prometida sin voluntad

capitulo 4 : “La Boda ´´

Los días pasaron volando. Martha y Martín se miraban a menudo, pero ninguno se atrevía a dar el siguiente paso. No había palabras, apenas miradas que cruzaban el aire cargadas de cosas no dichas, de sentimientos que crecían en silencio.

Hasta que el día de la boda llegó.

Martha estaba ilusionada; para ella todo parecía un sueño. Sin embargo, en el fondo sabía perfectamente que Martín no asistiría. Supuestamente, él estaba en coma. Esa idea le apretaba el pecho, aunque intentaba no pensar demasiado en ello.

Se levantó de la cama, se arregló y salió hacia la sala. Había muchas personas a su alrededor, maquillándola, acomodando su vestido, peinándola con cuidado. Cuando por fin se miró al espejo, apenas pudo reconocerse. Todo era una gran ilusión: había pasado de ser una chica maltratada por su propio padre a una mujer que ahora hacía todo lo posible por recuperar lo que le habían arrebatado.

Después de unos minutos, llegó su suegra. La miró con ternura y dijo:

—Ay, querida nuera… estás hermosa.

Una lágrima rodó por su mejilla.

—Si mi hijo estuviera aquí, seguro se enamoraría de ti todos los días —añadió con la voz quebrada—. Pero no te preocupes, el doctor dice que pronto mejorará.

Mientras tanto, en la empresa de los Cruz, se encontraba el temido señor cruz

—Señor, hoy es el día de su boda —informó uno de sus empleados—. Tal como indicó, colocamos la foto. Todo está perfecto.

Martín se quedó en silencio, pensativo. No podía asistir; si lo hacía, todo su plan y su trabajo quedarían al descubierto. Su rostro no mostró emoción alguna cuando finalmente habló con su voz fría y firme:

—Perfecto. Esteban, asegúrate de que la señorita reciba lo mejor. No debe faltarle nada.

Colgó, pero por primera vez en mucho tiempo, su mano tembló ligeramente.Porque, aunque no estuviera presente, algo dentro de él sabía que ese día cambiaría más cosas de las que había planeado.

Pronto martha llego al lugar. Todo estaba lleno de invitados que la miraban y la rodeaban mientras ella avanzaba lentamente. Cada paso se sentía pesado, pero firme. Caminó hasta el centro y, a lo lejos, vio a su hermana Tania y a Cristina junto a su padre, con esa misma sonrisa fingida de siempre.
Antes, esa imagen la habría hecho temblar… pero ahora ya no. No iba a permitir que le arruinaran ese momento.

A un costado del lugar, casi oculto entre la gente, Martín observaba todo, camuflado junto a su asistente. Nadie podía reconocerlo. Él esperaba que Martha hiciera un gran escándalo, algo que convenciera a su madre de que ella no era la mujer adecuada. Eso había planeado.

Pero lo que vio lo desconcertó.

Martha estaba nerviosa, sí. Se notaba en la forma en que apretaba ligeramente las manos y en su respiración contenida. Aun así, no se dejó derrumbar. Mantuvo la cabeza en alto, los ojos firmes, como alguien que había aprendido a sobrevivir a golpes más duros que unas simples miradas.

—No voy a caer —pensó ella—. No después de esta oportunidad que tengo con la familia Cruz.

Martín frunció levemente el ceño. Esa no era la reacción que esperaba.
Había fuerza en ella… una fuerza que no había previsto.

Y por primera vez desde que todo comenzó, Martín sintió que el control empezaba a escapársele de las manos.

Martha tomó aire y, con la voz un poco temblorosa pero firme, dijo:

—Buen día a todos. Gracias por estar aquí. Espero de corazón que la pasen bien. Y me disculpo en nombre de mi esposo, quien se encuentra en coma. Espero que esta ceremonia sea algo grande y especial para todos.

Un murmullo suave recorrió el lugar. Algunos invitados se miraron entre sí con lástima, otros con curiosidad. La madre de Martín bajó la cabeza, secándose una lágrima, orgullosa de la entereza de aquella joven.

Desde un costado, Martín la observaba con atención. No había escándalo, no había drama exagerado. Solo dignidad.
Eso lo desconcertó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Martha continuó de pie, sosteniendo su postura, aunque por dentro el corazón le latía con fuerza. Sabía que muchos la juzgaban, que otros dudaban de ella… pero no iba a quebrarse.

—Es más fuerte de lo que pensé —murmuró Martín para sí, sin darse cuenta de que por primera vez su plan empezaba a fallar.

Y mientras la ceremonia avanzaba, algo se volvió claro para ambos, aunque ninguno lo dijera en voz alta:
ese matrimonio, nacido de un contrato y de mentiras, estaba empezando a convertirse en algo mucho más peligroso… sentimientos reales.

La ceremonia continuó. Todos los invitados estaban sorprendidos. Incluso aquellos que al inicio la miraban con lástima comenzaron a verla de otra manera: ya no como una víctima, sino como una mujer fuerte, segura, digna de convertirse en la futura señora Cruz.

Martha hacía todo lo posible por encajar con los invitados. Algunas preguntas eran sobre la empresa, y lejos de incomodarse, respondía con inteligencia y calma. Sus respuestas eran claras, firmes. Más de uno intercambió miradas de aprobación.

Martín no podía apartar los ojos de ella. Ese vestido elegante, la forma en que se expresaba, esa voz que por fin lograba escuchar con atención… nada de eso encajaba con la imagen que él había construido en su mente.

Cuando parecía que todos se retiraban y solo quedaban algunos ejecutivos, Tania se acercó con una sonrisa cargada de burla.

—Ay, bravo —rió—. De verdad que me sorprendes cada vez más. Ahora hasta con uno en coma te conformas.
Rió de nuevo, confiada.
—La verdad, tus bajezas no tienen límites. En cambio yo… yo tengo a papá comiendo de mi mano.

Martha la miró en silencio. No respondió de inmediato. Por dentro, una calma peligrosa se extendía en supecho.

Tania no sabía la verdad. No sabía que Martha ya conocía el secreto desde que tenía diecisiete años: que su madre le había dejado todo a ella, y que su padre solo era alguien que administraba lo que nunca le perteneció realmente.



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En el texto hay: matrimoio forsado

Editado: 11.02.2026

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