martha despertó, el cansancio seguía ahí, pero ya no la duda. Se arregló con calma y, al salir de la habitación, el murmullo de la casa la condujo hasta la sala.
Allí vio al señor Martín, elegante como siempre, desayunando con una serenidad que contrastaba con lo ocurrido la noche anterior. Martha se sentó sin decir nada, tomó algo del desayuno y comenzó a mirar su teléfono, fingiendo una normalidad que todavía le quedaba grande.
Martín la observó unos segundos, con un desconcierto mal disimulado.
—Señorita Vargas…
Martha alzó la vista apenas.
—Ah… hola, señor Cruz. Lo siento —dijo, bajando de nuevo la mirada al celular—. Estaba viendo qué pasaba en el campus, mis clases y eso.
Martín la miró desconcertado, pero no comentó nada. Continuó desayunando en silencio, como si intentara convencerse de que todo estaba bajo control. Al terminar, se levantó, acomodó su saco y salió de la sala sin mirar atrás.
Minutos después, Martha tomó sus cosas y salió de la mansión de los Cruz. El aire exterior le resultó extraño, casi liberador. Apenas había avanzado unos pasos cuando la voz de Martín la detuvo.
—¿No quiere que la lleve?Martha se giró lentamente. Lo observó con atención, como si algo en el señor Martín hubiera cambiado
El trayecto transcurrió entre miradas breves y una incomodidad que llenaba el auto. Ninguno habló; las palabras parecían innecesarias o demasiado peligrosas. Cuando el vehículo se detuvo frente a la universidad, Martha tomó su bolso.
—Bueno… esta es mi universidad.
Abrió la puerta del auto y, antes de bajarse por completo, se giró una última vez.
—Gracias.
Martha llegó a su casillero, dejó sus cosas y respiró hondo antes de dirigirse al salón. Al abrir la puerta, se encontró de inmediato con la señora Rosa. Bastó una mirada para que el ambiente se volviera rígido. Esa mujer tenía el don de imponer silencio sin decir una sola palabra.
Martha avanzó lentamente hasta su asiento y se sentó con la espalda recta. La clase comenzó y transcurrió pesada, meticulosa, como siempre. Cuando por fin terminó, guardó sus cuadernos y salió rumbo al comedor, pensando más en un café que en comida.
Entonces escuchó una voz demasiado conocida.
—Martha, querida Martha…
Se detuvo.
Era Tania.
Giró la cabeza y la vio sentada en una mesa, acompañada de Laura y Sofía, sus inseparables amigas interesadas. Las dos hablaban en voz baja, mirándola de reojo, sin siquiera disimular el desprecio. que le tenian a tania Comentaban cosas sobre ella, como siempre, creyendo que no escuchaba… o que no importaba si lo hacía.
Tania, , sonreía sin notar nada. Nunca se daba cuenta. No era precisamente la más astuta ni la más brillante, y esa falta de malicia la hacía ciega ante las intenciones de quienes la rodeaban.
Martha las observó un segundo más de lo necesario. Antes, ese tipo de escenas le incomodaban; ahora solo le parecían previsibles. Ajustó el bolso en su hombro y caminó hacia ellas con paso firme, sabiendo que ese encuentro no sería tan sencillo como Tania esperaba.
Pero claro, Tania no era buena, y mucho menos discreta. Se recostó en la silla y soltó una risa burlona.
—Jajaja… qué mal, hermanita —dijo con desprecio—. Te casas en mi lugar y aun así parece que a tu esposo no le importas ni un poquito. Es más, creo que ni siquiera sabe de tu existencia.
Siguió riéndose, disfrutando cada palabra.
—Solo espera… yo me voy a casar con el señor Daniel Salazar. Él tiene suficiente dinero como para mantenerme toda la vida.
dijo tania con ironia
—Tania, tú no cambias —dijo martha
—. Pero creo que tu risa no va a durar mucho tiempo. De hecho, estoy segura de que ese esposo que tanto presumes, o ese sueño que aún no alcanzas, es una persona que ni siquiera tiene moral. He oído que es mujeriego.
Laura intervino de inmediato, riéndose.
—¿Qué te pasa? —se burló—. Solo estás celosa de que a Tania sí la quieren sus padres, y a ti solo te ven como una carga… igual que a tu madre.
El sonido del golpe fue seco.
Martha la abofeteó sin pensarlo.
—De mi madre no hables —dijo con los ojos llenos de rabia contenida.
—¿Cómo te atreves a pegarle? —gritó Tania, levantándose furiosa.
Tania levantó la mano para darle una cachetada, pero Martha la detuvo en el aire, sujetándole la muñeca con fuerza.
—Esta es la última vez, Tania —le advirtió—. La última vez que me haces esto.
Y le devolvió la bofetada.
Laura y Sofía fingieron preocupación, aunque en el fondo disfrutaban el caos. Martha se dio la vuelta y se fue sin mirar atrás.
Terminó todas sus clases y, cuando el día acabó, decidió salir a caminar por la ciudad. No porque huyera, sino porque necesitaba espacio para respirar y recordar que, aunque era la buena, también había aprendido a defenderse.
Martha estaba caminando por la ciudad sin rumbo fijo cuando el sonido del mar la atrajo. Terminó entrando a un restaurante frente a la costa, uno de esos lugares tranquilos donde el viento salado y el murmullo de las olas lo envolvían todo. Se sentó cerca de la ventana, pidió algo sencillo y se quedó mirando el horizonte, intentando ordenar sus pensamientos.
Lo fue
A unos metros de distancia, sentado en otra mesa, estaba Martín.
Elegante, sereno, como si el lugar le perteneciera. Estaba revisando unos documentos mientras bebía café, ajeno a su presencia… hasta que, por alguna razón, alzó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
Por un segundo, el tiempo pareció detenerse.
Martín frunció ligeramente el ceño, sorprendido de verla allí, tan lejos de la mansión, tan fuera de su control. Martha, en cambio, no apartó la mirada. Algo en su expresión había cambiado: ya no era la joven insegura de antes.
Él se levantó con calma y caminó hasta su mesa.
—No esperaba encontrarla aquí —dijo, con ese tono serio que siempre usaba.