No anunció su llegada.
Las cosas importantes rara vez lo hacen. El aire del enclave cambió primero: más denso, como si recordara un invierno antiguo. Kael lo sintió en la piel antes de verlo, una presión sorda entre los hombros, el instinto tensándose como cuerda mojada.
—No es un ataque —dijo, sin volverse.
Las sombras a su alrededor se acomodaron, atentas, expectantes. Entonces la figura emergió desde el límite donde la vigilancia se diluía: no cruzó corriendo, no ocultó el rostro. Caminó con la calma de quien sabe que será visto.
Era una mujer.
O lo había sido, al menos, antes de que el tiempo le enseñara a sostener demasiadas versiones de sí misma. Su cabello oscuro estaba entretejido con hilos de plata natural, no por edad, sino por uso. La magia deja marcas distintas en quienes sobreviven a ella.
—Sigues escuchando antes de reaccionar —dijo ella—. Eso no ha cambiado.
Kael cerró los dedos lentamente.
—Tú tampoco anunciaste tu nombre —respondió—. Eso sí cambió.
La mujer sonrió, apenas.
—Hay nombres que ya cumplieron su función.
El vínculo reaccionó entonces. No con alarma, sino con un tirón breve, como un recuerdo que se despierta sin permiso. Iria, lejos, sintió el estremecimiento y levantó la cabeza del archivo como si alguien hubiera pronunciado su nombre en voz baja.
Kael dio un paso al frente.
—No cruces más —dijo—. Este lugar no te pertenece.
—Nunca me perteneció —replicó ella—. Pero ayudé a levantarlo.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. Los custodios murmuraron. Kael sostuvo la mirada, buscando la grieta, el motivo oculto.
—Vienes del pasado —dijo al fin—. ¿Qué quieres ahora?
La mujer bajó la vista un instante, como si eligiera con cuidado qué verdad podía permitirse.
—Advertirte —respondió—. Lo que despertó no recuerda lealtades. Solo deudas.
El vínculo volvió a tensarse. Esta vez, con claridad. Iria cerró los ojos, sintiendo cómo algo que el archivo había callado demasiado tiempo comenzaba a moverse.
—¿Hablas de la Voz? —preguntó Kael.
La mujer negó despacio.
—No —dijo—. Hablo de quien aprendió a escucharla… y decidió usarla.
El silencio que siguió fue profundo. No de amenaza inmediata, sino de consecuencias largas.
—Si has venido a asustarme —dijo Kael—, llegas tarde.
—No vine a asustarte —respondió ella—. Vine a ver si aún sabías decir no.
Kael sostuvo la mirada un segundo más y luego señaló el límite del enclave.
—Entonces vete —dijo—. Y no regreses con medias verdades.
La mujer asintió. Antes de darse la vuelta, añadió:
—Ella es distinta —dijo—. Pero el mundo no siempre perdona lo distinto.
Y se fue como había llegado: sin ruido, sin huella visible.
En el archivo, Iria sintió cómo una puerta interna se cerraba sola. No por miedo. Por decisión. La brújula en su pecho vibró, firme.
—Ya lo sé —susurró—. Por eso no pienso pedir permiso.
El archivo no respondió. Pero por primera vez desde su existencia, confió.
Y en algún lugar entre rutas, memorias y nombres no dichos, el equilibrio dejó de ser promesa.
Ahora era cuenta regresiva.