El precio no cayó sobre quien marcó la piedra.
Cayó sobre quien confiaba en ella.
En la ruta secundaria, la mañana amaneció distinta. No había humo ni gritos, solo una quietud impropia, como si el lugar hubiera sido convencido de callar. La gente pasó sin notar al principio lo que faltaba, porque las ausencias tardan en aprender a doler.
Luego alguien preguntó por Mara.
Mara, la guardiana sin rango, la que conocía los atajos por nombre propio. La que nunca juró nada en voz alta porque creía que cuidar era suficiente.
No estaba.
Kael llegó antes de que el murmullo se volviera pánico. Vio el hueco exacto donde la ruta respiraba de más, como una herida mal cerrada. No había signos de lucha. No había sangre.
Había consentimiento alterado.
—No la forzaron —dijo en voz baja—. La convencieron.
Los custodios bajaron la mirada. Eso dolía más que una emboscada.
Kael cerró los ojos un segundo. El vínculo vibró, tenso, urgente. Iria lo había sentido también.
En el archivo, Iria abrió el registro vivo de la ruta y encontró la línea añadida, escrita con una caligrafía que imitaba la verdad. No era una orden. Era una razón.
Mara creyó que era necesario.
Iria apoyó la frente contra la mesa de piedra.
—Eso es lo más cruel —susurró—. No te llevas cuerpos. Te llevas decisiones.
El archivo tembló. No para excusarse. Para aprender.
Iria no reescribió la línea. Añadió otra, clara, visible, imposible de ignorar:
La necesidad también puede mentir.
Selló el registro y dejó una marca abierta, una invitación a mirar dos veces.
Lejos de ambos, Mara despertó en un lugar sin barrotes. Le ofrecieron agua, una silla, palabras suaves. Le dijeron que su paso había sido valiente. Que el mundo necesitaba gente dispuesta a ceder un poco por algo mayor.
Mara escuchó.
Y en el fondo, algo en ella dudó. No lo suficiente para huir. Lo suficiente para recordar.
—¿Cuándo vuelvo? —preguntó.
La respuesta no llegó.
Esa noche, el vínculo fue un nudo. No de miedo. De responsabilidad compartida. Iria y Kael entendieron lo mismo, al mismo tiempo:
El antagonista no quería destruirlos.
Quería demostrar algo.
Que siempre habría alguien dispuesto a ceder.
Que siempre habría un precio pagado por otros.
Kael apoyó la mano en la muralla.
—Iremos despacio —dijo—. Pero iremos.
Iria cerró los ojos en el archivo.
—Y no borraremos las huellas —respondió—. Las haremos legibles.
En la sombra, quien observaba sonrió sin alegría.
El segundo acto había funcionado.
Pero también había dejado rastro.
Y eso…
eso era nuevo.