El pasado no volvió como recuerdo.
Volvió como propuesta.
Iria lo sintió antes de verlo: una presión leve en la sien, un tirón suave en el centro del pecho, como si algo antiguo pronunciara su nombre con cuidado. El archivo, que hasta entonces había respirado en calma, cambió de pulso.
No era peligro.
Era insistencia.
Las paredes se reacomodaron para mostrar una mesa de piedra, baja, circular. Sobre ella, un objeto que no debía existir allí: un medallón partido en dos, con el símbolo de la raíz abierta.
—Esto no es memoria —susurró Iria—. Esto es intento.
El archivo no negó la acusación.
Cuando tocó el medallón, el mundo se plegó hacia adentro. No cayó en una visión: entró en una versión posible de lo que fue. Vio a una mujer joven —demasiado joven para cargar decisiones tan grandes— firmar un acuerdo “provisional”. Vio cómo ese acuerdo se convertía en costumbre. Cómo la costumbre se volvía ley.
—Nos faltó alguien que dijera basta —dijo una voz cansada—. Alguien que no confundiera paz con silencio.
Iria retiró la mano.
—No vine a corregirlos —dijo con firmeza—. Vine a no repetirlos.
El medallón vibró, resquebrajándose un poco más.
—Entonces elige —insistió la voz—. Muéstrales cómo habría sido contigo.
Iria cerró los ojos. Por un instante, la tentación fue real: reparar, reescribir, ser la respuesta perfecta. El vínculo ardió con suavidad, recordándole otra forma de fuerza.
—No —respondió—. Si muestro un camino falso, otros lo seguirán. Y volverán a caer.
El archivo aceptó la negativa como quien acepta una herida necesaria. El medallón se deshizo en polvo que no dejó rastro.
Lejos de allí, Kael sintió el eco del gesto. No supo qué había ocurrido, pero supo qué no. Caminó hasta la muralla del enclave, donde el horizonte se abría en rutas que aún no elegían dueño.
Un vigía se le acercó.
—Han vuelto a preguntar por ti —dijo—. Los mismos de antes. Con un intermediario distinto.
Kael apoyó las manos en la piedra fría.
—El pasado siempre vuelve con otro nombre —dijo—. ¿Qué ofrecían ahora?
—Protección —respondió el vigía—. Y olvido.
Kael sonrió sin humor.
—El olvido es caro —dijo—. Y siempre se cobra después.
Ordenó reforzar los límites, no con armas visibles, sino con presencia. Que supieran que el enclave estaba despierto.
Esa noche, el vínculo no habló. Pero sostuvo una certeza compartida: rechazar el pasado no lo destruye… lo revela.
Y en esa revelación, alguien que había esperado en la sombra dio el primer paso fuera.
No para negociar.
No para atacar.
Para recordar.