El peligro no gritó.
Inhaló.
Iria lo sintió en el archivo como un cambio de ritmo, una pausa mínima entre un latido y el siguiente. Las páginas no se agitaron; hicieron algo peor: se alinearon. Mapas, juramentos, nombres borrados… todos apuntaron en la misma dirección invisible.
—Así que eres tú —murmuró.
La brújula en su pecho ardió con una claridad nueva. No era urgencia. Era coincidencia. Como si dos relojes, separados por mundos, hubieran decidido marcar la misma hora.
En el enclave, Kael levantó la cabeza al mismo tiempo.
El viento cambió de mano. Los custodios no lo notaron aún, pero él sí: la sombra se retiró medio paso, lo justo para dejar ver lo que venía. No un ejército. No una emboscada.
Una idea.
—Refuercen las rutas interiores —ordenó—. No persigan nada que no puedan nombrar.
—¿Qué buscamos? —preguntaron.
Kael dudó. Decirlo en voz alta era darle forma.
—Buscamos lo que cree que ya ganó.
El vínculo vibró entonces, nítido, compartido. No imagen, no palabra. Dirección. Kael apoyó una mano en la piedra y exhaló despacio.
—Iria —susurró.
En el archivo, Iria abrió un registro que no tenía título. No porque estuviera perdido, sino porque nunca había querido ser leído. Al tocarlo, no vio el pasado: vio el patrón.
Alguien había aprendido a escuchar la Voz sin someterse a ella. A usarla sin jurarla. A moverse entre pactos rotos como quien cruza ríos secos.
—No eres traición —dijo Iria—. Eres ambición sin testigos.
El archivo no la contradijo.
El vínculo respondió con un calor firme, como una mano sosteniendo otra desde lejos. Kael estaba alerta. Vivo. Preparado. No para salvarla, no para mandar.
Para coincidir.
Iria cerró el registro con cuidado.
—No voy a correr —dijo—. Tampoco voy a esperar.
Esa noche, en lugares distintos, ambos tomaron la misma decisión sin saberlo.
No aislar el peligro.
No enfrentarlo solos.
Forzarlo a mostrarse.
El mundo, sensible a los gestos verdaderos, respondió.
Las rutas se tensaron.
Las memorias se agitaron.
Y por primera vez desde que despertó, aquello que observaba desde la sombra entendió algo esencial:
No estaba frente a un error que corregir.
Estaba frente a dos voluntades alineadas.
Y eso…
eso podía cambiarlo todo.