Kael no gritó cuando lo encerraron.
Eso fue lo que más desconcertó a los guardias.
La celda no tenía sombras propias; la luz era constante, cruel, diseñada para que nada pudiera esconderse, ni siquiera dentro de uno mismo. Las paredes estaban cubiertas de runas de contención, antiguas, pesadas, escritas para quebrar voluntades antes que cuerpos.
—Piénsalo —le dijeron desde el otro lado—. Aún puedes jurar.
Kael apoyó la espalda contra la piedra fría y cerró los ojos.
No necesitaba pensar.
El vínculo estaba ahí, más tenue, sí, pero firme como una raíz que se aferra incluso cuando la tierra se vuelve hostil. No le ofrecía fuerza ni escape. Le ofrecía verdad.
—No —respondió finalmente—. No voy a corregir lo que soy.
El silencio que siguió no fue derrota. Fue decisión.
En otra parte del palacio, Iria sintió el impacto como una ola lenta que le atravesó el pecho. No dolor: certeza. Algo había cambiado. Algo se había sellado.
No pidió permiso.
No avisó.
Cruzó los pasillos con el pulso firme, como si el palacio ya no pudiera detenerla. Lior la esperaba en un cruce de corredores, pálido, alerta.
—Si haces esto —dijo—, no habrá marcha atrás.
Iria asintió.
—Nunca la hubo.
El invernadero alto dormía bajo la luna cuando Iria trazó el primer símbolo en el aire. No era un hechizo ofensivo. Era una llamada. Antigua. Prohibida. Escrita para los vínculos que no obedecen coronas.
La magia respondió de inmediato.
Las flores imposibles se inclinaron, no hacia ella, sino hacia el centro del palacio, como si algo allí reclamara equilibrio.
Muy lejos, en la celda blanca, Kael abrió los ojos de golpe.
La luz titiló.
Por primera vez, las runas de contención vacilaron.
No se rompieron.
Pero recordaron.
Iria sintió la resistencia, el peso de siglos empujando contra su voluntad. La magia le quemó las manos, el pulso se le desordenó… y aun así no soltó el símbolo.
—No te estoy sacando —susurró—. Te estoy alcanzando.
El vínculo se tensó hasta el límite.
Luego respondió.
No con explosión.
Con alineación.
En la torre más alta, la Reina dejó caer su pluma.
—Así que era verdad —murmuró—. No se sostienen el uno al otro.
Sonrió despacio.
—Se despiertan.
Las alarmas no sonaron. Aún no.
Pero el palacio entero pareció inclinarse apenas, como si una fuerza profunda hubiera cambiado de dirección.
Kael se puso de pie.
La luz seguía ahí.
La celda seguía cerrada.
Pero ya no estaba solo.
Y en ese instante silencioso, Iria comprendió algo que la hizo temblar de miedo y esperanza a la vez:
El vínculo no iba a salvarlos.
Iba a exigirles convertirse en algo más grande que el miedo.
Y el reino, tarde o temprano,
tendría que aprender a vivir con ello.
No fue un estallido lo que despertó al palacio.
Fue un murmullo.
Un pulso bajo, casi orgánico, recorrió los cimientos como si la piedra hubiera recordado algo anterior a la Corona. Las runas antiguas reaccionaron tarde, confusas, incapaces de decidir si debían someter o proteger.
En la celda blanca, una línea oscura apareció en el suelo.
No era una grieta.
Era una raíz.
Kael la miró crecer despacio, sin tocarla. No emanaba sombra ni luz; emanaba presencia. El vínculo se había vuelto visible, no para liberarlo, sino para declararse.
En los pasillos superiores, los guardias se detuvieron.
—¿Sientes eso? —susurró uno.
—Como… calor —respondió otro—. Pero no quema.
Iria cayó de rodillas en el invernadero cuando el símbolo que había trazado se cerró sobre sí mismo. La magia se aquietó con una obediencia nueva, más profunda, como si ya no respondiera a ella, sino con ella.
Lior llegó corriendo.
—Ya lo saben —dijo—. No todos… pero los suficientes.
Iria alzó la vista. En sus muñecas, bajo la piel, brillaban marcas tenues, gemelas a las que ahora recorrían el suelo de la celda de Kael.
—No lo ocultes —añadió Lior, con urgencia—. Si lo haces, lo perderás.
Iria respiró hondo y se puso de pie.
—Entonces que miren.
La Reina estaba de pie frente al ventanal cuando el pulso llegó a la torre. No se apoyó. No se sobresaltó. Sonrió como quien confirma una sospecha largamente cultivada.
—Así que han elegido manifestarse —dijo—. Qué descortés de su parte… hacerlo sin permiso.
Se volvió hacia sus consejeros.
—Traedlos —ordenó—. A ambos.
En la celda, las runas se apagaron una a una. No rotas. Convencidas. Kael avanzó cuando la puerta se abrió, con la raíz aún latiendo bajo sus pies.
No parecía un prisionero.
Parecía un punto de equilibrio.
Iria fue escoltada por corredores que ya no la reconocían como aprendiz. Las paredes vibraban a su paso, suaves, expectantes.
Cuando se vieron, al centro de la sala alta, no se tocaron.
No hizo falta.
Las marcas brillaron al unísono, y el aire entre ellos se volvió denso, como antes de una tormenta que decide no caer.
—Esto —dijo la Reina, señalándolos— es un desafío abierto.
Kael sostuvo su mirada.
—No —respondió—. Es una consecuencia.
El murmullo creció.
Iria dio un paso al frente, humilde y firme a la vez.
—No pedimos poder —dijo—. Solo no negarlo.
La Reina los observó largo rato. Luego, por primera vez, su voz bajó.
—Entonces escuchen bien —dijo—. El reino no teme a la magia. Teme a lo que no puede nombrar.
Se inclinó apenas.
—Y ustedes acaban de darle un nombre.
El pulso cesó.
Pero las huellas quedaron.
En la piedra.
En la piel.
En la memoria de quienes habían visto.
Y desde ese instante, nada volvió a ser secreto.