En las cosas del corazón nadie se mete. Y aunque ellos eran almas gemelas, aún no se daban cuenta.
Martha y Martín se quedaron un rato más en silencio, recordando sus pasados. Porque, aunque Martín era un CEO millonario, había tenido un pasado trágico.
Después salieron del local y caminaron por la orilla del mar. La brisa nocturna movía suavemente el cabello de Martha cuando Martín rompió el silencio.
—Señorita Martha… ¿cómo es que no se lleva bien con su padre? Siempre pensé que su familia era muy unida.
Martha suspiró.
—Es algo muy complicado… La verdad es que a mi padre siempre le gustó guardar una imagen para que todos lo vean como alguien ejemplar, pero en realidad es puro marketing. Siempre fue un padre distante. De hecho, mi madrastra y su hija son su adoración. Durante mucho tiempo no lograba comprender por qué no me quería… pero con el tiempo dejó de importarme. Ahora solo quiero recuperar la herencia de mi madre.
Luego lo miró con curiosidad.
—Y usted… me imagino que vivió en una cuna de oro.
Martín guardó silencio por un momento.
—No todo es como piensas —dijo finalmente—. Mi abuelo y mis tíos nunca me quisieron. Desde que mi padre murió en un accidente, mi vida está en peligro… y la de mi madre también. Por eso tengo que fingir que estoy en coma, hasta descubrir quién quiere hacerme daño.
Martha se quedó pensativa. Jamás imaginó que una familia como los Cruz pudiera tener tantos problemas.
—Señor Martín… perdón que me meta —dijo con voz firme—, pero ¿por qué lo matarían?
—Porque mi padre era el mayor accionista. Mi madre y yo heredamos ese poder… y eso no le conviene a todos.
Martín la miró fijamente.
—Y usted, señorita Martha… la verdad, nunca pensé que encontraría a alguien que no se interesara en mi dinero.
Martha lo miró con una sonrisa leve, pero notoria.
—¿Usted cree que soy interesada? —preguntó, arqueando ligeramente una ceja—. Desde pequeña siempre me inculcaron ser una persona que no dependa de nadie.
Martín se detuvo de repente. Dejó de caminar y la miró fijamente. La brisa movía el vestido de Martha mientras las olas rompían suavemente a sus pies.
—No… no creo que sea interesada —dijo con voz más suave de lo habitual—. De hecho, creo que es la primera persona que me habla sin pensar en lo que tengo.
Martha sostuvo su mirada. Por un momento, el mundo pareció detenerse.
—Entonces no me mire como si dudara de mí, señor Cruz —respondió ella, con firmeza, aunque sus ojos
brillaban con algo más profundo.
Martín dio un paso hacia ella.
—Perdón… es que no estoy acostumbrado a alguien como usted.
El silencio volvió a envolverlos, pero esta vez no era incómodo. Era distinto. Más cercano. Más peligroso.
Y sin darse cuenta, la distancia entre ellos se redujo a solo un suspiro.
brillaban con algo más profundo.
Martín dio un paso hacia ella..
De repente, dejaron de pensar.
Ya no existían los problemas familiares, ni las herencias, ni los peligros ocultos. Solo estaban ellos, la brisa salada del mar y la luna como única testigo.
Martín levantó lentamente una mano y la llevó al rostro de Martha. Sus dedos rozaron su mejilla con una delicadeza que contrastaba con la tormenta que llevaba dentro.
—Martha… —susurró, ya sin formalidades.
Ella sintió cómo su corazón latía con fuerza, pero no retrocedió. Al contrario, dio un pequeño paso hacia él.
Y entonces se dejaron llevar.
La brisa envolvió sus cuerpos mientras sus labios se encontraban en un beso profundo, sincero, cargado de todo lo que habían callado. No fue un beso impulsivo… fue un beso que parecía haber estado esperando desde siempre.
Martha llevó sus manos al pecho de Martín, sintiendo el latido acelerado bajo la camisa. Él la sostuvo con firmeza por la cintura, como si temiera que el mundo pudiera arrebatársela en cualquier momento.
El mar rugía suavemente detrás de ellos, como si celebrara aquel instante.Cuando finalmente se separaron, sus frentes quedaron apoyadas una contra la otra. Ambos respiraban con dificultad.
Martha se alejó rápidamente, como si de pronto hubiera despertado de un sueño.
—Perdón… —susurró, sin atreverse a mirarlo.
Martín no supo qué decir. Aún sentía el calor de sus labios, el eco del beso latiendo en su pecho.
En ese momento, un auto se detuvo cerca de ellos. Era Esteban, el asistente.
—Señor, señorita… por favor, suban al auto —dijo con formalidad.
Ambos obedecieron en silencio. Durante el trayecto, ninguno habló. Pero el silencio no era vacío; estaba lleno de todo lo que acababa de pasar.
A los dos les latía el corazón con tanta fuerza que parecía que se les iba a salir del pecho.
Las miradas se evitaban… pero la presencia del otro se sentía más intensa que nunca.
Al llegar a la mansión, cada uno se encerró en su habitación.
Martha se dejó caer contra la puerta, sorprendida por la magnitud de lo que había sentido. Jamás había besado a alguien así… con esa mezcla de seguridad y peligro.
Mientras tanto, Martín caminaba de un lado a otro en su habitación. Tenía el pecho agitado y una sensación nueva, abrumadora, que no sabía cómo controlar. Era algo que nunca antes había experimentado.
Y por primera vez en mucho tiempo… el miedo no era lo que más lo inquietaba.Era ella.
Pero aquello no iba a durar.
Parecía que el destino —o quizá Dios— tenía un plan mucho más complejo para ellos. y mas emocionante.
A la mañana siguiente se evitaron en todo momento. En los pasillos, en el desayuno, incluso en las miradas. Y así transcurrió una semana entera, llena de silencios incómodos y emociones inexplicables.
Hasta que llegó la cena.
Era un evento con personas muy importantes: empresarios, inversionistas y figuras influyentes. Martín aprovecharía la ocasión para obtener información que podría ayudarlo a descubrir quién estaba detrás de las amenazas.