No los persiguió.
Eso fue lo primero que inquietó a Kael cuando dejaron atrás el lugar donde Mara había elegido quedarse un poco más. El mundo suele castigar la retirada; aquella vez, la permitió.
—Quiere que pensemos —dijo Kael.
Iria asintió. La brújula en su pecho no temblaba: se afinaba.
La invitación llegó al anochecer. No como mensaje, sino como contexto: rutas que se abrían, registros que se alineaban, voces que dejaban de susurrar para esperar. El antagonista no pedía audiencia; la creaba.
El encuentro no tuvo escenario. Fue una confluencia. Un claro donde la memoria no pesaba y el futuro aún no había tomado partido.
—Gracias por venir —dijo él—. No era obligatorio.
—Nada aquí lo es —respondió Iria—. Esa es tu premisa.
El hombre sonrió, sin orgullo.
—Exacto.
Kael cruzó los brazos.
—Habla.
—El mundo se sostiene sobre decisiones delegadas —empezó—. Juramentos que otros firman, costos que otros pagan. Yo no vine a romper eso. Vine a mostrarlo.
Iria sintió el filo de la idea. No era mentira. Era incompleta.
—¿Y para qué mostrarlo así? —preguntó—. ¿Por qué no enseñar sin daño?
—Porque sin daño no miran —respondió él—. Y cuando miran, olvidan. El daño fija la atención.
Kael dio un paso al frente.
—Eso no te absuelve.
—No busco absolución —dijo el antagonista—. Busco coherencia. Si el sistema necesita víctimas silenciosas para sostenerse, que al menos se sepa.
Iria sostuvo la mirada.
—Hacer visible no te da derecho a elegir quién sangra.
El hombre inclinó la cabeza, concediendo.
—Por eso ustedes importan —dijo—. Porque no borran huellas. Las hacen legibles. Mi tesis necesita un lector que no huya.
El vínculo vibró, incómodo. Compartieron la misma comprensión: él no era caos. Era diagnóstico llevado demasiado lejos.
—¿Qué quieres de nosotros? —preguntó Kael.
—Que no me detengan todavía —respondió—. Que permitan el experimento.
Iria negó con calma.
—No con personas —dijo—. No con vidas.
—Entonces propongan una alternativa —replicó—. Una que no maquille el costo.
El silencio se volvió denso, fértil.
—La haremos —dijo Iria al fin—. Y será más lenta. Más incómoda. Sin mártires.
—Eso suele fracasar —sonrió él.
—No esta vez —respondió Kael—. Porque no la haremos solos.
El antagonista los miró largo rato. Por primera vez, algo parecido a la duda cruzó su rostro.
—Entonces muéstrenme —dijo—. Si pueden.
La confluencia se disolvió sin aplausos ni amenazas.
De regreso, Iria exhaló.
—Nos acaba de dar tiempo —dijo—. No por confianza. Por curiosidad.
Kael apoyó la mano en la piedra.
—El tiempo también es un campo de batalla.
El vínculo sostuvo la certeza que ambos compartían: aceptar el reto significaba exponerse. Rechazarlo, permitir que otros eligieran el costo.
—Lo haremos visible —dijo Iria—. Sin ofrecer cuerpos.
—Y sostendremos el golpe —añadió Kael—. Juntos.
En la distancia, alguien que había construido su vida sobre diagnósticos severos observó la posibilidad de estar equivocado.
No la negó.
La esperó.