Al despertar, Martha se encontró atrapada en un torbellino de pensamientos que golpeaban su mente como olas embravecidas. Su vida, esa vida que creía segura, se desmoronaba a cada instante, y la incredulidad se le pegaba a la piel como un sudor frío: ¿cómo podía su propio padre tratarla así?
El silencio de la habitación parecía contener el aliento de un secreto que no quería escuchar, hasta que una voz fina y artificial lo quebró todo. Cristina. Su madrastra. Cada palabra de ella era un cuchillo envuelto en seda, una melodía dulce que envenenaba el aire. Martha sintió cómo la rabia se enroscaba en su garganta y la desesperación le oprimía el pecho. Aquella voz fingida la agotaba, la quemaba desde dentro, y por primera vez deseó que el mundo desapareciera solo para no tener que escucharla nunca más.Salió de ese garage frío, como quien deja atrás un invierno que se había metido bajo la piel. Una manta de pensamientos la envolvió, pesada y silenciosa, recordándole los gritos que le arrancaron la infancia y las humillaciones que su padre y su madrastra habían hecho rutina. Sin detenerse a medir el dolor ni a pensar en el miedo, se dirigió a la sala, donde vio a Cristina y a Tania riendo. Al percatarse de su presencia, la risa se detuvo. Cristina la miró con desaprobación, pero sus ojos tenían un brillo extraño, como si, por un instante, un peso invisible se levantara de sus hombros.
De repente, Tania se acercó a Martha, inclinándose hacia su oído, y susurró con una sonrisa fría:
—Suerte con tu marido en coma… porque la vas a necesitar.
El aire pareció volverse más denso
mientras cada palabra calaba como un filo silencioso.
Pero su corazón no se encogió. Martha sabía demasiado bien que de alguien tan hueco como Tania no podía esperarse nada. Las palabras crueles se deshicieron en el aire antes de tocarla.
De repente, la sala se llenó del paso firme de un grupo de guardaespaldas. De entre ellos emergió un hombre mayor, impecable, con la presencia calculada de quien vive a la sombra del poder; parecía el asistente personal del CEO. Su sola aparición hizo que la risa y los murmullos se detuvieran, pero él no dijo palabra.
Detrás de él, Cristina fingía llanto, sollozos medidos y perfectos.
—Ah, ahí está Marthita… tan linda, pero es importante pensar en su futuro —dijo, secándose las lágrimas como si se liberara de un peso—. Bueno, espero que estés muy bien…
Luego, inclinándose hacia Martha, Cristina le susurró al oído con un tono helado:
—Pórtate bien, niña. ¿Entendiste? Porque solo si te vas, dejaremos de fingir.
El silencio volvió a caer sobre la sala, pesado, cargado de intenciones y verdades que nadie se atrevía a nombrar, mientras Martha percibía con claridad la amenaza disfrazada de dulzura.Martha no se dejó afectar. Sin una mirada atrás a las risas fingidas ni a las amenazas susurradas, se levantó y salió de la sala. Caminó con paso firme hasta el carro, sintiendo el frío del pavimento bajo sus pies. Antes de subir, se detuvo un instante, contemplando aquella casa que alguna vez había sido su hogar. Los recuerdos, las risas verdaderas y los gritos que habían marcado su infancia, todo se mezclaba en un silencio que parecía pesar más que cualquier palabra. La mirada de Martha no buscaba consuelo; buscaba reconocimiento de lo que había dejado atrás y la fuerza para seguir adelante.Se sentía un poco mal; su padre ni siquiera se despidió. Sin embargo, subió al auto y, por el silencio y el largo camino, metida en sus pensamientos, terminó quedándose dormida.
Cuando llegó y salió del auto, Martha vio la imponente mansión de los Cruz. Sus altos ventanales reflejaban la luz de la tarde, y cada detalle parecía susurrar riqueza y poder. Al entrar, fue recibida por un grupo de sirvientes que, al verla, se inclinaron ligeramente y la saludaron con respeto:
—Hola, señora.
Ella les respondió con una leve inclinación de cabeza, consciente de cada mirada y de la distancia que la separaba de aquel mundo que antes le había parecido inalcanzable.
Luego la dirigieron a su habitación. Era grande y muy elegante, con paredes que respiraban lujo silencioso. La mesa de noche era sencilla, pero conservaba un aire de distinción que encajaba a la perfección con el resto del cuarto. Un gran ropero dominaba una de las esquinas, prometiendo espacio para todo lo que necesitara.
Pero fue la cama la que capturó su atención. Amplia, acogedora, digna de alguien que había aprendido a cargar demasiado peso sobre sus hombros. Sin pensarlo, Martha se dejó caer sobre ella. Por fin, pensó, esta era una cama hecha para ella, para descansar sin miedo, para sentirse dueña de su propio espacio, aunque solo fuera por un momento.
Poco después, entraron en la habitación el asistente junto con una sirvienta.
—Disculpe, señorita Martha —dijo el asistente con su tono habitual, firme y medido—. Esta es Soe, la sirvienta que la ayudará con todo lo relacionado con la casa.
Soe se inclinó ligeramente y, con un respeto cálido en la voz, dijo:
—Hola, señora.
Martha sintió una leve emoción que no había experimentado en años. Era algo sencillo, casi imperceptible, pero suficiente para recordarle que todavía podía sentir cuidado y atención genuina. Por primera vez en mucho tiempo, una pequeña chispa de alivio y esperanza se encendió en su interior.
Tras la partida del asistente y Soe, Martha decidió guardar su ropa, acomodando cada prenda con cuidado en el gran ropero de su habitación. Una vez lista, decidió dar un paseo por toda la casa, recorriendo los pasillos y admirando cada detalle que hablaba de lujo y orden.
Llegó a la sala principal justo cuando las puertas se abrían de par en par. Las sirvientas, con una sonrisa y reverencia, anunciaron:
—¡Bienvenido a casa, señor!
Martha se volteó y lo vio. Un hombre alto, de porte impecable, con el cabello brillante, ojos marrones claros y un traje hecho a medida que parecía abrazar cada línea de su figura con perfección. Su presencia llenaba la sala de autoridad y elegancia; era imposible no notar que cada detalle de él