antiguo, ese que no pertenece al pasado, sino a lo que ha sobrevivido demasiado tiempo.
—Si decides escuchar —dijo—, ya no podrás fingir que no sabes.
Iria asintió.
Él deslizó un pergamino sellado con cera negra. No llevaba emblema real. Eso, por sí solo, era una herejía.
—Esto no figura en los registros oficiales —continuó—. Fue retirado después del último Alzamiento.
Al desplegarlo, las runas se iluminaron con un pulso suave. No agresivo. Reconocible.
El vínculo respondió.
—Habla de los Vínculos Raíz —explicó Lior—. Uniones que no se forman por pacto ni hechizo, sino por equilibrio. Dos personas nacidas para sostener una misma fuerza desde extremos distintos.
Iria tragó saliva.
—¿Armas?
—No —corrigió—. Anclas.
Señaló un fragmento del texto:
“Cuando la Corona intenta separar lo que la tierra unió,
el poder se desborda o se quiebra.
Nunca obedece.”
Iria cerró los ojos. Todo encajaba con una claridad dolorosa.
—Por eso la Reina no quiere romper el vínculo —susurró—. Quiere domesticarlo.
—Exacto —dijo Lior—. Convertirlo en algo útil. Controlable. Y si falla…
No terminó la frase.
No fue necesario.
En ese mismo instante, Kael estaba frente al juramento otra vez. El símbolo brillaba con una insistencia casi viva.
—Última oportunidad —le dijeron—. La Corona necesita certezas.
Kael pensó en la luz blanca de la cámara. En la ausencia. En lo fácil que sería aceptar… y en lo que perdería sin saber siquiera cómo nombrarlo.
El vínculo vibró con fuerza.
No pidió.
No rogó.
Recordó.
Kael levantó la mirada.
—Si juro —dijo—, ¿qué ocurre con lo que ya existe?
Hubo un silencio incómodo.
—Se corrige —respondieron.
Kael sonrió apenas.
—Entonces no es lealtad lo que quieren —dijo—. Es amputación.
La respuesta fue inmediata.
—Llévenselo.
En la biblioteca, Iria sintió el tirón brusco, como si alguien hubiera jalado de una cuerda invisible. Se levantó de golpe.
—Lo están forzando —dijo—. Ahora.
Lior ya estaba recogiendo los pergaminos.
—Entonces la historia acaba de elegir su bando —respondió—. Y tú también tendrás que hacerlo.
Iria respiró hondo.
Por primera vez, no pensó en lo que perdería.
Pensó en lo que estaba dispuesta a defender.
Y en algún punto entre la piedra, la sombra y la tinta antigua, el vínculo dejó de ser solo un lazo.
Se volvió promesa.