prometida sin voluntad

capitulo 3 :“Sentimientos y razón”

Después de un rato a solas consigo misma, llegó Zoe acompañada de un par de personas que se veían impecablemente vestidas.

—Hola, señora —dijo una de ellas con una sonrisa profesional—. Me llamo Mónica y soy su estilista. Haré que en su boda no solo se vea linda, sino bellísima.

Luego entraron dos personas más.
—Hola, señora, soy Angélica —dijo otra mujer—, y la ayudaré a ponerse las joyas más hermosas, para que combinen perfectamente con el vestido.

Por último, una mujer de porte elegante se adelantó:
—Hola, señora, soy Teresa, y junto a mis ayudantes la ayudaremos a colocarse el vestido.

Cuando todo estuvo listo y Martha se miró al espejo, vio algo distinto. No solo a una novia… vio a una mujer capaz de todo. Una mujer que había dejado atrás el miedo.

Después de todo lo relacionado con la boda, pensó que ya no había nadie más por llegar. Pero se equivocaba.

Poco después, entró una señora algo mayor, pero muy linda y visiblemente cuidada para su edad. Caminaba con seguridad y una sonrisa amable en el rostro.

—Ay, querida nuera —dijo con una voz suave—, no sabes el alivio que me da saber que, por primera vez en su vida, mi hijo —ese que solo se preocupa por la empresa— haya encontrado a alguien tan linda como tú. Aunque ahora esté en su estado…—…en coma —añadió la mujer con naturalidad—, pero no te preocupes. Ahora mismo está siendo atendido por los mejores doctores del mundoMartha sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. ¿En coma? —se preguntó en silencio—. ¿Cómo era posible? Ni su propia madre sabía que él estaba en estaba bien La duda se transformó en indignación. ¿Qué clase de hijo es? pensó, mientras una rabia silenciosa volvía a crecer en su interior. Un hijo que ocultaba verdades incluso a quienes decían amarlo.Martha bajó la mirada, intentando ocultar el torbellino que llevaba dentro. Cada palabra que escuchaba confirmaba lo que ya sospechaba: estaba rodeada de secretos, y el hombre con el que iba a casarse era el mayor de todos.

La verdad es que Martha no la pasó mal. Tampoco tuvo que fingir demasiado; su suegra se imaginó muchas cosas por su cuenta. Aun así, era una mujer agradable, cercana, y conversar con ella resultaba fácil. Tanto así que, al despedirse, le entregó una tarjeta black ilimitada, como si fuera el gesto más natural del mundo.

Pero fuera de eso, no tenía en absoluto el carácter de su hijo.

Pasaron un par de horas entre charlas y comentarios sobre la boda, hasta que la mujer miró el reloj y suspiró con suavidad.

—Bueno, querida nuera, me tengo que ir. Hoy no pude ver a mi hijo; debe estar en cama y no quiero molestarlo. De hecho, tengo muchas cosas que hacer.

Tomó su bolso y se acercó a la puerta.
—Cuídate mucho.

Martha la observó marcharse con una mezcla de calma y confusión. Cada vez le quedaba más claro que, en esa familia, las apariencias lo eran todo… y la verdad, algo que pocos estaban dispuestos a enfrentar.

Martha estaba sentada a un lado de la piscina de la casa, pensando en cómo podría quitarle todo a su padre. La verdad era que él dependía de ella más de lo que creía. Estaba tan sumergida en sus pensamientos que no notó su presencia hasta que escuchó una voz firme y clara:

—Veo que frecuentas mucho pensar, señora Cruz. ¿Qué la trae por aquí?

Martha levantó la mirada con calma.
—Solo pasaba.

Él se acercó un poco más, observándola con atención.
—Pero me interesa saber algo —añadió con arrogancia—. ¿Por qué no te importó lo que te dije? Te lo tomaste tan a la ligera. Pensé que me pedirías tiempo.

Martha no se inmutó.
—¿Tiempo? —repitió—. No. Mi tiempo ya lo di, y de eso he dado de sobra. La verdad

es que solo necesito recuperar lo que es mío. Lo del matrimonio… eso es un juego.

Martín quedó sorprendido al oírla.
—¿Y por qué quieres mi ayuda?

Ella respiró hondo antes de responder:
—Porque mi padre se quedó con mi herencia. Cuando mi mamá murió, lo único que me entregó fue una foto de ella. Me dejó vivir en su casa porque estaba a mi nombre, pero tuve que pagar yo misma la hacienda y también mis estudios.

Martha sostuvo su mirada, sin bajar la voz.
—La verdad, ahora lo que menos quiero es pedir tiempo o favores. Ya no.

Ya cabía un silencio denso entre ellos. Martín se sorprendía con cada una de sus palabras; su querida prometida no era en absoluto lo que había imaginado. Intuía, casi con certeza, que aún le aguardaban muchas sorpresas de ella.

El murmullo del agua de la piscina rompía la quietud. Martín dio un paso más cerca, lo suficiente para que Martha sintiera su presencia sin necesidad de mirarlo.

—Eres distinta —dijo finalmente, con una voz más baja, menos dura—. No juegas a ser fuerte.

Martha alzó la vista y sus miradas se encontraron. Por un instante, no hubo contratos, ni herencias, ni juegos de poder. Solo dos personas midiendo sus heridas en silencio.

Ella no se apartó. Tampoco sonrió.
—No tengo otra opción —respondió con honestidad.

Martín sostuvo su mirada unos segundos más de lo necesario. Algo en su pecho se movió, incómodo, inesperado. Por primera ves de un tropeson el corazon tomo ventaja

Martín se sintió distinto. Aquella sensación no le gustó; era una grieta en el control que siempre había ejercido. Sin embargo, allí estaba, creciendo en silencio.

Dio medio paso atrás, como si el gesto pudiera devolverle el equilibrio, pero fue inútil. La cercanía de Martha le resultaba inquietante y, al mismo tiempo, extrañamente necesaria.

Ella no intentó acortar la distancia. No lo tocó. Y quizá por eso él la sintió más cerca que nunca.

Martín apretó la mandíbula. No estaba preparado para admitirlo, ni siquiera para sí mismo, pero algo en ella comenzaba a importarle más de lo prudente.

Y ese descubrimiento lo desarmó más que cualquier desafío abierto.

Martha respiró hondo, intentando recomponerse, pero las palabras se le enredaron en la garganta.



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En el texto hay: matrimoio forsado

Editado: 24.01.2026

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