El anuncio no llegó como decreto.
Llegó como rumor.
Primero en los pasillos bajos, luego en las cocinas, después en los patios donde la guardia cambiaba turnos con manos cansadas. Un murmullo que creció hasta volverse palabra compartida.
Vínculo.
Raíz.
Equilibrio.
La Reina permitió que circulara.
No lo confirmó.
No lo negó.
Convocó, en cambio, a una audiencia abierta en la sala del Consejo. No para juzgar, sino para nombrar. Y nombrar, en la Corte, siempre era una forma de dominio.
Iria esperó tras las puertas altas, con la espalda recta y el corazón sereno por primera vez en días. El vínculo estaba ahí, tranquilo, como un lago que ha aceptado su orilla.
Kael se situó a su lado.
No se miraron.
No por distancia, sino por respeto a ese espacio nuevo que habían creado juntos sin tocarse.
—Recuerda —susurró Lior desde la sombra—: cuando el poder se vuelve público, alguien siempre intentará reclamarlo.
Las puertas se abrieron.
La sala estaba llena. Consejeros, nobles menores, capitanes, ojos atentos y bocas listas para repetir lo que les conviniera. La Reina ocupaba su trono sin rigidez, como si el asiento fuera una extensión natural de su cuerpo.
—Hoy —dijo— no decidiremos castigos ni favores.
Un murmullo decepcionado recorrió la sala.
—Hoy decidiremos palabras.
Alzó la mano, y un símbolo antiguo apareció en el aire. No uno de contención. Uno de registro.
—Lo que existe sin nombre —continuó— se vuelve mito o amenaza. Lo que se nombra… entra en la historia.
Sus ojos se posaron en Iria y Kael.
—Este fenómeno será conocido como Vínculo Raíz.
La palabra cayó pesada, definitiva.
Iria sintió cómo algo se asentaba. No una cadena. Una responsabilidad.
—Mientras exista —prosiguió la Reina—, será observado. Estudiado. Y protegido… en tanto no ponga en riesgo la estabilidad del reino.
Fue entonces cuando alguien habló sin ser llamado.
—¿Y si ya la pone en riesgo?
La voz pertenecía a Maelis, consejera de linaje antiguo, sonrisa afilada, ambición pulida por generaciones.
—Un poder que no obedece —añadió— es una amenaza latente.
Kael dio un paso al frente.
—No obedece —dijo— porque no fue creado para servir.
El murmullo se volvió oleaje.
Iria levantó la mirada.
—El equilibrio no elige bandos —añadió—. Solo responde cuando algo se quiebra.
La Reina observó a Maelis con calma peligrosa.
—¿Temes al equilibrio? —preguntó.
—Temo —respondió ella— a perder el control.
Silencio.
La Reina sonrió, apenas.
—Entonces sé honesta —dijo—. Y no lo disfraces de prudencia.
La audiencia terminó sin aplausos ni condenas.
Pero al salir, Iria sintió algo distinto.
Miradas que no solo observaban… calculaban.
Esa noche, alguien dejó una nota bajo su puerta.
No llevaba sello.
Solo una frase escrita con tinta oscura:
El equilibrio también puede romperse.
Iria cerró los dedos alrededor del papel.
El vínculo se tensó, alerta.
Y comprendió que el peligro ya no venía solo de la Corona.
Venía de quienes habían aprendido el nombre…
y querían usarlo.